Hola chicos, me llamo Clara y me encaaaaaaantan las manualidades. ¡Ah! Y también los gofres, que no se os olvide. Un día, mientras estaba en mi habitación rodeada de papeles, tijeras, pegamento y muchos colores, se me ocurrió hacer una manualidad muy especial: un gofre. Pero, no un gofre cualquiera, sino un gofre mágico hecho con goma eva, cartulina y un poquito de purpurina. Estaba tan concentrada en mi trabajo que no me di cuenta de que ese gofre empezó a moverse y a brillar con una luz dorada.
De repente, el gofre, con una voz dulce y un poco traviesa, dijo: – Hola, me llamo Mantequilla – dijo el gofre. Me quedé tan sorprendida que casi se me cae la tijera de las manos. ¡Un gofre que hablaba! – Y tú cómo te llamas? – volvió a decir el gofre, moviendo una esquina de su forma como si tuviera manitas. – Yo me llamo Clara – dije asustada, pero con una sonrisa porque, aunque no me lo creía, también sentía mucha curiosidad. – Me gusta mucho tu nombre, Clara – repitió el gofre, como si le hiciera mucha ilusión.
– Gracias – le dije, menos asustada, y casi le pregunté por qué se llamaba Mantequilla, pero justo él me adelantó. – Bueno, vamos a dar un paseo – me propuso Mantequilla con una sonrisa tan dulce como el jarabe de arce.
– Pero papá y mamá no me dejan ir sola por la calle – respondí con algo de miedo, recordando las muchas veces que me habían advertido que tuviera cuidado con desconocidos. Mantequilla suspiró, como quien entiende lo difícil que es esa regla. – Ay, mamá y papá – me dijo pensativo.
– Vaaale… pero solo si me prometes que llegaré sana y salva a casa y que no se lo dirás a mamá y a papá – acepté con una condición, porque a pesar de todo aquel gofre mágico me daba algo de confianza.
Así que, con Mantequilla a mi lado, salí a la calle. Al principio todo parecía normal, pero de pronto noté que todo el mundo me miraba con unas caras un poco raras. Vi a un hombre que casi se tropieza con un poste porque estaba demasiado sorprendido mirándome, y aún más, vi a un bebé que empezó a llorar con ganas cuando nos vio pasar.
– No es para tanto – pensé para mí misma, intentando ignorar las miradas. – Solo es un gofre caminando y con cara.
Lo que sí me preocupó fue que vi a alguien fruncir el ceño y decir en voz baja – te voy a comer – y creí que era porque Mantequilla era un gofre y, claro, a todo el mundo le gustan los gofres. Pero Mantequilla solo me miró y dijo:
– No te preocupes, Clara, no todos entienden la magia y la amistad.
Seguimos caminando y, poco a poco, descubrí que pasear con un gofre mágico no era tan simple. La gente nos señalaba, algunos niños se acercaban tímidamente para tocar a Mantequilla, y otros adultos se apartaban como si nos viéramos un poco raro. Pero lo más divertido fue cuando entramos en una panadería, y Mantequilla empezó a brillar con intensidad.
El dueño de la panadería nos miró asombrado y exclamó: – ¡Es un gofre encantado! ¡Nunca había visto algo así!
– Claro que sí, soy Mantequilla, el gofre con magia – dijo muy orgulloso. Y sin darme tiempo a explicarle que era mi amigo, Mantequilla se acercó al mostrador y pidió un zumo de naranja. Yo me reí tanto que casi me caigo al suelo.
Cuando salimos, nos cruzamos con mi papá y mi mamá, que habían salido a buscarme porque no me habían visto en casa. Me miraron con cara de preocupación, pero enseguida vieron a Mantequilla y, aunque parecía increible, sonrieron.
– ¿Esto es… tu gofre? – preguntó mi mamá con curiosidad.
– Sí, es Mantequilla, mi amigo mágico – dije muy contenta. Papá me agarró de la mano y me dijo que estaba bien que tuviera amigos especiales, pero que siempre tuviera cuidado.
Así, decidí contarles la verdad: Mantequilla solo habla conmigo porque soy especial y porque nunca dejaría que nadie le hiciera daño. Papá y mamá me abrazaron fuerte y, a partir de ese día, Mantequilla se convirtió en un miembro más de la familia.
Pero la aventura no terminó ahí. Esa misma noche, Mantequilla me contó que en la ciudad había otros alimentos mágicos dormidos esperando a que alguien con un corazón tan valiente y creativo como el mío los despertara. Me explicó que solo algunos niños que creen en la magia pueden verlos y ser sus amigos. Me contó historias de panecillos aéreos, tartas que cantan y manzanas que bailan.
¿Qué te imaginas? Yo estaba feliz, era como vivir un cuento de hadas, una aventura que solo yo podía compartir. Pero claro, también había que tener cuidado. La ciudad no estaba acostumbrada a la magia, y algunos adultos reaccionaban con miedo o incredulidad.
Había un problema importante: no todos los alimentos mágicos eran tan simpáticos como Mantequilla. Algunos estaban tristes porque nadie se fijaba en ellos, otros se sentían solos y había un panqueque que se escondía en la despensa de una panadería porque tenía miedo a que alguien se lo comiera.
Por eso, tuve que aprender a cuidar no solo de Mantequilla, sino también de sus amigos secretos. Juntos, planeamos una aventura para encontrar a esos otros alimentos mágicos y ayudarles a sentirse queridos y protegidos.
La primera parada fue un parque cercano donde, según me había dicho Mantequilla, vivía un croissant dorado que podía cambiar de tamaño y tenía una risa contagiosa. Cuando llegamos, lo vimos entre los árboles, escondido detrás de una hoja grande. – Hola, soy Clara y este es Mantequilla – nos presentamos con cuidado para no asustarlo.
El croissant se mostró tímido al principio, pero poco a poco empezó a reír y a contarnos cómo se había perdido porque nadie creía en su magia. Le prometimos que íbamos a cuidar de él y hacerlo sentir especial, y entonces nos enseñó un truco increíble: podía convertirse en una pequeña montaña de migas que subían y bajaban como olas.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.