Irai era un niño de cinco años con pelo castaño que brillaba al sol. Cada mañana, cuando el cielo estaba azul y el sol calentaba poco a poco, Irai se despertaba con una gran sonrisa. Sabía que ese día sería especial, porque iba a salir a correr con su papá, Aita. Aita era un hombre de treinta y nueve años, con pelo moreno y corto. Llevaba siempre un pequeño pendiente de coco en la oreja, que casi siempre brillaba cuando corrían juntos entre los árboles.
La ropa de deporte estaba lista, doblada sobre la cama: un pantalón negro corto y una camiseta de manga corta para Irai, y algo parecido para Aita. También estaban sus zapatillas de trail, hechas para caminar y correr por lugares con piedras, hojas y tierra. Cuando salían de casa, los pájaros cantaban y el aire estaba fresco, lleno de olores a bosque y flores.
—¿Listo, Irai? —decía Aita sonriendo y estirando los brazos para que su hijo le diera la mano.
—¡Sí, Aita! —respondía Irai con energía.
Empezaban a correr por el camino de la montaña, sintiendo cómo sus zapatillas tocaban suave las piedras y la tierra seca. Corrían codo a codo, casi como dos sombras que bailaban al sol. A veces se paraban para mirar flores pequeñas de colores, y otras para escuchar el sonido de los pájaros.
En su aventura, el primer amigo que se les apareció fue un conejito blanco. Irai lo vio saltar entre las ramas bajas y señalando dijo:
—¡Mira, Aita, un conejito!
El conejito era tímido pero curioso. Saltaba un poco y después se paraba a mirarles con ojos grandes y brillantes. Irai se quedó muy quieto, y Aita bajó la velocidad para que el conejito no tuviera miedo. Después de un rato, el conejito saltó más alto y desapareció entre las hojas. Aita le dijo a Irai:
—El conejito es nuestro nuevo amigo del bosque. Nos invita a seguir jugando y corriendo.
Y ellos siguieron el camino con más ilusión.
Mientras corrían, también encontraron a dos pequeñas ardillas trepando muy rápido por un árbol grande. Irai gritó feliz:
—¡Mira, Aita, las ardillas! ¡Qué rápido suben!
Aita sonrió y dijo:
—Sí, son muy rápidas. Si nosotros corremos igual que ellas, ¡seremos fuertes y felices!
Irai intentó imitar a las ardillas, saltando entre las piedras y levantando mucho las rodillas al correr. Aita le animaba diciendo:
—Muy bien, Irai, cada paso es un paso hacia la libertad y la aventura.
Cuando llegaron a un lugar donde el sol tocaba el suelo entre las ramas, vieron un zorro que descansaba bajo un arbusto. No corrieron, solo caminaron despacio para no asustarlo, y Aita le dijo a Irai:
—El zorro es otro amigo del bosque, pero debemos respetarlo y no hacer ruido. Mira cómo duerme tranquilo.
Irai miraba al zorro con mucho cariño. Pensó en cómo el zorro debía sentir la libertad de estar allí, en la montaña, y cómo él mismo sentía esa libertad corriendo.
Después de un rato, el cielo empezó a llenarse de nubes blancas, pero el viento era amable y no traía lluvia. En ese momento, Aita se agachó para recoger una pequeña rama y se la dio a Irai.
—¿Quieres llevar esta rama, Irai? —preguntó Aita.
—Sí, papá —respondió Irai con alegría.
La rama era como una varita mágica para él. Imaginaron que era un bastón de explorador, que los ayudaría a descubrir lugares mágicos y secretos del bosque.
Siguieron corriendo y en un claro del bosque vieron una familia de pájaros cantores. Eran coloridos y alegres, y cantaban como si invitaran a Irai y a Aita a unirse a su fiesta. Irai aplaudió y Aita aplaudió, y los pájaros levantaron el vuelo, dejando pequeñas plumas que flotaron suavemente alrededor de ellos.
En un momento para descansar, se sentaron juntos sobre una roca grande, mirando el paisaje de montañas y árboles que parecía infinito. Aita le dijo a Irai:
—¿Ves, hijo? Aquí, en la montaña, podemos correr, jugar y ser libres. La montaña es como nuestra casa grande y bonita.
Irai abrazó a su papá y dijo:
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.