Antony era un chico curioso y alegre que vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas verdes y campos de flores silvestres. Tenía once años y una sonrisa que parecía capaz de iluminar los días nublados. Le gustaban los trenes, los dibujos, y los paseos al aire libre con su mejor amiga, Mía. Ella vivía justo al otro lado del río, en una casa con un jardín lleno de rosales que su abuela cuidaba con esmero. Mía tenía una imaginación desbordante y siempre llevaba una libreta en la que dibujaba todo lo que veía, desde las mariposas hasta las nubes que parecían animales.
Desde pequeños, Antony y Mía habían sido inseparables. Iban juntos al colegio, compartían el almuerzo, hacían carreras por el puente de madera y soñaban con viajar algún día en globo hasta ver el mar. Era un tipo de amistad pura, donde cada risa y cada gesto tenía la sencillez de lo verdadero. Pero algo empezaba a cambiar aquel verano. Era el último antes de que entraran al instituto, y, sin saber muy bien por qué, ambos comenzaron a notar cosas que antes pasaban desapercibidas.
Antony, por ejemplo, se dio cuenta de que le gustaba ver cómo Mía se reía. No solo porque sonaba bonito, sino porque cada vez que lo hacía, su corazón daba un pequeño salto, como si de repente el mundo tuviera más colores. Y Mía, por su parte, comenzó a escribir sobre Antony en su libreta, inventando historias donde él era un valiente explorador o un músico famoso que tocaba canciones para ella.
Un día de junio, mientras el sol doraba las hojas de los álamos, Antony y Mía decidieron ir al jardín de la abuela de Mía. Era un lugar casi mágico. Había flores de todos los colores, una fuente pequeña con peces naranjas y una pérgola cubierta de glicinas que desprendían un aroma dulce. Allí pasaban las tardes leyendo y contándose secretos.
—Antony —dijo Mía aquel día, sentada sobre la hierba—, ¿tú crees que el amor es como en los cuentos?
Antony se quedó pensativo. Nunca había reflexionado sobre eso.
—No lo sé —respondió al cabo de un momento—. En los cuentos, el amor siempre tiene magia, pero aquí… —miró alrededor— creo que la magia somos nosotros.
Mía sonrió, y en sus ojos brilló una chispa de ternura.
—Entonces… ¿crees que nosotros podríamos tener un cuento?
Él se sonrojó hasta las orejas. No entendía del todo lo que sentía, pero sí sabía que no quería que Mía dejara de sonreír nunca.
—Si tú lo escribes, seguro que es el más bonito —dijo al fin.
A partir de aquel día, Mía comenzó a escribir un cuento en su libreta: “El jardín de las promesas”. Era la historia de dos amigos que plantaban una semilla mágica, y que juraban cuidarla juntos hasta que floreciera en el árbol más alto del mundo. Cada tarde agregaba una nueva página, y Antony leía en voz alta lo que ella escribía, imaginando que eran los protagonistas.
Una tarde de tormenta, sin embargo, todo cambió.
El viento soplaba tan fuerte que las ramas golpeaban las ventanas. Mía estaba en su casa, mirando cómo la lluvia caía en el jardín. Su abuela había salido al mercado y aún no volvía, y ella se sentía un poco inquieta. De pronto, escuchó unos golpes en la puerta.
Era Antony, empapado de pies a cabeza, con el cabello chorreando y la chaqueta pegada al cuerpo.
—Mía —dijo jadeando—, el río está subiendo. He venido para ayudarte a guardar tus cosas, por si llega hasta aquí.
Ella se quedó mirándolo, sorprendida por su valentía.
—Antony, estás loco… —murmuró, pero ya estaba corriendo a buscar toallas para secarlo.
El agua del río rugía a lo lejos, pero ellos, dentro de la casa, se sentían a salvo. Se sentaron junto a la ventana y observaron cómo las gotas resbalaban por el cristal.
—Gracias por venir —dijo Mía en voz baja—. Eres mi héroe.
Antony se encogió de hombros, pero su corazón latía tan rápido que parecía que la lluvia sonaba dentro de él.
—Siempre voy a venir si me necesitas. Lo prometo.
Mía sonrió y sacó su libreta. En una nueva página escribió:
«El héroe del jardín prometió cuidar el árbol, incluso bajo la tormenta.»
Y juntos siguieron escribiendo mientras el viento rugía afuera. Cuando la tormenta terminó, el cielo se abrió con un arcoíris que cruzaba el valle. Era como si la naturaleza misma los estuviera bendiciendo.
Pasaron los meses, y el verano fue llenándose de tardes inolvidables: paseos junto al río, helados derretidos bajo el sol, carreras hasta la colina para ver las puestas de sol. Pero un día, Mía recibió una noticia inesperada: su familia se mudaría a otra ciudad, a muchos kilómetros de allí. La abuela había enfermado y necesitaban vivir más cerca de un hospital.
Cuando Mía se lo contó a Antony, él sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Te vas… para siempre? —preguntó, con la voz temblorosa.
—No lo sé —dijo ella, con lágrimas en los ojos—. Pero no quiero que esto sea un adiós.
Corrieron hasta el jardín y, sin decir nada, tomaron una pequeña semilla que Mía guardaba en una caja. La plantaron juntos, justo al lado de la pérgola.
—Cuando vuelva —dijo Mía—, quiero que me muestres cómo ha crecido.
—Lo cuidaré todos los días —prometió Antony—. Hasta que florezca.
Se abrazaron bajo el atardecer, y aunque ninguno quería separarse, sabían que aquella promesa los mantendría unidos.
Antony no durmió bien esa noche. Afuera, el viento movía las ramas del cerezo y parecía repetir su promesa una y otra vez: “Lo cuidaré todos los días… todos los días…”
Cuando amaneció, el primer rayo de sol se coló por su ventana, y él ya estaba listo con su regadera, dispuesto a cumplir su palabra. Caminó hasta el jardín de Mía y observó la pequeña maceta donde habían dejado la semilla. Estaba allí, quieta, cubierta de tierra húmeda. A simple vista no parecía gran cosa, pero Antony la miró como si fuera un tesoro.
Cada mañana, antes de ir al colegio, pasaba por el jardín y le hablaba a la semilla. Le contaba lo que había soñado, las clases de matemáticas que odiaba, los goles que metía en el recreo, y a veces hasta las cosas que no se atrevía a decir en voz alta. Era su manera de sentirse cerca de Mía, aunque ella estuviera lejos.
Las estaciones pasaron lentamente. El otoño tiñó el pueblo de hojas doradas, el invierno cubrió los campos con una capa blanca de escarcha, y la primavera volvió con el canto de los pájaros. Y un día, al llegar al jardín, Antony vio algo que le hizo sonreír con todo el alma: un pequeño brote verde asomando entre la tierra.
Corrió hasta su casa para buscar su cuaderno y dibujó aquella diminuta hoja, con cuidado, como si fuera una joya. “La semilla despertó”, escribió debajo.
Durante los meses siguientes, el brote se convirtió en un pequeño arbusto, y luego en un tallo que comenzó a crecer con fuerza. Antony se encargó de podarlo, regarlo y protegerlo del viento. Su abuela, que lo observaba desde la ventana, solía decirle:
—Ese árbol va a crecer tan fuerte como tú, hijo.
Y él respondía, con una sonrisa tímida:
—No es mi árbol, abuela. Es nuestro.
Mientras tanto, Mía también crecía. En su nueva ciudad, las cosas no eran fáciles. Extrañaba su casa, el río, las montañas… y sobre todo a Antony. Pero nunca dejó de escribir en su libreta. Cada semana, enviaba una carta al pueblo, con dibujos y relatos sobre lo que veía: un gato que se colaba en su balcón, una profesora que contaba historias de ciencia, o el día que aprendió a tocar una melodía en la guitarra.
Antony le respondía con hojas secas del jardín, fotografías del árbol y pequeños mensajes escritos a mano: “Ya mide más de medio metro”, “Salió la primera flor”, “Te echo de menos, pero el árbol me recuerda a ti”.
El tiempo siguió corriendo, y poco a poco los dos fueron entrando en una nueva etapa de su vida. Tenían doce, luego trece, y después catorce años. Cambiaron las voces, crecieron las responsabilidades, pero el cariño siguió intacto.
Un verano, Mía dejó de escribir durante un tiempo. Antony se preocupó. Pasaron semanas sin noticias, y empezó a temer que ella lo hubiera olvidado. Sin embargo, un día de agosto recibió un sobre de color lavanda. En el interior, había una hoja con un dibujo de dos niños bajo un árbol gigante y unas palabras que lo hicieron llorar un poco (aunque nunca lo admitiría):
“No te he olvidado. Estoy aprendiendo a volar, pero cuando vuelva, quiero que me esperes bajo nuestro árbol.”
Antony apretó la carta contra el pecho.
—Siempre te voy a esperar, Mía —susurró.
Ese verano, el árbol alcanzó su tamaño más grande. Tenía un tronco firme, ramas amplias y flores blancas que parecían brillar con la luz de la tarde. La gente del pueblo empezó a llamarlo el árbol de las promesas, porque muchos sabían la historia de los dos niños que lo habían plantado años atrás.
Cada vez que alguien pasaba por allí, veía a Antony sentado al pie del árbol, leyendo o tocando la guitarra que había aprendido a usar siguiendo los acordes que Mía le había enviado en una carta. Tocaba una melodía suave, parecida al sonido de la lluvia cayendo sobre hojas nuevas.
El tiempo siguió pasando. Tres años después, en una mañana tibia de primavera, Antony caminaba por el camino del río con su mochila al hombro. Había crecido mucho: ya era un adolescente alto, con el cabello más oscuro y la mirada serena. El sol doraba su piel y el aire olía a flores recién abiertas.
Cuando llegó al jardín, se quedó inmóvil. Allí, bajo el árbol, había una chica sentada con una libreta en las manos. Tenía el cabello largo y rizado, y aunque habían pasado años, él reconoció esa sonrisa en un instante.
—Mía… —susurró, apenas creyéndolo.
Ella se levantó despacio, y durante unos segundos se miraron sin decir nada. Era como si el tiempo se hubiera detenido. Luego, Mía corrió hacia él y lo abrazó con fuerza.
—Volví —dijo entre lágrimas y risas—. Te lo prometí.
Antony la sostuvo sin soltarla, sintiendo que todas las palabras del mundo sobraban.
—Y yo cuidé nuestro árbol, tal como te prometí —dijo al fin—.
Mía levantó la vista y contempló el árbol florecido. Sus ramas estaban llenas de pétalos blancos que caían suavemente, como si nevara luz.
—Es más hermoso de lo que imaginé —dijo ella.
Antony sonrió.
—Creo que es porque creció con nosotros.
Pasaron el resto de la tarde hablando bajo la sombra del árbol. Mía le contó sobre su nueva escuela, sus clases de música y sus nuevos amigos; Antony le habló de cómo había cambiado el pueblo, de su abuela, de las ferias y los paseos junto al río. Y cuando el sol empezó a esconderse, sacaron una hoja de la vieja libreta de Mía y escribieron juntos una nueva página:
“El jardín de las promesas floreció. Los amigos que lo plantaron aprendieron que el amor verdadero no siempre necesita estar cerca; basta con cuidar algo juntos, aunque sea desde lejos.”
Los años siguieron pasando, pero esa tarde quedó grabada en sus corazones. A veces, cuando la vida los llevaba por caminos distintos, volvían al jardín. Se sentaban bajo su árbol y hablaban de sus sueños: viajar, estudiar, escribir libros, ayudar a otros. Cada vez que se despedían, repetían su promesa:
—Nos volveremos a ver bajo el árbol.
Un invierno, cuando ambos ya estaban en el instituto, el río se desbordó otra vez. Las lluvias fueron intensas, y el pueblo temía perder parte de los cultivos. Antony fue a ver el árbol, preocupado por si el agua llegaba hasta el jardín. Mía, que había regresado por vacaciones, corrió a su encuentro.
El viento era fuerte, y los dos se refugiaron bajo la pérgola, como años atrás.
—¿Recuerdas la primera tormenta? —dijo Mía.
—Claro que sí. También prometí venir si me necesitabas.
Ella sonrió, con el rostro empapado por la lluvia.
—Y lo cumpliste, otra vez.
El agua bajó, el peligro pasó, y el árbol resistió firme, igual que su amistad. Al día siguiente, los vecinos del pueblo se reunieron para limpiar el barro, y Antony y Mía ayudaron juntos. Después de tanto esfuerzo, se sentaron frente al jardín, mirando el cielo despejado.
—¿Sabes? —dijo Mía—. Creo que el amor no es solo de los cuentos.
—¿Ah, no? —preguntó Antony, fingiendo sorpresa.
—No —respondió ella—. Es algo que se cuida, como nuestro árbol. Algo que crece cuando le das tiempo, paciencia y cariño.
Antony asintió.
—Y también cuando se confía.
Ambos se quedaron en silencio un rato, observando cómo un grupo de mariposas se posaba sobre las flores. Era un momento simple, pero lleno de significado.
Cuando el verano regresó, el árbol dio sus primeros frutos. Eran pequeños, de color ámbar, y tenían un aroma dulce. La abuela de Antony dijo que era un tipo de flor rara, mezcla entre magnolia y cerezo. Nadie sabía cómo había aparecido, pero todos coincidieron en que aquel árbol tenía algo especial.
El pueblo organizó una pequeña fiesta y colocaron un cartel de madera frente al jardín:
El Jardín de las Promesas
“Plantado por dos niños que creyeron en la amistad y el amor verdadero.”
Aquella noche, bajo un cielo lleno de estrellas, Antony y Mía se quedaron sentados mirando las luces del pueblo. Mía tocaba su guitarra, y Antony la acompañaba tarareando la melodía que habían inventado juntos años atrás.
—¿Qué crees que pasará cuando seamos mayores? —preguntó ella.
—No lo sé —respondió él—. Pero quiero seguir cuidando este jardín contigo, pase lo que pase.
Ella sonrió, y sus ojos brillaron como las luciérnagas que bailaban alrededor.
—Entonces hagamos una última promesa —dijo—: cuando el árbol cumpla diez años, volveremos aquí, pase lo que pase.
Antony extendió su mano, y ella la tomó con firmeza.
—Prometido.
Pasaron los años. El árbol siguió creciendo, fuerte y majestuoso. Mía se mudó otra vez, esta vez para estudiar en otra ciudad; Antony también siguió su camino. Pero ambos mantuvieron su promesa.
Y cuando llegó el día, diez años después, volvieron.
El jardín estaba más hermoso que nunca. Las flores blancas seguían allí, pero ahora había bancos, faroles y caminos de piedra. En el tronco del árbol había una placa con sus nombres grabados: Antony y Mía, guardianes del jardín.
Se miraron, sonrieron y, sin decir nada, supieron que todas las promesas que habían hecho de niños seguían vivas. El árbol las había guardado todas, como un cofre de recuerdos.
Conclusión del cuento
El amor de Antony y Mía no nació de la prisa ni del deseo, sino de la paciencia, la confianza y el cariño sincero. Aprendieron que el amor no siempre significa estar juntos todo el tiempo, sino cuidar lo que une, incluso cuando el viento sopla fuerte o la distancia se alarga.
El árbol que plantaron simbolizó su promesa y su crecimiento. Y así, en el pequeño pueblo donde todo comenzó, el Jardín de las Promesas siguió floreciendo año tras año, recordando a todos que los sentimientos verdaderos, como las raíces profundas, resisten cualquier tormenta.
Y cada vez que un niño pasaba por allí, Mía —ya convertida en escritora— contaba la historia de dos amigos que creyeron en la magia de cuidar algo juntos.
El amor, decía ella, “no siempre se ve, pero se siente crecer, como un árbol que florece desde el corazón.”
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.