Había una vez, en un jardín lleno de flores y árboles altos, tres mariposas muy especiales llamadas María, Luisa y Ana. María tenía unas alas azules con puntitos blancos que brillaban bajo el sol, Luisa tenía alas amarillas con rayas negras que parecían rayos de sol, y Ana tenía unas alas rojas con puntitos amarillos que parecían pequeñas estrellas.
Un día, las tres mariposas decidieron ir al parque a jugar. El parque era un lugar maravilloso, lleno de flores de todos los colores, árboles grandes donde podían descansar y una fuente que brillaba con el sol. Las mariposas estaban muy emocionadas y volaban juntas riendo y dando vueltas en el aire.
María, que era muy curiosa, fue la primera en llegar al parque. “¡Miren, chicas, cuántas flores hermosas hay aquí!”, dijo emocionada. Luisa y Ana llegaron volando detrás de ella, y las tres comenzaron a explorar el lugar.
Primero, volaron hacia un campo lleno de margaritas blancas y amarillas. “¡Estas flores huelen delicioso!”, exclamó Ana mientras se posaba suavemente en una margarita. Luisa también se posó en una flor, y María comenzó a bailar alrededor de ellas, moviendo sus alas al ritmo del viento. Las mariposas estaban tan felices que no paraban de reír.
Después, decidieron ir a jugar cerca de la fuente. La fuente tenía agua cristalina que caía en cascada, haciendo un sonido relajante. “¡Vamos a jugar con el agua!”, sugirió Luisa. María y Ana estuvieron de acuerdo y volaron cerca de la fuente, donde el agua salpicaba creando pequeños arcoíris. Las mariposas se mojaron un poquito, pero no les importaba porque el agua estaba fresca y agradable.
Mientras jugaban cerca de la fuente, vieron a una mariquita llamada Lola que parecía estar en problemas. Lola estaba tratando de subir a una hoja, pero el viento la hacía tambalearse. “¡Ayuda! No puedo subir”, gritó Lola con voz temblorosa. María, Luisa y Ana volaron rápidamente hacia ella. “No te preocupes, Lola. ¡Te ayudaremos!”, dijo María con una sonrisa.
Las mariposas planearon cómo ayudar a Lola. Ana se posó en la hoja para mantenerla firme, Luisa voló cerca para animarla, y María extendió una de sus patas para que Lola pudiera agarrarse. Con mucho esfuerzo y trabajo en equipo, lograron que Lola subiera a la hoja sana y salva.
“¡Gracias, amigas! Sin ustedes no lo habría logrado”, dijo Lola muy agradecida. Las mariposas sonrieron y se sintieron muy contentas de haber podido ayudar. “Siempre estamos aquí para ayudar a nuestros amigos”, dijo Luisa.
Después de esta aventura, las mariposas continuaron explorando el parque. Volaron hacia un rincón donde crecían tulipanes de colores brillantes. “¡Estos tulipanes son como una alfombra de arcoíris!”, exclamó Ana. Las mariposas se posaron en los tulipanes y disfrutaron del sol cálido que iluminaba sus alas.
María, que siempre tenía ideas divertidas, propuso un juego. “¡Vamos a hacer una carrera! El primero que llegue a ese árbol alto gana”, dijo señalando un gran roble en la distancia. Las mariposas aceptaron el desafío y se prepararon para la carrera. “¡A la cuenta de tres! Uno, dos, tres… ¡vamos!”, gritó Luisa.
Las mariposas volaron tan rápido como pudieron. El viento soplaba y sus alas brillaban bajo el sol. María iba en la delantera, pero Ana y Luisa no se quedaban atrás. Justo cuando estaban a punto de llegar al árbol, una brisa fuerte sopló y las mariposas tuvieron que esforzarse mucho para no perder el equilibrio. Finalmente, llegaron al árbol riendo y jadeando. “¡Qué divertido ha sido!”, dijo Ana mientras se posaba en una rama.
Las mariposas decidieron descansar un poco en el árbol. Desde allí podían ver todo el parque: los campos de flores, la fuente y los caminos serpenteantes. “Es un lugar muy bonito”, dijo Luisa. “Sí, y lo mejor de todo es que estamos juntas”, agregó María.
Mientras descansaban, vieron a un grupo de niños jugando y riendo. Los niños corrían, saltaban y jugaban con pelotas de colores. Las mariposas los miraron con curiosidad. “¡Miren qué divertidos se ven!”, dijo Ana. “Tal vez deberíamos ir a saludarlos”, sugirió María.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.