Había una vez un niño llamado Amets que vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas y ríos cristalinos. A Amets le encantaban los animales, y, en especial, le apasionaban los caballos. Desde que era muy pequeño, soñaba con tener su propio caballo y galopar por los prados verdes. Siempre pasaba horas viendo videos sobre caballos y leyendo libros que hablaban sobre ellos.
Un día, Amets escuchó que en las afueras de su pueblo había una granja de caballos. Decidió que debía visitar esa granja. “¡Hoy es el día!”, pensó emocionado, mientras se preparaba para la aventura. Se puso su camiseta favorita con estampados de caballos y unas zapatillas cómodas. Agarró su mochila, que llevaba una botella de agua y unas galletas, y salió de casa con una gran sonrisa en su rostro.
Al llegar a la granja, Amets no podía creer lo que veía. Había caballos de todos los colores: algunos eran negros como la noche, otros eran marrones, y había uno que era tan blanco como la nieve. También había un hermoso caballo alazán, que relucía bajo el sol. Amets se acercó lentamente a la cerca, sintiendo que su corazón latía con fuerza de emoción.
“Hola, pequeños amigos”, les dijo a los caballos, que se acercaron curiosamente a la cerca. Amets se agachó y comenzó a acariciar la nariz de uno de los caballos, que parecía amistoso. “Eres muy bonito, amigo. ¿Te gustaría jugar conmigo?”, le preguntó.
De repente, un hombre mayor, el dueño de la granja, apareció. “Hola, joven. Te veo que te gustan los caballos”, dijo con una voz amable. “Soy el señor Rodríguez. ¿Quieres ayudarme a cuidar de ellos?”
Amets sintió que su corazón se llenaba de alegría. “¡Sí, por favor! Me encantaría ayudar”, respondió rápidamente.
El señor Rodríguez sonrió y le mostró a Amets cómo cuidar a los caballos. Juntos, comenzaron a alimentarlos. Amets llenó un balde con heno fresco y se lo ofreció al caballo alazán. “¡Mira lo que tengo para ti, amigo!”, exclamó. El caballo se acercó, mordiendo suavemente el heno y moviendo la cola de felicidad.
Después de alimentar a los caballos, el señor Rodríguez le enseñó a Amets cómo cepillarlos. “Es importante mantener su pelaje limpio y suave”, le explicó mientras le daba un cepillo. Amets se sintió emocionado al cepillar al caballo alazán, notando lo suave que era su pelo. “¡Eres el caballo más hermoso del mundo!”, le dijo mientras lo acariciaba.
Después de un rato, el señor Rodríguez dijo: “Ahora, creo que es el momento de que montes a uno de ellos”. Amets no podía creer lo que estaba escuchando. “¿Montar a un caballo? ¿Yo? ¡Eso suena increíble!”, exclamó, sintiendo que se le aceleraba el corazón.
“Vamos, elige un caballo”, dijo el señor Rodríguez, guiando a Amets hacia el establo. Amets miró a su alrededor, buscando el caballo que le inspirara más confianza. Finalmente, sus ojos se posaron en el caballo alazán. “Quiero montar a este”, dijo, apuntando al hermoso animal.
El señor Rodríguez asintió y lo ayudó a subirse al caballo. “Sujétate fuerte y no tengas miedo”, le dijo, mientras Amets se acomodaba en la silla de montar. Cuando el caballo comenzó a moverse lentamente, Amets sintió una mezcla de emoción y nervios.
“¡Esto es increíble!” gritó, riendo mientras el caballo trotaba suavemente. Al principio, se sentía un poco inestable, pero rápidamente se dio cuenta de que podía mantener el equilibrio. “¡Soy un vaquero!”, pensó mientras disfrutaba de la experiencia.
A medida que cabalgaba, sintió la brisa en su cara y la libertad que solo se experimenta montando un caballo. “¡Me encanta, me encanta, me encanta!”, repetía en su mente.
El señor Rodríguez, observando a Amets con una sonrisa, dijo: “Haces un gran trabajo, joven. Parece que tienes un talento especial para montar”. Amets sonrió, sintiéndose más feliz que nunca.
Después de un rato, el señor Rodríguez le enseñó cómo controlar al caballo, cómo girar y detenerlo. Amets se sentía como un verdadero jinete. Mientras trotaba por la granja, sintió que el vínculo con el caballo crecía. No solo estaba montando a un caballo, sino que estaba formando una conexión especial con él.
Cuando terminó su paseo, Amets se sintió triste al tener que bajar del caballo, pero sabía que siempre recordaría ese momento. “Gracias, señor Rodríguez, por esta maravillosa experiencia. ¡Nunca la olvidaré!”, exclamó emocionado.
Cuentos cortos que te pueden gustar
El Zorro y el Bosque Perdido
La Mariposa que Quería Amigos
La Gran Aventura de Max y sus Amigos
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.