Cuentos de Aventura

El Poder del Color y la Alegría de Allegra: Un Viaje Mágico a un Pueblo Renacido

Lectura para 2 años

Tiempo de lectura: 4 minutos

Español

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Allegra era una niñita muy especial. Tenía apenas un año, con el cabello rubio y suave como el sol de la mañana. Siempre llevaba dos coletas a los lados que bailaban cuando ella se movía. Sus mejillas redonditas y sonrosadas hacían que todos quisieran abrazarla todo el tiempo. Un día soleado, Allegra estaba jugando en la sala con su juguete favorito: un cubo verde muy divertido que hacía sonidos y mostraba letras de colores. El cubo tenía botones para presionar, y cuando Allegra tocaba uno, salían ruiditos y luces que la hacían reír a carcajadas.

Mientras la niña jugueteaba feliz, mamá y papá la miraban con mucho cariño desde el sofá. Mamá estaba leyendo un libro, y papá estaba armando un pequeño rompecabezas en una mesa cercana. De repente, algo increíble pasó. Cuando Allegra presionó un botón brillante en el cubo, una luz muy fuerte y brillante salió de él. Un remolino de colores apareció en el aire y, sin que ellos lo esperaran, mamá, papá y Allegra fueron llevados por ese remolino mágico. ¡Se sentían como volando entre las nubes! Cerraron los ojos un momento y cuando los abrieron, estaban en un lugar muy diferente.

Delante de ellos había un pueblo. Pero, ¡qué extraño era ese lugar! Las casas y las calles estaban hechas de piedra, todas blancas y negras como en un dibujo antiguo. No había ni un solo color. El cielo era gris, y el pasto junto a las casitas parecía un dibujo en lápiz. Papá miraba asombrado y dijo:

—¡Qué pueblo tan bonito! Pero… ¿Por qué no hay colores?

Mamá apretó la mano de Allegra, que mirando todo con sus grandes ojos curiosos, también se preguntaba por qué ese mundo era tan apagado.

Caminaron por las calles y vieron a los habitantes del pueblo, que tenían rostros tristes. Nadie sonreía ni jugaba. Los niños miraban los charcos de agua, pero el agua no movía ni una gota, parecía congelada. Los adultos trabajaban en las plazas y en las tiendas sin alegría, como si el color se hubiera ido para siempre y con él también la felicidad.

Allegra se acercó a un hombre mayor que estaba sentado en un banco. El hombre le contó, con voz baja y pausada:

—Hace muchos años, este pueblo era un lugar lleno de colores y música. Pero un día, la fuente de la plaza dejó de funcionar. Desde entonces, el agua no corre, y el color desapareció. Nadie ha logrado arreglar la fuente, y por eso, la tristeza se quedó aquí.

Allegra miró muy atenta. La plaza estaba justo en el centro del pueblo. Allí, una hermosa fuente de piedra estaba seca. No salía agua y dentro se oía un ruido raro, como si algo estuviera atascado o dañado. Papá se acercó para observarla mejor.

—Déjame intentar arreglarla —dijo papá con una sonrisa.

Mamá le sonrió y consoló a Allegra que la miraba con gran interés, y papá empezó a revisar la fuente. Sacó unas herramientas que como por arte de magia aparecieron a su lado, y comenzó a trabajar con mucho cuidado. Sin embargo, papá era un poco torpe y patoso; tropezaba con las piedras, se le cayeron algunas piezas, y en un momento hasta estuvo a punto de resbalarse. Pero no se dio por vencido.

Allegra aplaudía y reía animando a papá para que siguiera. Mamá abrazaba a la pequeña y le decía:

—Mira, cariño, papá está muy concentrado. Vamos a ayudar con nuestro ánimo.

Después de un buen rato, papá logró arreglar la fuente. Abrió la llave que había descubierto y de repente, el agua comenzó a correr, suave y clara. Primero, salpicaron algunas gotas, y luego chorreó con fuerza. Algo mágico empezó a suceder.

De repente, los colores comenzaron a regresar. El cielo gris se tornó azul brillante, con nubes blancas que bailaban. El verde del pasto volvió a la vida, y todas las casas de piedra que eran blancas y negras, se llenaron de colores cálidos y bonitos. Las flores brotaron, con rojas, amarillas y lilas, y el pueblo entero parecía despertarse de un largo sueño.

Los aldeanos salieron corriendo hacia la plaza llenos de alegría. Comenzaron a cantar y bailar alrededor de la fuente que ahora brillaba y soltaba agua fresca y chispeante.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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