Era una noche oscura y fría en el pequeño pueblo de San Lucio. Las hojas de los árboles crujían con el viento y la luna se ocultaba detrás de las nubes, creando sombras alargadas que danzaban sobre el suelo. En medio de este ambiente misterioso, tres amigos inseparables, Carla, Lucas y Martín, decidieron salir a explorar. Siempre habían sido aventureros y, a pesar de las advertencias de los mayores sobre «la puerta prohibida», su curiosidad era más fuerte.
La puerta a la que todos se referían estaba en la parte más alejada del bosque, justo en el borde del pueblo. Se decía que era una puerta encantada, custodiada por espíritus que no dejaban que nadie se acercara. Pero para los tres amigos, esa advertencia era solo un reto más.
—¿Qué hay detrás de esa puerta? —preguntó Martín, con su mirada llena de emoción.
—Dicen que es otro mundo, un lugar en el que los sueños se hacen realidad —respondió Lucas, mientras acariciaba un pequeño colgante de plata que siempre llevaba al cuello, heredado de su abuelo.
Carla, que era la más cautelosa de los tres, frunció el ceño. Aunque les encantaban las aventuras, siempre había algo que la hacía dudar.
—No sé, chicos. Tal vez deberíamos quedarnos aquí. Hay muchas historias sobre esa puerta y no quiero que nos pase nada malo.
—Vamos, Carla —interrumpió Lucas—, solo será un vistazo. Si no nos gusta, volveremos. ¡Prometido!
Finalmente, después de minutos de discusión y convincentes argumentos, Carla aceptó. Los tres amigos se encaminaron hacia el bosque, iluminados por la tenue luz de sus linternas. El sonido del crujir de las hojas y el canto lejano de un búho creaban una atmósfera aún más inquietante.
Caminaron durante un rato hasta que, al fin, llegaron al lugar donde se encontraba la puerta. Era un gran portal cubierto de hiedra, con tallados extraños que parecían cobrar vida con la luz de sus linternas. El aire se sentía diferente, pesado, y Carla tuvo un escalofrío que le recorrió la espalda.
—Esto no me gusta —susurró ella, pero Lucas y Martín estaban demasiado absortos mirando la puerta para escucharla.
—Mira esos símbolos —dijo Martín, señalando los elaborados grabados—. Pueden significar algo.
—Sí, pero también pueden ser peligrosos —replicó Carla—. Deberíamos irnos.
Sin embargo, Lucas no podía contener su curiosidad y empujó la puerta. Para su sorpresa, se abrió con un chirrido que resonó por todo el bosque. La oscuridad del interior parecía invitarlos, y aunque una voz en su cabeza le decía a Carla que no debía entrar, el impulso de sus amigos fue más fuerte.
Los chicos cruzaron el umbral y, de repente, se encontraron en un lugar diferente. El aire era fresco y olía a tierra húmeda. Al mirar a su alrededor, se dieron cuenta de que estaban en un bosque completamente distinto, lleno de árboles que brillaban con luces de colores.
—¡Guau! —exclamó Martín—. ¡Esto es increíble!
Carla todavía se sentía incómoda y dijo:
—Esto no se ve normal. Tal vez deberíamos regresar.
Pero los chicos estaban demasiado absortos mirando todo a su alrededor. De repente, escucharon un susurro.
—Vengan… vengana a jugar… —decía una voz suave que parecía provenir de todas partes a la vez.
Los tres intercambiaron miradas de sorpresa y un poco de miedo.
—¿Quién… quién dijo eso? —preguntó Lucas, mirando a su alrededor, intentando ver de dónde provenía la voz.
—No lo sé, pero tenemos que irnos —dijo Carla, sintiendo como si algo no estuviera bien.
—No seas miedosa, Carla. Vamos a investigar —replicó Martín, emocionado.
El susurro era tentador, pero Carla no podía sacudirse la sensación de que tal vez habían hecho un error. Aun así, la curiosidad de sus amigos la empujó a seguirlos mientras se adentraban aún más en el bosque.
El lugar parecía interminable y, a medida que avanzaban, comenzaron a notar más luces brillantes. Las criaturas del bosque eran inusuales: algunos árboles tenían brazos que se movían lentamente, mientras que otros tenían caras que sonreían o fruncían el ceño. Todo era como un sueño, pero no era un sueño placentero.
Después de un rato, llegaron a un claro donde un brillo resplandeciente provenía de una figura que se alzaba en el centro. Era un ser de aspecto etéreo, con largas alas translúcidas que parecían hechas de agua. Tenía una mirada penetrante y una sonrisa que no era del todo amistosa.
—Bienvenidos, pequeños aventureros —dijo el ser con una voz melodiosa—. Soy Eldara, la guardiana de este bosque.
Carla sintió un nudo en el estómago. Esa voz sonaba igual que el susurro que los había atraído hasta allí.
—Hemos venido a mirar, nada más —dijo Lucas, tratando de sonar valiente.
Eldara rió suavemente, pero había algo inquietante en su risa.
—Oh, no he visto a ningún humano por mucho tiempo. Este lugar está lleno de maravillas, pero también de secretos. ¿Están listos para jugar?
Martín miró a su alrededor, maravilla en sus ojos, y se dejó llevar por la emoción.
—¡Sí, queremos jugar!
Carla tomó la mano de Martín y lo miró con preocupación.
—Es una trampa. No deberíamos quedarnos aquí.
Pero Lucas se rió.
—Vamos, Carla, no seas aguafiestas. Solo será un juego.
—¿Qué juego? —preguntó Carla, aunque sabía que no le gustaba la dirección en que esto iba.
—Un juego de valentía y magia, en el que deben demostrar su valor —dijo Eldara, mientras un aire mágico envolvía el claro y los árboles comenzaron a moverse de forma casi hipnótica.
Eldara extendió sus brazos y un círculo de luz se encendió alrededor de ellos. Los cielos comenzaron a brillar y los amigos se sintieron atrapados en el espectáculo, pero Carla seguía sintiendo que había algo raro.
—¿Y si nos negamos a jugar? —preguntó ella.
—No hay opción, querida. Este bosque no deja ir a aquellos que no completan su juego. Así que, ¿quieren jugar o no? —respondió Eldara, con un tono que dejó claro que no estaba bromeando.
Lucas y Martín, llenos de emoción, asintieron. Pero el rostro de Carla se tornó grave.
—No lo sé…
—Vamos, Carla. No seas miedosa —dijo Martín, tratando de convencerla nuevamente.
Eldara sonrió de una manera que no inspiraba confianza y les dijo que el primer desafío consistía en atravesar un sendero lleno de obstáculos escondidos, donde debían usar su ingenio y valentía. Aunque Carla estaba en desacuerdo, se sintió arrastrada por la decisión de sus amigos.
Comenzaron el desafío, y al principio, todo parecía un juego. Saltaban de roca en roca y navegaban entre ramas caídas, pero pronto se dieron cuenta de que el bosque no era tan amistoso como parecía. Las sombras parecían alargarse, y de repente, un grito desgarrador resonó en el aire.
Carla se detuvo y miró atrás, pero no había nada. Sin embargo, su corazón latía frenéticamente. Como si percibieran su miedo, Eldara los instó a seguir adelante, y los amigos avanzaron, cada vez más inseguros.
Mientras más continuaban, el sendero se volvía más hostil. Los árboles parecían cerrarse, y Carla sintió que estaba perdiendo a sus amigos de vista. De repente, un sonido perturbador hizo que se detuvieran: pasos pesados y una respiración profunda parecida a un rugido.
—¿Qué fue eso? —preguntó Lucas, mirando a su alrededor.
El camino frente a ellos se oscureció de golpe. Las luces que antes brillaban ahora eran tenues, y un ser oscuro emergió de las sombras, un demonio hecho de pura oscuridad, con ojos resplandecientes como brasas.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.