En un pequeño pueblo rodeado de montañas y campos de flores, vivía Mariana, una niña alegre y curiosa que adoraba pasar sus tardes jugando en el parque con sus amigos. Mariana tenía el cabello rizado que siempre volaba con el viento cuando corría, y su sonrisa iluminaba cada rincón del lugar. Le encantaba estar rodeada de sus mejores amigos: Janeth, una niña amable que siempre llevaba gafas y tenía una risa contagiosa; Juan, un chico tímido que, aunque no hablaba mucho, siempre estaba atento a todos; y Orlando, el más alto de todos, con una gran sonrisa que hacía que cualquiera se sintiera bienvenido.
Cada tarde, se encontraban bajo el enorme árbol del parque, un lugar que había sido testigo de muchas de sus aventuras. Jugaban a contar historias, imaginar mundos fantásticos y soñar con el futuro. Pero, aunque Mariana siempre estaba sonriente y disfrutaba de su tiempo con sus amigos, había algo en su corazón que la inquietaba.
Desde hacía un tiempo, Mariana había notado algo que nunca antes había sentido. Cada vez que estaba cerca de Orlando, su corazón latía más rápido. Cuando Orlando reía o hacía alguna broma, su estómago se llenaba de mariposas, y aunque trataba de ignorarlo, esa sensación solo crecía. Janeth, que siempre estaba atenta a todo, se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo.
—Mariana —le dijo Janeth una tarde mientras los chicos jugaban a lanzar una pelota—, creo que te gusta Orlando.
Mariana se sonrojó de inmediato y negó con la cabeza, pero no pudo evitar reírse nerviosamente.
—¡No digas tonterías! Solo somos amigos, ¿vale? —respondió Mariana, pero su mirada se dirigió hacia Orlando, que en ese momento estaba contando una de sus historias graciosas a Juan.
—Es normal sentir algo así, ¿sabes? —dijo Janeth con una sonrisa comprensiva—. Pero lo importante es cómo te hace sentir. ¿Te hace feliz?
Mariana pensó por un momento. Orlando siempre había sido su amigo, desde que tenían memoria. Jugaban juntos desde que eran pequeños, y había compartido con él tantas risas y aventuras. Pero ahora, las cosas parecían diferentes. Sentía que, de alguna manera, Orlando era más que un amigo, pero no estaba segura de cómo expresarlo. Todo era nuevo para ella, y eso la asustaba un poco.
—Supongo que sí —admitió Mariana en voz baja—. Pero no sé qué hacer.
Janeth la miró con ternura. Ella también sabía lo que era tener sentimientos especiales por alguien, pero entendía que a veces, esos sentimientos podían ser confusos.
—No tienes que hacer nada de inmediato —le aconsejó Janeth—. Solo disfruta del tiempo con Orlando y deja que las cosas fluyan.
Mariana asintió, aunque todavía no estaba completamente convencida. Sabía que, eventualmente, tendría que enfrentar esos sentimientos, pero por ahora, decidió seguir el consejo de su amiga.
Los días pasaron, y aunque Mariana seguía sintiendo ese cosquilleo en su corazón cada vez que veía a Orlando, trataba de no pensar demasiado en ello. Sin embargo, había momentos en los que no podía evitar imaginar cómo sería si algún día le contara lo que sentía. ¿Y si Orlando no sentía lo mismo? ¿Y si su amistad cambiaba para siempre? Esas preguntas rondaban en su mente, pero se las guardaba para sí misma.
Una tarde, mientras todos estaban sentados bajo el árbol, Orlando les propuso una nueva aventura.
—¿Qué les parece si exploramos la colina detrás del parque? He escuchado que desde allí se puede ver todo el pueblo —dijo emocionado.
Todos estuvieron de acuerdo, excepto Mariana, que sentía una pequeña duda. No porque no quisiera ir, sino porque sabía que esa colina tenía algo especial. Se decía que quien llegaba a la cima y cerraba los ojos podía pedir un deseo, y si su corazón era puro, ese deseo se cumpliría. Mariana no estaba segura de si quería pedir un deseo tan grande como el que llevaba en su corazón, pero al final, decidió unirse a sus amigos.
Subieron la colina entre risas y conversaciones, pero a medida que se acercaban a la cima, Mariana sintió que su corazón latía más rápido. Al llegar, se encontraron con una vista espectacular: todo el pueblo se extendía bajo ellos, con los tejados de las casas y los caminos serpenteando entre los árboles.
—Es increíble —dijo Juan, mirando a lo lejos.
—Sí, lo es —respondió Mariana en voz baja, pero no podía apartar la vista de Orlando.
Mientras todos admiraban la vista, Orlando se acercó a Mariana y le sonrió.
—Es bonito estar aquí con ustedes —dijo—. No sé qué haría sin mis amigos.
Mariana sintió un nudo en la garganta. Sabía que ese era el momento perfecto para decir lo que sentía, pero las palabras no salían de su boca. En lugar de eso, solo sonrió tímidamente.
—Yo también me alegro de estar aquí contigo —susurró.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.