En un pequeño pueblo lleno de colores y risas, vivía una chica llamada Cielo. Tenía un corazón amable y una sonrisa que iluminaba su rostro. Desde pequeña, Cielo había aprendido a disfrutar de la vida y a encontrar belleza en las cosas simples. Cada día, se pasaba horas en el parque de su pueblo, rodeada de flores y árboles, soñando con aventuras y amores. Sin embargo, había alguien en su mente que ocupaba un lugar especial: Edgar.
Edgar era un chico nuevo en el pueblo. Había llegado hace poco y rápidamente se ganó el respeto y la admiración de todos. Era alto, tenía un cabello castaño despeinado y unos ojos que parecían tener un brillo especial. Pero lo que más llamaba la atención de Cielo era su risa, esa risa que hacía que el mundo a su alrededor pareciera más brillante.
Cielo había estado enamorada de Edgar desde el momento en que lo vio. La forma en que hablaba, su manera de sonreír, todo en él la hacía sentir mariposas en el estómago. Sin embargo, había un problema: Edgar no parecía notar a Cielo. Era amable, pero su corazón estaba centrado en otras cosas y, aparentemente, en otra persona.
Cielo decidió que debía hacer algo al respecto. Un día, mientras caminaba por el parque, se encontró con su mejor amiga, Valeria, quien notó la expresión triste en su rostro. “Cielo, ¿qué te pasa? Estás muy callada”, preguntó Valeria, preocupada.
“Es Edgar. Me gusta mucho, pero siento que nunca se da cuenta de mí. Siempre parece estar interesado en otras cosas”, confesó Cielo, con un suspiro.
“Tal vez deberías hablar con él. No puedes esperar que adivine tus sentimientos”, sugirió Valeria.
Cielo dudó. “¿Y si no le gusto? No sé si estoy lista para enfrentar esa posibilidad”, respondió, sintiendo que la ansiedad la invadía.
“Pero si no lo intentas, nunca lo sabrás. A veces, el amor requiere valentía. Tienes que arriesgarte”, animó Valeria.
Con un poco de valor y la determinación de no dejar que el miedo la detuviera, Cielo decidió que iba a hablar con Edgar. Pero, ¿cómo podría hacerlo? Se le ocurrió una idea. Si Edgar no podía notar su presencia, tal vez podría hacer algo especial que llamara su atención.
Así que, Cielo se preparó. En su tiempo libre, empezó a dibujar. A menudo pasaba horas en el parque, dibujando flores, árboles y la vida cotidiana del pueblo. Un día, decidió crear un hermoso retrato de Edgar, capturando su esencia y la forma en que hacía sentir a los demás. Cuando terminó, se sintió emocionada al mirar su obra. Era una representación sincera de lo que sentía por él.
Cuando llegó el día en que planeaba entregarle el dibujo, su corazón latía con fuerza. Caminó hacia el parque, donde sabía que Edgar estaría con sus amigos. Al acercarse, vio a Edgar riendo y bromeando con su grupo. “¡Esto es! ¡Es el momento!”, pensó.
“¡Edgar!”, llamó Cielo, su voz temblando un poco. Él se volvió y la miró con curiosidad. “¿Puedo hablar contigo un momento?”.
Edgar se acercó, dejando a sus amigos. “Claro, Cielo. ¿Qué pasa?”.
Cielo tragó saliva y sacó el dibujo. “Quería darte esto”, dijo, extendiéndole la hoja con la imagen de su rostro. “Es un retrato que hice de ti”.
Edgar miró el dibujo con sorpresa y admiración. “Wow, Cielo. Esto es increíble. ¡No sabía que dibujabas tan bien!”, exclamó, impresionado.
Cielo sonrió, sintiéndose un poco más tranquila. “Gracias. Quería que tuvieras algo especial”, respondió. Pero cuando vio su reacción, su corazón se hundió un poco. A pesar de su amabilidad, sentía que Edgar estaba más interesado en el dibujo que en ella.
“Realmente me gusta, Cielo. ¿Te gustaría que lo exhibiera en la escuela?”, preguntó Edgar, emocionado.
“Claro”, dijo, tratando de sonreír, pero sintiéndose un poco decepcionada. “Sería genial”.
Sin embargo, en su interior, Cielo seguía sintiendo que Edgar no estaba interesado en ella como le hubiera gustado. A medida que pasaban los días, se dio cuenta de que su corazón se llenaba de tristeza. Cada vez que veía a Edgar, su corazón latía con fuerza, pero él parecía tener sus pensamientos en otra parte.
Una tarde, mientras caminaba por el parque, se encontró con una mujer anciana sentada en un banco. La mujer tenía un aire de sabiduría y bondad. Cielo, sintiéndose un poco perdida, decidió acercarse. “Hola, señora. ¿Está bien si me siento aquí?”, preguntó tímidamente.
“Por supuesto, querida. ¿Qué te preocupa?”, respondió la anciana con una sonrisa amable.
Cielo se tomó un momento para explicarle todo sobre su enamoramiento por Edgar y cómo se sentía frustrada al no obtener su atención. La mujer la escuchó atentamente y luego dijo: “A veces, el amor no se trata solo de ser visto. A veces, se trata de ser valiente y honesta con uno mismo y con los demás. ¿Has considerado hablar con Edgar sobre tus sentimientos?”.
Cielo reflexionó sobre eso. “No sé si podría hacerlo. Tengo miedo de que no le guste”, admitió.
La mujer anciana le sonrió. “El amor verdadero requiere valentía. No tengas miedo de mostrar quién eres. Solo así podrás encontrar lo que buscas”.
Inspirada por las palabras de la anciana, Cielo decidió que debía ser valiente y hablar con Edgar sobre sus sentimientos. Sabía que tenía que hacerlo, aunque eso significara arriesgarse a ser herida.
Al día siguiente, Cielo se armó de valor y buscó a Edgar en el parque. Cuando lo encontró, se sentó junto a él. “Edgar, hay algo de lo que quiero hablarte”, comenzó, sintiendo que su corazón latía con fuerza.
Cuentos cortos que te pueden gustar
El Amor que Sana
Kaito y el Coraje del Amor
El Secreto de las Princesas Nocturnas
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.