Soy Hernán y siempre he creído que la vida debe ser organizada. Desde pequeño, me acostumbré a tener todo en orden: mis libros clasificados por colores, mis juegos guardados en cajas, y mi habitación limpia como una sala de museo. La rutina diaria y el orden me daban tranquilidad, pero todo eso cambió el día que Mahiru Shiina se mudó al apartamento que estaba justo al lado del mío. ¡Y no porque ella fuera una vecina común! Cuando llegó, mi calma se convirtió en caos, y mi mundo perfectamente organizado empezó a desmoronarse poco a poco.
Al principio todos decían que Mahiru era un ángel, porque tenía el cabello largo y brillante, y una sonrisa que parecía sacada de una película. Decían que era dulce y amable, y que cualquiera podía enamorarse de ella. Sin embargo, yo pronto me di cuenta de que el verdadero problema no era su belleza, sino su tremenda mala suerte. Mahiru era la chica más torpe que había conocido. Cualquier cosa que tocara, sin querer, acababa estropeándose. Tan solo su llegada al edificio fue el primer aviso.
Era una tarde soleada cuando la vi por primera vez. Estaba tratando de cargar una caja llena de libros que parecía pesadilla, y en apenas unos segundos, tropezó con la alfombra de la entrada y cayó justo sobre la caja. Los libros salieron volando como pájaros asustados, y varios cayeron justo en la acera frente a mi ventana. Me asomé para ayudarla y ella me miró con una sonrisa tímida que no logró disimular la vergüenza. Intenté no juzgarla tan rápido, pero su mala suerte ya había puesto en marcha una especie de tormenta sobre mí.
Al día siguiente, las cosas no mejoraron. Mahiru quiso agradecerme por ayudarle a ordenar sus cosas, y decidió preparar el desayuno. Yo no esperaba mucho, pero pensé que al menos su mala suerte no llegaría hasta la cocina. Me equivoqué. Cuando el olor a quemado comenzó a invadir el edificio, supe que algo andaba mal. Entré en su apartamento, justo cuando la alarma de humo comenzaba a sonar. Allí estaba ella, parada frente a la estufa con un sartén humeante, mirando desconcertada cómo se quemaba el pan que intentaba tostar.
—¿Cómo es posible quemar el pan? —pregunté asombrado.
Ella suspiró, sonrojada, y se disculpó cien veces mientras abría la ventana para dejar salir el humo. A partir de ese momento, empecé a entender lo que significaba estar a su lado: ¡una catástrofe diaria!
Lo peor no era solo que ella arruinara las cosas materiales, sino que su mala suerte parecía contagiosa. En la escuela, por ejemplo, siempre escuchaba a otros estudiantes comentar historias sobre ella. «¡Mahiru tropieza hasta con su sombra!», decían. Una vez, durante la clase de educación física, tropezó con un poste y terminó rodando por el césped, dejándose caer justo frente al equipo rival cuando jugaba un partido de fútbol. Todos se rieron, pero luego uno de los profesores tuvo que revisar que no se hubiera lastimado. A pesar de todo, Mahiru mantenía su buen corazón y nunca perdía la sonrisa.
Lo que al principio parecía solo una serie de infortunios cómicos empezó a convertirse en un problema más grande para mí. En casa, empezaron a sonar ruidos extraños que nadie sabía cómo explicar. Doors que se abrían solas, luces que se apagaban sin motivo, y hasta cables que se rompían misteriosamente. A veces me preguntaba si tal vez Mahiru no era un ángel, sino un demonio disfrazado que traía toda esa mala suerte solo para mí.
El colmo ocurrió una tarde cuando guarde mi colección de figuras de acción en la sala. Siempre las acomodaba cuidadosamente en una repisa con vidrio. Pero justo mientras Mahiru pasaba por el pasillo de mi apartamento, tropezó con una caja de mudanza, perdió el equilibrio, y en lugar de detenerse, chocó contra la repisa. Escuché el estruendo y corrí para ver lo que había pasado. Mis figuras favoritas yacían destrozadas en el suelo. Era como si una tormenta invisible hubiese pasado por allí.
Mahiru estaba llorando, no solo por las figuras, sino porque sentía que su presencia me traía problemas. Yo no sabía qué decir. Por un lado, estaba enojadísimo porque me había arruinado algo valioso; pero por otro, no podía ser tan cruel con alguien que claramente no quería hacer daño, aunque su torpeza resultara en accidentes. Fue entonces cuando empecé a verla no solo como una molestia, sino como alguien que necesitaba ayuda.
Decidí que, en lugar de evitarla, trataría de ayudarla a controlar esa mala suerte que parecía gobernar su vida. Me propuse enseñarle a ser más cuidadosa, y al mismo tiempo, aprendí a bajar un poco mis estándares de orden. A veces, la vida no debe ser perfecta ni totalmente organizada para ser feliz. Con Mahiru a mi lado, el desorden se volvió una nueva aventura, aunque al principio me costara mucho aceptarlo.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.