En la selva, donde los árboles eran tan altos que parecían tocar el cielo y los ríos burbujeaban como risas de niños, vivía una capibara llamada Mateo. Mateo era un animalito curioso y amigable. Tenía un pelaje marrón suave que brillaba al sol y unos ojos grandes que siempre parecían estar buscando una nueva aventura. Todos los animales de la selva lo querían, porque Mateo era generoso y siempre estaba dispuesto a ayudar.
Un día, mientras exploraba cerca de un arroyo, Mateo se encontró con un viejo amigo: León Gruñón. Este león, a pesar de su nombre, no siempre era tan gruñón. Solo estaba de mal humor porque se sentía solo y cansado. Cuando Mateo se acercó, el león frunció el ceño, pero a Mateo no le importó. Sabía que debajo de esa actitud había un corazón cariñoso.
– ¡Hola, León! – saludó Mateo con entusiasmo –. ¿Quieres jugar conmigo? Hay un lugar nuevo que he descubierto cerca de la gran roca.
León Gruñón suspiró y sacudió su melena dorada.
– No sé, Mateo. Solo me apetece dormir.
Mateo sonrió, pero no se dio por vencido.
– ¿Y si al jugar encontramos algo interesante? Quizás incluso un tesoro. ¡Ven!
El león lo miró, algo intrigado, y al final decidió seguirlo. Ambos comenzaron a caminar por la selva, comentando sobre las maravillas que observaban: los pájaros que cantaban, las mariposas que danzaban en el aire y las flores con colores vibrantes. Pero mientras exploraban, de repente, se encontraron con un estancamiento formidable.
Ante ellos había un lago en el que nadaban algunos peces. Sin embargo, no estaban solos. En la orilla, tomando el sol, había un enorme cocodrilo llamado Cocodrilo Feroz, conocido por los cuentos que circulaban entre los animales.
– ¡Lárguense! – gruñó Cocodrilo Feroz, mostrando sus afilados dientes. – Este es mi lugar y no quiero compañía.
Mateo, aunque un poco asustado, hizo un esfuerzo por mantener la calma. Miró a León Gruñón, quien fruncía el ceño y parecía preocupado.
– No debemos dejar que nos asuste. Solo está tratando de proteger su territorio – dijo Mateo.
León Gruñón asintió lentamente, aunque su rostro aún reflejaba inquietud.
– Quizás deberíamos dar la vuelta – sugirió, mirando al cocodrilo con recelo.
Pero entonces, algo inesperado ocurrió. Un pequeño pájaro voló muy cerca del lago y, asustado, perdió el equilibrio, cayendo al agua.
– ¡Ayuda! – chilló el pajarito, luchando por mantenerse a flote.
Mateo, lleno de valentía, se acercó a la orilla y gritó:
– ¡Cocodrilo Feroz! ¡El pajarito se está ahogando! ¡Debemos hacer algo!
El cocodrilo, sorprendido por la audacia de la capibara, dejó de lado su feroz actitud.
– ¿Por qué debería ayudar a un pajarito? – preguntó, aunque su tono sonó menos amenazante.
Mateo no se dio por vencido.
– Porque todos merecemos una segunda oportunidad, incluso tú. No te estoy pidiendo que lo rescates solo por ser amable, sino porque es lo correcto.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.