Era un día soleado en el pequeño pueblo de Villa Verde. Los árboles susurraban suavemente con la brisa y las flores llenaban el aire de fragancias dulces. En una casa blanca con techos de tejas rojas, vivía una familia muy unida: Mi Llucro, un niño curioso y aventurero; su Papá, un hombre amable y sabio; su Hermano, un chico travieso que siempre estaba dispuesto a jugar; y su fiel Perro, un juguetón golden retriever que respondía al nombre de Rayo.
Una tarde, mientras jugaban en el jardín trasero, Mi Llucro y su Hermano se sentaron en el césped, buscando formas de entretenerse. Rayo, que no quería quedarse atrás, comenzó a perseguir su propia cola, lo que hizo reír a los chicos. Pero, de repente, un misterioso destello llamó la atención de Mi Llucro. Era algo extraño que brillaba entre los arbustos del jardín.
—¿Qué será eso? —preguntó Mi Llucro, levantándose de un salto.
—¡Vamos a descubrirlo! —exclamó su Hermano, ya en pie y dispuesto a abrirse camino entre las ramas.
Rayo, siempre listo para la aventura, también se unió a la expedición y se lanzó entre los arbustos, moviendo su cola con entusiasmo. Los chicos lo siguieron, atravesando hojas verdes y flores coloridas hasta que llegaron a un claro. Allí, al lado de un viejo tronco caído, encontraron a un Gato Negro de Ojos Brillantes que los miraba fijamente.
—¡Guau! —dijo Mi Llucro—. ¡Es el gato más raro que he visto!
El gato, que no parecía asustarse de los tres intrusos, se acercó con gracia. Sus ojos, como dos luceros, brillaban intensamente, reflejando la luz del día como si tuviesen un secreto que contar.
—¡Mira, Rayo! —dijo Mi Llucro—. Creo que este gato quiere jugar.
Pero el Gato Negro no era como cualquier otro gato. En lugar de jugar, se sentó mirando a los chicos, y luego, sorpresivamente, les dijo:
—Soy el Guardián del Bosque Encantado. He estado observando su bondad y valentía. Hoy necesito su ayuda.
Los dos hermanos quedaron boquiabiertos, y Rayo empezó a ladrar, como si entendiera lo que el gato estaba diciendo.
—¿En qué podemos ayudarte? —preguntó el Hermano, no pudiendo contener su emoción.
El Gato Negro miró hacia el bosque que se extendía más allá del claro.
—Hay un tesoro escondido en el corazón del bosque, pero ha sido maldito por un viejo hechicero. Solo los corazones valientes y puros pueden romper el hechizo y liberar el tesoro.
Mi Llucro y su Hermano se miraron. ¿Un tesoro escondido? Eso sonaba emocionante.
—¡Nosotros somos valientes! ¡Podemos hacerlo! —exclamó Mi Llucro, sintiendo como si su corazón latiera con fuerza ante la idea de una aventura.
—¡Pero necesitamos un plan! —agregó su Hermano, con la mente llena de ideas.
El Gato Negro sonrió, mostrando un destello de sus dientes blancos.
—Tienen razón. Deben estar preparados. Deben confiar unos en otros, y sobre todo, en su compañero Rayo. El viaje no será fácil, pero si son valientes y trabajan en equipo, podrán lograrlo.
Así, el Gato Negro les explicó que en el bosque habían tres pruebas que debían enfrentar: la Prueba del Coraje, la Prueba de la Amistad y la Prueba de la Sabiduría. Cada prueba los llevaría más cerca del tesoro.
Emocionados y decididos, Mi Llucro y su Hermano caminaron tras el Gato Negro, con Rayo al frente guiando el camino. Entraron al bosque, donde los árboles eran tan altos que parecían tocar el cielo. Una sensación mágica envolvía el aire, y pronto encontraron la primera prueba.
Delante de ellos había un gran río de aguas cristalinas, cuyos rápidos sonaban como canciones. Para cruzar, vieron una serie de piedras que se asomaban sobre la superficie del agua, pero eran resbaladizas y estaban muy separadas entre sí.
—Esto es peligroso —dijo el Hermano, mirando con temor las piedras.
—Podemos hacerlo —contestó Mi Llucro—. Debemos confiar en nuestras habilidades.
El Gato Negro asintió con aprobación.
—Recuerden, este es el Coraje. Solo si se animan a saltar, podrán cruzar.
Los chicos se tomaron de las manos. Mi Llucro respiró hondo y dio un salto, aterrizando con éxito en la primera piedra. Luego fue el turno de su Hermano, que con un poco de miedo pero lleno de determinación, hizo lo mismo.
—¡Rayo, ven! —gritó Mi Llucro, y su Perro, sin pensarlo, saltó también, llegando perfectamente a su lado.
Uno a uno, empezaron a cruzar el río, y aunque algunos resbalones hicieron que se tambalearan, nunca dudaron ni un segundo. El último salto los llevó a la orilla opuesta, donde soltaron un suspiro de alivio y celebraron su éxito.
—¡Lo hicimos! ¡Superamos la Prueba del Coraje! —gritó el Hermano, lleno de alegría.
Pero no podían detenerse. Siguieron el camino señalado por el Gato Negro. No pasó mucho tiempo antes de que llegaran a la siguiente prueba: un hermoso bosque de flores, donde la luz del sol se filtraba entre las hojas, formando un espectáculo deslumbrante.
—¿Qué es esta prueba? —preguntó Mi Llucro, sintiéndose un poco inquieto.
—Aquí deberán demostrar su Amistad —resolvió el Gato Negro—. Una flor floreció en el centro de este bosque que solo puede ser recogida por aquellos que confían en la unión de sus corazones.
Los niños miraron el hermoso espectáculo de flores y, en el centro, notaron una flor brillante de color dorado. Su belleza era hipnotizante, pero más que eso, parecía irradiar una energía especial.
El Gato Negro agregó:
—Para recoger la flor, cada uno de ustedes debe dar su propio aliento a la flor al mismo tiempo. Solo entonces la magia florecerá y la flor se ofrecerá.
Mi Llucro y su Hermano se acercaron a la flor, pero miraron a su alrededor, sintiendo que el momento era más grande que ellos.
—Estamos juntos en esto —dijo el Hermano, tomando la mano de Mi Llucro.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.