En un rincón remoto del mundo, donde los árboles eran tan altos que parecían tocar el cielo y las flores brillaban con colores que solo existían en los sueños, vivía un león llamado León. León no era un león cualquiera; su melena dorada brillaba bajo el sol como el oro, y su rugido podía escucharse a través de todo el bosque. Aunque todos los animales lo respetaban y lo admiraban, León tenía un secreto: amaba su hogar más que cualquier otra cosa en el mundo. El bosque era su reino, y cada árbol, cada río y cada pequeña criatura era parte de él.
Un día, mientras León caminaba por el bosque, encontró a un niño pequeño sentado a la orilla de un río. El niño tenía el cabello corto y castaño, y sus ojos brillaban de curiosidad. Se llamaba Juan, aunque todos en el pueblo cercano lo conocían como El Pequeño Juan. Era un niño que amaba la naturaleza y siempre estaba explorando, buscando aprender todo lo que pudiera sobre el mundo que lo rodeaba.
León se acercó con cautela, pues no solía ver humanos tan adentrados en el bosque. «Hola, pequeño», dijo León con una voz profunda pero amable. «¿Qué haces aquí, tan lejos de casa?»
El Pequeño Juan no se asustó. Al contrario, sonrió al ver al majestuoso león y respondió: «Hola, León. Estoy aquí porque amo este lugar. Me gusta escuchar el río, ver las mariposas y sentir el viento en mi rostro. Quiero saber más sobre el bosque, sobre ti y los otros animales que viven aquí.»
León se sintió complacido con la respuesta del niño. «Es raro encontrar a alguien que entienda la belleza y la importancia de este lugar», dijo mientras se sentaba junto a Juan. «Muchos humanos olvidan que el bosque es un ser vivo, que respira, siente y necesita cuidado, al igual que nosotros.»
El Pequeño Juan lo miró con atención. «¿Qué quieres decir?», preguntó.
León suspiró y miró a su alrededor, observando los árboles y las flores que los rodeaban. «Hace muchos años, este bosque era aún más grande y más hermoso. Había árboles que tocaban el cielo y animales que vivían en paz. Pero con el tiempo, los humanos comenzaron a cortar los árboles, a construir carreteras y a ensuciar los ríos. Poco a poco, el bosque fue enfermando, y muchos de sus habitantes tuvieron que marcharse.»
Juan frunció el ceño. «Eso suena terrible. No quiero que el bosque se enferme. ¿Hay algo que podamos hacer para ayudar?»
León sonrió. «Claro que sí, pequeño. Cada uno de nosotros puede hacer algo para proteger el medio ambiente. Los humanos pueden aprender a no cortar tantos árboles, a no tirar basura en los ríos y a cuidar a los animales que viven aquí. Cada pequeña acción cuenta.»
El Pequeño Juan se quedó pensando. «¿Y cómo puedo ayudar yo?», preguntó.
León lo miró con ternura. «Tú puedes hacer mucho, Juan. Puedes enseñar a otros niños a cuidar el bosque, a respetar a los animales y a no ensuciar. Puedes plantar árboles, recoger basura y asegurarte de que este lugar siga siendo hermoso para las generaciones futuras.»
Juan asintió con determinación. «Lo haré, León. Prometo que haré todo lo que pueda para proteger este lugar. Quiero que el bosque sea siempre un hogar para todos los animales y un lugar donde los niños puedan venir a aprender y a disfrutar de la naturaleza.»
León se sintió lleno de esperanza. «Entonces, pequeño Juan, ya eres un guardián del bosque. Con tu ayuda, y la de otros como tú, estoy seguro de que nuestro hogar podrá sanar y florecer de nuevo.»
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.