Arick era un niño muy curioso de cinco años que siempre estaba lleno de preguntas. Su cabeza parecía un pequeño torbellino de ideas y ganas de descubrirlo todo. Le encantaba pintar con crayones, pintar con acuarelas y, sobre todo, preguntarle a su hermana mayor, Yara, cómo funcionaban los colores. «¿Y qué pasa si mezclo el azul con el rojo? ¿Se hacen morados? ¿Y si pongo verde y amarillo, qué resulta?», preguntaba sin parar, mientras agitaba sus pinceles y movía sus cuencos de pintura llenos de colores brillantes.
Pero Yara tenía cinco años más que Arick y, aunque lo quería mucho, no compartía su entusiasmo para aprender sobre los colores. Ella prefería jugar con sus muñecas o mirar videos en la tablet. «Ay, Arick, ¿otra vez tus mezclas de colores? No sé por qué te interesa tanto eso», decía, medio cansada, y se ponía a ver su programa favorito mientras Arick la seguía con otras preguntas.
Un día, Arick estaba especialmente inquieto. Había visto que en los libros de la biblioteca hablaban de los colores primarios: rojo, azul y amarillo, y también de los colores secundarios, que eran verde, naranja y morado, y eso le parecía mágico. Quería saber cómo hacer esos colores mágicos con sus propias manos. Caminó hasta la cocina donde su mamá, Aby, estaba preparando una ensalada. «Mamá, ¿me puedes ayudar a descubrir cómo se mezclan los colores para hacer esos colores nuevos? Pero no quiero solo un libro, quiero que sea como un experimento, algo divertido», pidió con sus ojitos brillantes.
Aby sonrió y le acarició la cabeza: «Claro, Arick, eso suena divertido. Vamos a hacer un experimento de colores en nuestra propia casa. Pero primero, ¿no quieres pedirle ayuda a Yara? A veces, aprender juntos es más divertido.»
Arick fue a buscar a Yara, seguro de que esta vez podría convencerla. «Yara, por favor, solo esta vez, ayúdame a mezclar colores. Mamá nos va a ayudar y va a ser como un juego», insistió.
Yara suspiró, mirando su tablet. «Bueno, supongo que por esta vez puedo ayudarte, pero después me tienes que dejar tranquila».
Los tres se sentaron alrededor de la mesa de la cocina, que Aby había cubierto con un mantel plástico para evitar hacer un desastre. Aby tenía pequeños envases con pintura roja, azul y amarilla, pinceles, vasos con agua y hojas blancas para pintar.
«Vamos a aprender cómo funcionan los colores primarios y secundarios», explicó Aby. «Los colores primarios son especiales porque no se pueden hacer mezclando otros colores. Son como los colores mamá, papá y bebé, muy importantes y únicos: rojo, azul y amarillo. Pero cuando mezclamos dos colores primarios, se crea un color nuevo, que llamamos color secundario.»
Arick estaba muy emocionado, con las manos limpias y listas para pintar. «¿Y cuáles son esos colores nuevos, mamá?»
Aby sonrió y señaló con su dedo la mezcla mágica: «Rojo y amarillo se hacen naranja, azul y amarillo se vuelven verde, y rojo y azul se transforman en morado. ¡Ese es todo el secreto de los colores!»
Yara, aunque un poco distraída, comenzó a ver algo interesante en la mezcla de colores que Arick hacía en su hoja. De repente, la pintura empezó a brillar con una luz suave y extraña. Arick miró sorprendido.
«Mamá, ¿qué está pasando?», preguntó con los ojos muy abiertos.
Aby miró la mezcla mágica también y exclamó: «¡Parece que hemos abierto un portal a un lugar muy especial! Pero tenemos que estar atentos y valientes para descubrir qué es.»
Antes de que pudieran decir otra palabra, una ráfaga de aire suave y fresco los envolvió y, sin darse cuenta, se encontraron dentro de un lugar maravilloso, un laboratorio mágico lleno de tubos de colores que burbujeaban, estantes con frascos luminosos, pinceles gigantes que flotaban en el aire y paredes que cambiaban de color como un arcoíris.
Arick estaba fascinado. «¡Mira, Yara! ¡Mira, mamá! Esto es un sueño hecho realidad. ¡Estamos en el Laboratorio Mágico de los Colores!»
Yara, aunque sorprendida, ya estaba empezando a sonreír y a correr entre los tubos de pinturas. «¡Esto sí me gusta! ¿Ven todos estos frascos? ¿Serán todas las mezclas que podemos hacer con los colores?»
De repente, una vocecita suave se escuchó desde una esquina. Era un pequeño ser hecho de agua y luz, con grandes ojos que reflejaban todos los colores del mundo. «¡Bienvenidos al Laboratorio Mágico! Soy Cromi, el guardián de las mezclas.»
«¡Hola, Cromi!», dijo Arick, un poco tímido pero muy emocionado.
«En este lugar, los colores primarios y secundarios son los protagonistas de una gran aventura. Ustedes han entrado aquí porque tienen una curiosidad muy especial y quieren aprender el secreto de la mezcla de colores. Pero cuidado, porque también deben conocer la regla más importante: nunca mezclar colores sin saber qué puede pasar.»
Arick asintió con seriedad, y Yara se acercó a Cromi, interesada. «¿Qué pasa si mezclamos colores sin saber?»
Cromi sonrió: «Bueno, si mezclan demasiado sin pensar, pueden crear un color marrón o gris, que no es tan bonito. Por eso, aprenderán poco a poco a mezclar, a observar y sobre todo, a disfrutar del color que crean.»
La magia del laboratorio los llevó a una gran mesa llena de experimentos de colores. Primero, Arick agarró el pincel y mezcló el rojo con el amarillo. De repente, en un vaso apareció una llama naranja que iluminó todo.
«¡Eso es naranja!», gritó Arick feliz.
Cuentos cortos que te pueden gustar
La Luna y el Río de los Deseos
El Tesoro del Tsunami
La Sombra de la Soledad que me Acompaña
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.