Kathy era una niña especial. Tenía diez años y siempre se había sentido muy querida por sus papás, Ana y Carlos. Desde que nació, ella había sido la única hija, la princesa del hogar, la niña que recibía toda la atención, las caricias y las palabras dulces que se podían imaginar. Su habitación estaba llena de juguetes, libros y fotos de momentos felices que ella misma había ido eligiendo con mucho cuidado. Kathy sabía que era la única, pero cada día se preguntaba cómo sería tener un hermanito o hermanita, alguien con quien compartir no solo sus juegos, sino también sus secretos y risas.
Un día, mientras estaba dibujando en la mesa del comedor, escuchó la voz suave de su mamá llegar desde la cocina. “Kathy, tenemos una noticia muy especial para ti”, dijo Ana con una sonrisa en el rostro. Kathy dejó el lápiz sobre el papel y miró a su mamá con curiosidad. Carlos apareció después de sacar un plato del horno, y ambos se sentaron junto a ella en la mesa.
—Vamos a tener un hermanito —anunció Carlos con una mezcla de alegría y emoción—. Mami está embarazada.
Kathy sintió que su corazón latía rápidamente. Por un lado, estaba feliz porque la idea de tener un hermano había sido un sueño por mucho tiempo. Pero, por otro lado, una pequeña parte de ella estaba inquieta. ¿Qué significaba esto exactamente para ella? ¿Sus papás la querrían menos? ¿Tendría que compartirlos? Sus ojos se llenaron de preguntas que ni siquiera sabía cómo formular.
—¿Tú cómo te sientes, Kathy? —preguntó Ana, acomodándole el pelo detrás de la oreja.
—No sé —respondió Kathy con sinceridad—. Estoy feliz, pero también me da miedo. ¿Y si ustedes ya no tienen tiempo para mí? ¿Y si no me quieren tanto?
Ana se inclinó para abrazarla fuerte.
—Eso nunca pasará, cariño. Nuestro amor por ti es tan grande que siempre habrá espacio para uno más. Este bebé no reemplazará nada, sino que va a multiplicar el cariño en nuestra familia.
Kathy pensó en esas palabras mientras miraba el dibujo que había hecho: un sol amarillo brillante con rayos que llegaban hasta todos los rincones de la casa. ¿Podría el amor de verdad crecer tanto como para alcanzar hasta el bebé que aún no estaba en su vida? Decidió que sí, que tendría que confiar en sus papás y en lo que decían.
Los días pasaron, y Kathy comenzó a imaginar cómo sería su hermano: si sería niño o niña, cómo se llamaría, si le gustarían los mismos juguetes o si le enseñaría a andar en bicicleta. Pero también se sentía un poco nerviosa cuando escuchaba a Ana suspirar por el cansancio o cuando veía que sus papás ya no tenían el mismo tiempo para jugar con ella como antes.
Una tarde, mientras Kathy ayudaba a su papá a poner la mesa, vio que él estaba preocupado. Carlos miraba su teléfono una y otra vez, y no decía nada. Kathy se acercó y apoyó su mano en el brazo de su papá.
—¿Estás bien, papá?
Él sonrió tímidamente y le dijo: —Sí, hija. Es solo que estoy un poco estresado en el trabajo, pero todo está bien. ¿Quieres que te cuente un cuento antes de dormir?
Kathy asintió, pues los cuentos que Carlos le contaba eran su momento favorito del día. Esa noche, después de que Ana le pusiera la pijama y le diera un beso en la frente, Carlos se sentó en la cama y comenzó a narrar una historia sobre un oso que aprendía a compartir su cueva con un pequeño zorro. A medida que escuchaba, Kathy pensó que si un oso gigante podía hacer espacio para un zorro chiquito sin perder su lugar, ella también podría encontrar un modo de compartir el amor de sus papás con su hermanito.
Pasaron los meses y la barriga de Ana fue creciendo. Kathy empezó a ayudar a su mamá a elegir la ropa para el bebé, a limpiar los juguetes que habían guardado para cuando llegara ese momento. También le preguntó muchas veces si podía acariciar la pancita de Ana y hablar con el bebé, contándole todo lo que le esperaba cuando naciera.
—Se va a llamar Mateo si es niño —dijo Ana un día— y si es niña, se llamará Sofía.
—Me gusta Mateo —respondió Kathy—. ¿Sabes qué? Yo quiero ser la mejor hermana mayor del mundo.
Ana la abrazó, y Kathy sintió que en ese abrazo cabía todo ese amor tan grande, tan infinito, del que tanto le habían hablado.
Finalmente, llegó el día que todos esperaban con nervios y alegría. Kathy se despertó temprano y vio que su mamá estaba un poco cansada, pero sonriente. Papá se encargó de llevarlos al hospital con una emoción que no podía ocultar. Kathy estaba un poco asustada también, pues nunca había estado en un hospital para un nacimiento, pero estaba decidida a estar al lado de sus papás, acompañándolos en cada segundo.
Horas después, una enfermera salió de la sala de partos con una sonrisa brillante.
—¡Es un niño! —anunció—. Se llama Mateo.
Kathy corrió hacia donde estaba su mamá, que tenía lágrimas en los ojos, y luego miró al bebé, pequeño y dormido, envuelto en una mantita azul. De repente, el miedo que había sentido empezó a desaparecer. Ese pequeño ser era parte de su familia, y ella sentía que algo muy fuerte la unía a él, aunque apenas lo conocía.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.