Alonso, Javier, Jaime, Hugo y Daniel eran cinco amigos inseparables que vivían en un pequeño pueblo al sur de España. Desde que eran pequeños, pasaban horas y horas jugando en el parque, haciendo travesuras y soñando con convertirse algún día en grandes futbolistas. Cada tarde de verano, después de hacer sus tareas, se reunían en el césped verde del parque para practicar sus tiros, hacer jugadas o simplemente hablar sobre sus ídolos del fútbol.
Un día, mientras jugaban un partido improvisado, Jaime, que siempre había sido el más soñador del grupo, propuso algo increíble: «¿Y si un día pudiéramos jugar en el estadio del Bernabéu? ¡Imagina ser parte de un partido profesional frente a miles de personas!». Todos se quedaron en silencio por un momento, dejando que la idea fluyera. A medida que la imagen del estadio lleno de aficionados animando los recorría como una botella de gasolina encendida, sus corazones latían de emoción.
«No sería genial, ¿verdad?», agregó Daniel, que siempre había sido el más entusiasta. «Nos podríamos imaginar que somos como Cristiano Ronaldo y Messi, haciendo esos goles espectaculares».
«¡Sí! Y podríamos celebrar como ellos lo hacen, ¡seríamos las estrellas del partido!», dijo Hugo, saltando de alegría mientras hacía un gesto de golpeo de balón.
Javier, el más realista del grupo, respondió con una sonrisa: «Sabemos que eso es sólo un sueño, chicos. Pero, ¿qué pasa si lo hacemos más real? Podríamos organizar un pequeño torneo y conseguir que una familia nos lleve al Bernabéu a ver un partido real. ¡Sería el siguiente mejor paso!».
El grupo amaneció con esa idea en mente. Decidieron que, en la próxima semana, organizarían el torneo en el parque y acabarían en el bernabéu, aunque sólo como espectadores. Podrían invitar a otros chicos del pueblo a participar, así que pasaron los días previos diseñando carteles, buscando patrocinadores entre los dueños de las tiendas del pueblo y, sobre todo, llenos de energía para que todo saliera perfecto.
El día del torneo llegó y el parque se llenó de niños y risas. Algunos de ellos eran más grandes, otros mayores, con distintos niveles de habilidad, pero eso no importaba. Lo que realmente contaba era la emoción y la unión que todos sentían al jugar. A pesar de la competencia, los amigos hicieron un trato: ganar o perder no importaba; lo importante era disfrutar del juego y hacer nuevos amigos.
Estaban todos listos para iniciar cuando, de repente, apareció una figura inusual entre los niños. Era un chico nuevo en el pueblo, sentado solo en una banca junto al parque. Tenía una camiseta del Real Madrid que parecía un poco desgastada, y su cara estaba cubierta por una sombra, como si tuviera miedo de acercarse.
«¿Quién es él?», preguntó Alonso, mientras miraba al chico. Los demás se encogieron de hombros, sin saber la respuesta. Sin embargo, Jaime, que siempre fue el más curioso, decidió acercarse y presentarse.
«Hola, soy Jaime. ¿Vas a jugar?», preguntó con una sonrisa amigable.
El chico levantó la vista, un poco sorprendido. «No lo sé. No conozco a nadie aquí», respondió tímidamente.
«¡No te preocupes! Somos un grupo de amigos y siempre estamos buscando nuevos jugadores. ¿Cuál es tu nombre?» Javier se unió al diálogo.
«Me llamo Marcos», respondió el chico, empezando a sentirse un poco más cómodo.
«Perfecto, Marcos. Ven con nosotros. ¡Hoy vamos a divertirnos mucho!», exclamó Hugo, extendiendo su mano hacia él.
Marcos dudó un momento, pero la calidez del recibimiento de los chicos le hizo sonreír. Acabó por unirse al grupo, y después de unas jugadas iniciales, se sintió como en casa. En cada pase y gol, la risa llenaba el aire y la nueva amistad se fraguaba en medio de la competencia amistosa.
El torneo continuó durante toda la tarde. Fue un día increíble, lleno de goles, risas y pequeños tropezones, que quedan como divagaciones más que como caídas. ¡Incluso Javier aprovechó para hacer un pequeño gol que dejó a todos boquiabiertos! Era impresionante ver a todos los niños con la camiseta de sus equipos favoritos, jugando bajo el cálido sol, apoyándose mutuamente y alentando a los demás.
Finalmente, al caer la tarde, el torneo llegó a su fin. Los amigos lograron recaudar suficientes fondos para que todos pudieran asistir al partido en el Bernabéu. La noticia de la visita electrificó a los chicos, y a pesar de que los trofeos eran sólo criados de cartón, la verdadera recompensa fue el vínculo que había comenzado a nacer entre ellos y su nueva amistad con Marcos.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.