Cuentos de Animales

La Gran Fiesta de la Feria de las Criaturas: Una Aventura de Amistad y Engaño

Lectura para 8 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Había una vez, en un pequeño rincón del bosque, un día muy aburrido. No soplaba el viento, ni cantaban los pajaritos, ni siquiera el sol parecía querer salir para animar a las criaturas. El suelo estaba seco y el silencio reinaba por todas partes. Pero, en medio de todo ese aburrimiento, una hormiguita muy lista y divertida llamada Homiguita Ladina tuvo una idea maravillosa. “¡Voy a inventar una feria!”, dijo emocionada, “una feria con frutas frescas, verduras crujientes, azúcar dulce, flores de colores y agua cristalina para todos”.

Así comenzó a preparar su fiesta mágica. En un claro entre los árboles, Homiguita Ladina puso mesas con manzanas rojas, zanahorias anaranjadas, rabanitos rosas y flores perfumadas que recogió con mucho cuidado. También puso tarritos con agua fresca y unos pequeños tazones con azúcar para quienes quisieran un sabor dulce. Quería que fuera un lugar especial donde todos los animales pequeños del bosque pudieran divertirse y disfrutar juntos.

La primera en llegar fue una hormiga, pequeña y rápida. Era Homiguita Ladina, que no había podido esperar para empezar. Poco después, apareció un gusanito muy curioso y asombrado, que se movía tan rápido que parecía un tren. Se llamaba Gusanito y estaba muy emocionado de ver la feria. “¡Qué lugar tan fantástico! ¡Nunca había visto tantas cosas deliciosas juntas!” exclamó mientras se arrastraba contento entre las frutas.

Luego, zumbando suavemente por el aire, llegaron dos abejas: una vestía un traje completamente negro y era muy elegante; su prima llevaba un traje de rayas amarillas y negras, y ambas revoloteaban felices entre las flores, recogiendo el dulce néctar para su colmena. Las abejas eran las encargadas de traer a la feria todo el polen y la alegría que hacía falta. Se llamaban Abejita Negra y Amarilla.

No pasó mucho tiempo hasta que se unieron a la fiesta otros invitados muy especiales. Llegó un grillo saltarín que, con sus largas patas, daba brincos enormes por todo el lugar y hacía reír a todos con sus saltos locos. Su nombre era Saltarín y tenía una energía contagiosa. Junto a Saltarín apareció un escarabajo con las alas verdes y brillosas, tan luminosas que parecía que llevaba el bosque entero sobre su lomo. Su nombre era Brillín, y era un artista con sus reflejos y destellos.

No podían faltar las moscas, esas pequeñas y rápidas que revolotean por todas partes. Una mosca picarona llamada Mosquita apareció zumbando y señalando las frutas más jugosas. Y claro, no podía faltar Caratina, una preciosa Catarina o mariquita con sus alas rojas y puntos negros que dan alegría a quien la vea. Su mejor amiga, con alas verdes que parecían hojas frescas, también se unió a la fiesta. Ambas se sentían muy felices de poder compartir momentos de juego y dulzura.

Todos estaban felices en la feria, jugando, comiendo dulces frutas, bebiendo agua fresca y bailando alrededor de las flores. El ambiente era mágico y lleno de risas. La Homiguita Ladina, orgullosa por el éxito de su idea, veía cómo cada uno se divertía y se sentía parte importante del bosque. Pero, de repente, entre todo ese ruido, felicidad y movimiento, apareció una criatura distinta: una cochinilla negra llamada Chinchilla.

Chinchilla llegó silenciosa, un poco triste y apartada de los demás. Tenía grandes ojos que parecían estar buscando compañía, pero nadie se atrevía a acercarse porque era un poco extraña para ellos. La Homiguita Ladina, con su astucia habitual, decidió invitarla a comer las frutas más dulces junto a todos. “Ven, Chinchilla, esta feria es para todos. Aquí hay lugar para la alegría y la amistad”, le dijo con una sonrisa.

Pero, aunque parecía amable, la hormiguita Ladina tenía un plan secreto que sólo ella conocía. Pensaba que, si se llevaba a Chinchilla a su casa, podría comérsela después, porque aunque parecía cruel, así funciona en la naturaleza a veces. Por eso, cuando le ofreció la comida, también pensó en cómo atraparla. Chinchilla no lo sabía, pero hubo alguien que vio lo que la hormiga planeaba.

Era Saltarín, el grillo saltarín, quien estaba atento y no quería que su amiga se fuera con malas intenciones. “¡No, Homiguita Ladina!”, saltó en voz alta, “deja en paz a Chinchilla. Aquí todos debemos ser amigos, no enemigos”. La hormiga se sorprendió porque no esperaba que alguien la enfrentara. Por un momento, dudó, pero decidió no insistir más.

Chinchilla, al sentirse protegida, corrió a su escondite entre las hojas y la tierra. Se sentía segura, aunque algo preocupada, porque estaba gorda y no podía entrar fácilmente en su hogar. Había comido mucho en la feria, y eso le había dado energía y felicidad, pero hacía difícil su entrada. Sin embargo, su inteligencia era grande, y no se rindió. Intentó de muchas maneras entrar: de lado, de cabeza, también dando vueltas. Nada funcionaba.

Finalmente, decidió probar algo que nunca había hecho antes: entrar de reversa, de espaldas. “Quizás así puedo caber”, pensó con esperanza. Y efectivamente, ¡pum! Se metió de reversa a su casita, incluso mejor de lo que imaginó. Estaba orgullosa de su ingenio y contenta de estar segura en su hogar, después de haber disfrutado tanto en la feria.

Mientras tanto, al caer la tarde y con el cielo pintado de naranja, apareció un visitante inesperado: el zancudo, un mosquito grande y hambriento. Se paró justo cerca de donde estaba yo, observó con sus ojos diminutos y brillantes, y sin perder tiempo, empezó a chupar mi sangre. Sentí un pequeño pinchazo, pero lo que no sabía era que el zancudo quería mucho más.

El zancudo siguió chupando, insaciable y voraz. Bebía sin parar, creyendo que no tendría fin. Pero pronto su cuerpo empezó a cambiar: sus patas, delgadas y largas, no aguantaban más peso, comenzaban a doblarse y a tambalearse. Su panza, llena y enorme, le dificultaba el vuelo y cualquier movimiento.

El zancudo intentó volar, batió sus alas con fuerza, pero ya no podía sostenerse en el aire. Sus alas, antes ligeras y rápidas, se cansaron y dejaron de moverse bien. Sentía que cada latido era un peso y que su hambre nunca se terminaría. De pronto, ocurrió algo sorprendente: siendo tan lleno y pesado, el zancudo explotó por tragón acorazado, liberando toda la sangre y la energía que había absorbido.

Todos los animales se quedaron mudos, mirando lo que había pasado. Fue una lección para todos: a veces, querer más de lo que uno puede manejar trae problemas inesperados. La feria siguió con calma, recordando esa historia para no repetir errores semejantes.

Al final del día, la Gran Feria de las Criaturas se convirtió en un momento especial del bosque. Animales grandes y pequeños aprendieron a convivir, a compartir y a cuidarse unos a otros. Homiguita Ladina entendió que la verdadera alegría no estaba en engañar o en aprovecharse, sino en la amistad y el respeto.

Chinchilla, feliz y segura, se convirtió en una amiga más para todos. Gusanito, con su ritmo de tren, siguió explorando nuevos lugares para contar historias. Caratina y su amiga de alas verdes volaban felices, llevando mensajes de amor y compañerismo. Saltarín, el grillo, siempre saltaba con una sonrisa, defendiendo a sus amigos y enseñando que en la naturaleza, la solidaridad es el valor más grande.

Y así, en aquel pequeño rincón del bosque, cada criatura entendió que aunque en el mundo hay quien quiere aprovecharse, la unión, la inteligencia y la bondad son las verdaderas herramientas para vivir feliz. La feria terminó, pero en sus corazones quedó la promesa de volver a reunirse, para reír, para jugar y para celebrarse unos a otros, siempre como amigos.

Y colorín colorado, este cuento de la Gran Feria de las Criaturas ha terminado. Lo importante es recordar que la amistad y la justicia siempre deben ser nuestras compañeras, y que incluso los días aburridos pueden convertirse en grandes aventuras cuando compartimos con quienes nos quieren de verdad.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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