En un pequeño pueblo rodeado de frondosos bosques, donde las casas parecían cobijadas por la sombra amable de los árboles y el aire siempre llevaba el perfume de la madera y las flores silvestres, vivía un pajarito llamado Pío. Pío era un ave alegre y cantarina, famoso en todo el pueblo por su melodiosa voz que saludaba a los albores del día y despedía con dulzura el crepúsculo.
En una de las casas del pueblo, justo al borde de donde el bosque comenzaba a esparcir su verde manto, vivía Griselda, una mujer de cabellos blanquecinos y ojos llenos de gentileza. Griselda tenía un gato, un hermoso felino de pelaje gris como las nubes antes de una lluvia de verano, que respondía al nombre de Gregorio. Gregorio, a diferencia de Pío, pasaba sus días en silencio, observando con ojos grandes y curiosos el mundo desde la ventana de la cocina o desde el jardín trasero de Griselda.
Gregorio tenía un sueño peculiar para un gato: quería ver el mundo desde las alturas, experimentar el pueblo como lo hacía Pío, desde el cielo, volando libre entre los árboles y sobre los tejados. Aunque sabía que los gatos no volaban, su deseo era tan fuerte que a menudo se imaginaba surcando los cielos, sintiendo el viento en su pelaje.
Un día de primavera, mientras Pío cantaba alegremente posado en una rama que daba al jardín de Griselda, Gregorio lo observaba desde abajo con una mezcla de admiración y un toque de envidia. Pío, notando la mirada intensa del gato, dejó de cantar y se acercó, siempre prudente, pero curioso.
— Hola, Gregorio, ¿por qué me miras así? — preguntó Pío, con su cabeza inclinada ligeramente.
— Oh, Pío, es que cada día te veo volar y cantar, y me pregunto cómo se sentirá ver el mundo desde allí arriba — respondió Gregorio, sus ojos grises brillando con un anhelo no disimulado.
— ¡Es maravilloso! Pero, ¿y tú? ¿No disfrutas del suelo, correr y saltar? — inquirió Pío.
— Sí, pero siempre he querido volar, aunque solo fuera una vez — confesó Gregorio.
La confesión de Gregorio hizo que Pío pensara. Sabía que los deseos profundos, aquellos que nacen del corazón, a veces pueden encontrar caminos misteriosos para cumplirse. Así que, sin decirle nada a Gregorio, Pío voló hacia el bosque en busca de Lizaria, la maga del bosque conocida por ayudar a los habitantes del pueblo en situaciones especiales.
Lizaria vivía en una cabaña oculta entre árboles centenarios y rodeada de plantas que susurraban secretos antiguos cuando el viento las acariciaba. Al llegar, Pío le contó sobre el deseo de Gregorio.
— Curioso deseo para un gato, pero nada es imposible en los confines de la magia y la amistad — dijo Lizaria, sonriendo con una chispa de magia en los ojos. — Ven mañana al amanecer, y traigan a Gregorio con ustedes.
Al día siguiente, con el cielo aún pintado con los colores suaves del amanecer, Griselda, advertida por Pío, llevó a Gregorio al bosque. Allí, Lizaria los esperaba con un pequeño frasco que contenía un líquido brillante como la luz de las estrellas.
— Este elixir permitirá que Gregorio vuele durante un día entero — explicó Lizaria mientras vertía unas gotas sobre Gregorio, quien comenzó a flotar ligeramente.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.