Cuentos de Animales

La Granja de los Sonidos Encantados

Lectura para 4 años

Tiempo de lectura: 4 minutos

Español

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Había una vez, en un lugar muy bonito y tranquilo, una granja diferente a todas las demás. Era la granja de los sonidos encantados, donde cada animal y cada rincón tenía un sonido especial que hacía sonreír a todos los que la visitaban. En esa granja vivía una niña llamada Sofía con su papá, y juntos cuidaban a los animales y disfrutaban de los maravillosos sonidos todos los días.

Sofía era una niña muy curiosa y alegre. Le encantaba correr por el campo, escuchar el canto de los pájaros y jugar con sus amigos animales. Su papá también era muy cariñoso y siempre le contaba historias sobre la granja mientras trabajaban juntos. La granja estaba rodeada de árboles, flores y un río que cantaba una canción suave cuando el viento pasaba.

Al lado de la granja, vivía un perro llamado Toby, que era el mejor amigo de Sofía. Toby era un perro fiel y juguetón, siempre moviendo la cola y haciendo ruidos divertidos para que todos se rieran. A veces, Toby ladraba en un tono particular que parecía un pequeño concierto en el campo.

También en la granja, vivía un hermoso caballo llamado Rayo. Rayo era fuerte y veloz, y tenía un relincho que parecía una trompeta anunciando cada mañana el inicio de un día nuevo. Cuando Rayo corría por el prado, el sonido de sus cascos hacía un ritmo alegre que invitaba a bailar.

Un día, mientras Sofía, su papá, Toby y Rayo disfrutaban del amanecer, escucharon un sonido extraño que venía del bosque cercano. Era un aullido suave, como una canción perdida en el viento. La niña miró a su papá con ojos grandes y curiosos, y él le dijo: «Ese sonido lo hace el lobo, pero no te preocupes, aquí todos somos amigos».

Sofía tenía muchas ganas de conocer al lobo, porque había escuchado cuentos donde los lobos eran malos, pero también sabía que las historias a veces podían ser diferentes. Así que juntos, con Toby y Rayo, decidieron ir a buscar al lobo para saludarlo y descubrir su sonido encantado.

Caminaron por un sendero lleno de flores y mariposas, siguiendo el eco del aullido. Poco a poco, el sonido se volvió más claro y melodioso. Finalmente, llegaron a un claro donde el lobo estaba sentado sobre una piedra, mirando el cielo. Tenía un pelaje gris y suave, y una sonrisa amable en su cara.

—Hola, lobo —dijo Sofía con voz dulce—. Nosotros somos de la granja cercana y hemos venido a escuchar tu canción.

El lobo mostró sus dientes blancos, pero con una expresión feliz y dijo:

—Hola, Sofía, papá, Toby y Rayo. Me llamo Luno y estoy muy contento de conocerlos. A veces aulló para contarle a las estrellas mis historias y alegrías. ¿Quieren escuchar?

Todos asintieron con entusiasmo. Entonces, Luno comenzó a aullar, pero no era cualquier aullido; era una melodía suave que parecía bailar con el viento y las hojas de los árboles. Sofía cerró los ojos y sintió que el sonido la llevaba a un mundo mágico donde todo era feliz y brillante.

—¡Qué hermoso canto tienes, Luno! —exclamó la niña—. Nunca había escuchado algo tan bonito.

—Gracias, Sofía —respondió el lobo—. Los sonidos vienen de nuestro corazón y pueden hacer que todos se sientan bien.

Decidieron que, desde ese día, Sofía, su papá y sus amigos animales organizarían un concierto en la granja donde cada uno mostraría su sonido especial. Así, todos los visitantes podrían escuchar y disfrutar de los sonidos encantados de la granja y el bosque.

La preparación comenzó un lunes soleado. Papá construyó un pequeño escenario de madera en el prado, rodeado de flores y coloridas banderitas que bailaban con el viento. Sofía ayudó a decorarlo con hojas y pétalos, mientras Toby corría y ladraba feliz, y Rayo relinchaba como si ensayara para el gran día.

—¿Y tú, Luno? —preguntó Sofía—. ¿Quieres venir a la granja y participar?

—Claro que sí —respondió el lobo contento—. Hoy aullaré y también contaré una historia con mis sonidos.

Llegó el día del concierto y todos los animales de la granja estaban emocionados. La gallina puso su cacareo con ritmo alegre, las ovejas balaban suavemente, y hasta el cerdito hacía ruiditos que parecían pequeños tambores. Sofía, con su voz dulce, saludó a todos los que vinieron a escuchar.

Primero, Toby hizo una serie de ladridos cortos y largos que parecían un pequeño idioma secreto. Todos aplaudieron y rieron con su espectáculo. Después, Rayo galopó alrededor del escenario mientras su relincho fuerte y melodioso llenaba el aire. Parecía que el caballo cantaba una canción de libertad y velocidad.

Luego, la gallina cantó su cacareo, y las ovejas participaron con un balido suave que se mezclaba como una dulce música de cuna para el sol que comenzaba a bajar. Incluso el cerdito, con sus sonidos chispeantes, consiguió arrancar una sonrisa grande en todos los niños y adultos.

Finalmente, llegó el turno de Luno, el lobo. Con cuidado, subió al escenario y empezó su aullido encantado. Su voz grave y llena de magia se escuchaba como un cuento que llegaba desde muy lejos, recorriendo el cielo y llegando hasta la tierra. Mientras aullaba, Luno contaba en silencio historias de amistad, de aventuras en el bosque y de la belleza de la naturaleza.

Sofía miraba a todos los animales y a su papá, y pensó en lo feliz que era de vivir en ese lugar tan especial, donde la música no eran solo notas de instrumentos, sino sonidos que venían de cada corazón. Sabía que la granja sonora era un tesoro que quería compartir con todos.

Cuando el concierto terminó, las estrellas aparecieron en el cielo y el papá de Sofía tomó la mano de su hija para darle un abrazo.

—¿Te has dado cuenta, Sofía? —le dijo con una sonrisa—. Cada sonido es especial, y cuando los juntamos, hacemos magia.

Sofía asintió mientras miraba a sus amigos animales, que también parecían sonreír con sus ruidos de siempre. En ese momento entendió que la amistad y la alegría pueden escucharse en el viento, en el relincho, en el ladrido, en el aullido o en el balido.

Desde entonces, la granja sonora se llenó de más sonidos cada día, y Sofía y su papá siguieron cuidando de todos los animales con mucho amor. La niña aprendió que el mundo está lleno de melodías que solo hay que escuchar con el corazón.

Y así, en la granja encantada, cada amanecer era una nueva canción, una aventura de sonidos que hacía brillar a todos con felicidad y paz. Porque, al final, la verdadera magia estaba en escuchar y compartir juntos, en familia y con amigos, los sonidos más bonitos que existen: los de la amistad.

Y colorín colorado, este cuento de la granja sonora ha terminado, dejando en el aire el dulce eco de una melodía que seguirá sonando por siempre.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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