Había una vez, en un bosque lleno de altos árboles y riachuelos cantarines, un pequeño dragón llamado Drogo. Drogo era un dragón muy especial. Tenía escamas de color verde brillante que relucían al sol, y sus alas, aunque pequeñas, estaban perfectamente formadas. Sin embargo, a diferencia de los otros dragones de su edad, Drogo no sabía volar.
Desde muy pequeño, Drogo había intentado volar muchas veces, pero cada vez que lo intentaba, algo fallaba. Batía sus alas con fuerza, pero no conseguía despegar más que unos centímetros del suelo antes de caer nuevamente. Los otros dragones volaban alto, jugando entre las nubes, mientras él los miraba desde abajo, triste y un poco frustrado.
Un día, mientras estaba sentado en una roca, con la cabeza baja y las alas caídas, apareció una pequeña coneja llamada Yanna. Ella era una coneja muy simpática, con un pelaje blanco y suave y unas orejas largas que siempre estaban atentas a los sonidos del bosque. «¡Hola, Drogo!» dijo Yanna, saltando alegremente hacia él. «¿Por qué estás tan triste?»
Drogo levantó la cabeza lentamente y suspiró. «No puedo volar, Yanna. Lo intento una y otra vez, pero no lo consigo. Todos los demás dragones vuelan y se divierten, pero yo… yo no puedo.»
Yanna frunció el ceño, preocupada por su amigo. Sabía cuánto le afectaba a Drogo no poder volar. «Bueno, no todos nacen sabiendo hacer todo. Quizás necesitas un poco de ayuda para aprender. ¿Por qué no le preguntas a Vyseris? Él es muy sabio y conoce muchas cosas. Tal vez pueda darte algún consejo.»
Vyseris era un búho muy viejo y sabio que vivía en el árbol más alto del bosque. Sus plumas eran de un color marrón oscuro, y llevaba unas pequeñas gafas que le daban un aspecto aún más sabio. Siempre estaba dispuesto a ayudar a quien lo necesitara, y Yanna estaba segura de que él sabría qué hacer.
Drogo no estaba muy convencido. «No sé si Vyseris podrá ayudarme… ¿qué puede saber un búho sobre volar dragones?» dijo con duda en su voz. Pero Yanna, siendo la buena amiga que era, no aceptaría un «no» como respuesta. «Vamos, Drogo, no pierdes nada por intentarlo. ¡Vamos juntos a hablar con él!»
Con una pequeña sonrisa en su rostro, Drogo decidió intentarlo. Después de todo, nada podía ser peor que seguir sin volar. Así que, junto a Yanna, caminaron hasta el gran árbol donde vivía Vyseris.
Cuando llegaron, encontraron a Vyseris sentado en una rama, con sus ojos brillantes observando el bosque. «¡Vyseris!» llamó Yanna desde el suelo. El búho giró su cabeza hacia ellos y los miró con curiosidad. «Ah, Yanna y Drogo, ¿qué los trae por aquí?» preguntó con su voz profunda y calmada.
«Vyseris, Drogo necesita tu ayuda», explicó Yanna. «No puede volar, y está muy triste por eso. Pensé que tú podrías tener algún consejo para él.»
Vyseris se acomodó sus pequeñas gafas y bajó de la rama, aterrizando suavemente frente a Drogo. «Así que, joven Drogo, no puedes volar, ¿eh?» dijo el búho, estudiando al pequeño dragón. Drogo asintió con la cabeza, sintiéndose un poco avergonzado.
«Bueno, volar no es solo cuestión de tener alas», continuó Vyseris. «Volar también requiere confianza y paciencia. Quizás no has aprendido a usar tus alas de la manera correcta todavía. Pero no te preocupes, porque el aprendizaje es un camino que todos debemos recorrer.»
Drogo miró a Vyseris con esperanza en sus ojos. «¿Crees que podré volar algún día?»
«Estoy seguro de que sí», dijo Vyseris con una sonrisa. «Pero para volar, primero necesitas entender el aire, sentir cómo te sostiene y aprender a confiar en tus alas.»
Drogo escuchaba con atención. Aunque no entendía todo lo que decía Vyseris, sabía que el búho tenía razón. Siempre había pensado que volar era solo cuestión de mover las alas, pero nunca había pensado en el aire y en cómo podía ayudarle.
«Lo primero que debemos hacer», continuó Vyseris, «es practicar. No esperes volar de inmediato, Drogo. A veces, lo que necesitamos es tiempo. ¿Estás dispuesto a intentarlo una vez más, pero esta vez con calma?»
Drogo asintió con determinación. Sabía que no sería fácil, pero no quería rendirse. Así que, con la ayuda de Vyseris y Yanna, comenzó a practicar cada día. Empezaron con pequeños saltos, sintiendo el viento en sus alas y aprendiendo a equilibrarse en el aire. Al principio, Drogo apenas podía mantenerse en el aire por unos segundos, pero poco a poco, empezó a mejorar.
Cada día, Yanna lo acompañaba, animándolo con sus saltos y palabras amables. «¡Puedes hacerlo, Drogo! ¡Solo un poco más alto esta vez!» Y Vyseris lo observaba desde lo alto de los árboles, ofreciéndole consejos y recordándole que la paciencia era su mejor aliada.
Pasaron varias semanas, y aunque Drogo aún no podía volar como los otros dragones, cada día se sentía un poco más cerca de lograrlo. No era solo cuestión de batir las alas, sino de sentir el viento y confiar en sus instintos.
Un día, cuando el sol estaba en lo más alto del cielo, Drogo decidió que era el momento de intentarlo de verdad. Se paró en la colina más alta del bosque, con Yanna y Vyseris a su lado, observándolo con expectación. Sus amigos habían estado con él durante todo el proceso, y ahora sabían que estaba listo.
Drogo cerró los ojos, respiró hondo y extendió sus alas. Sintió el viento en su cara y en sus escamas, y por primera vez, no sintió miedo. «Puedo hacerlo», pensó para sí mismo. Luego, dio un salto hacia adelante, batiendo sus alas con fuerza.
Al principio, parecía que todo sería como siempre. Pero esta vez, algo era diferente. Drogo no cayó al suelo. En lugar de eso, sintió cómo el viento lo sostenía, y de repente, estaba en el aire. ¡Estaba volando! No muy alto, pero lo suficiente para saber que lo había conseguido.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.