En un hermoso jardín infantil, lleno de colores, risas y juegos, había cinco amigos muy especiales: Luna, Tomás, Sofi, Mateo y Nico. Cada mañana, cuando llegaban, la profesora Clara los esperaba con una sonrisa dulce y les decía que ese día iban a descubrir juntos algo muy importante: ¡los sentimientos! Porque en el jardín infantil de los sentimientos, cada día era una aventura para conocer lo que sentían por dentro y aprender a expresarlo.
Una mañana, Luna se veía un poco callada y con los ojitos brillantes. La profesora Clara se acercó con calma y le preguntó: —Luna, ¿qué te pasa? ¿Estás triste? Luna asintió con la cabeza y contó a sus amigos que extrañaba mucho a su mamá. “Ayer por la noche estuve pensando en ella y sentí como un peso en mi pecho,” dijo Luna con voz suave.
Tomás, que estaba sentado a su lado, le dio un abrazo dulce y dijo: —Está bien, Luna, yo también a veces extraño a mi mamá cuando no está conmigo. Todos miraron a Luna con cariño y la profesora Clara explicó: —La tristeza es un sentimiento muy normal, y está bien sentirla. Cuando estamos tristes, podemos contar lo que sentimos o darnos un abrazo para sentirnos mejor.
Luna sintió que su tristeza se hacía un poquito más pequeña al escuchar a sus amigos y a la profesora. Decidió que ese día iba a hablar de lo que sentía y a darle un gran abrazo a su amigo Tomás.
Al día siguiente, el jardín estaba lleno de risas porque Tomás estaba más feliz que nunca. Había encontrado una gran caja llena de juguetes nuevos y empezaba a jugar con todos sus amigos. Con energía y alegría, Tomás dijo: —¡Qué felicidad es estar con ustedes! Me encanta compartir este momento jugando.
Sofi, que estaba cerca, le regaló una sonrisa encantada y dijo: —A mí también me gusta cuando estamos todos juntos. La profesora Clara comentó: —La alegría es un sentimiento que nos hace sentir ligeros y llenos de luz. Cuando nos sentimos felices, nuestro corazón canta y queremos compartir ese momento con los demás.
Ese día, todos aprendieron a reconocer la felicidad y a disfrutarla juntos. Mientras jugaban, Sofi encontró algo que la hizo sentirse un poco distinta. Quiso armar una torre muy alta con bloques de colores, pero no le salía bien. La torre se caía una y otra vez. Sofi sintió que su cara se ponía roja y que dentro de ella algo chispeaba: estaba enojada.
—¡No puedo! —exclamó Sofi, un poco frustrada. —No es justo que no me salga.
Los amigos se detuvieron a mirarla y Luna dijo con ternura: —A veces yo también me enojo cuando las cosas no salen como quiero.
La profesora Clara se acercó y explicó: —El enojo es un sentimiento que aparece cuando algo no nos gusta o no sale como esperamos. Está bien sentir enojo, pero lo importante es aprender a expresarlo sin lastimar a nadie. Podemos usar palabras para decir cómo nos sentimos o tomar un momento para respirar profundo y calmarnos.
Sofi tomó una respiración profunda, como le enseñó la profesora, y poco a poco su enojo se fue transformando en ganas de seguir intentándolo. Con paciencia y la ayuda de sus amigos, por fin logró armar una torre alta y bonita. Todos aplaudieron. Sofi se sintió orgullosa y feliz porque aprendió a manejar su enojo.
Un día en la tarde, el cielo se puso gris y comenzaron a caer gotas grandes y ruidosas. Mateo, que estaba jugando con Nico cerca de la ventana, empezó a sentir un cosquilleo raro en el estómago. Su corazón latía rápido y sus ojos se abrieron bien grandes.
—Tengo miedo —susurró Mateo.
Nico, que siempre era bueno para pensar tranquilo, se sentó junto a él y le dijo: —Yo también siento miedo a veces cuando hay tormentas.
La profesora Clara llegó y les explicó: —El miedo es un sentimiento muy importante que nos protege cuando algo nos parece peligroso. Pero cuando el miedo es muy fuerte, podemos calmarlo con cosas como respirar despacio o hablar con alguien en quien confiamos.
Nico mostró a Mateo cómo respirar profundo. Juntos hicieron respiraciones largas y suaves, como si soplaran una vela invisible. Mateo poco a poco sintió que el miedo se hacía más pequeño. Luego, los cinco amigos se juntaron, se abrazaron y escucharon el sonido de la lluvia afuera, sintiéndose seguros porque estaban juntos.
Finalmente, Nico quiso enseñarles a todos algo que había aprendido. A veces sentía emociones muy fuertes y no sabía qué hacer. Pero una tarde, la profesora Clara le mostró cómo respirar profundo y contar hasta cinco para sentirse mejor.
Nico les dijo a los amigos: —Cuando siento que me pongo nervioso o asustado, respiro profundo y pienso en cosas buenas.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.