Cuentos de Aventura

Felipe y el Gran Día de la Pelota

Lectura para 2 años

Tiempo de lectura: 7 minutos

Español

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Érase una vez, en un pequeño y colorido pueblo, vivía un niño alegre y curioso llamado Felipe. Felipe tenía una pasión inmensa por jugar a la pelota. Todos los días, después de la escuela, corría a su habitación, tomaba su pelota roja y salía al jardín para jugar. Pero un día, su pelota rebotó hacia un lugar desconocido, llevando a Felipe en una aventura extraordinaria.

Felipe comenzó su aventura siguiendo el rastro de su pelota. Cruzó el jardín, donde las mariposas danzaban entre las flores y los pájaros cantaban melodías alegres. Luego, llegó a un bosque mágico donde los árboles susurraban historias antiguas y el suelo estaba cubierto de hojas de colores.

En el bosque, Felipe encontró a una ardilla que se llamaba Lola. Lola tenía los ojos brillantes y una cola esponjosa. «¿Has visto mi pelota?», preguntó Felipe. Lola negó con la cabeza, pero se ofreció a ayudarle a buscarla. Juntos, exploraron el bosque, buscando entre los arbustos y detrás de los árboles.

Mientras buscaban, se encontraron con varios animales del bosque: un conejo llamado Rico, que saltaba alegremente, y una lechuza sabia llamada Sofía, que observaba desde lo alto de un árbol. Cada uno se unió a la búsqueda, deseando ayudar a Felipe a encontrar su preciada pelota.

La búsqueda los llevó a un río cristalino, donde los peces nadaban tranquilamente. Allí, conocieron a un pez juguetón llamado Pablo. Pablo les dijo que había visto la pelota rebotar hacia una cueva misteriosa al otro lado del río. Sin perder tiempo, Felipe y sus nuevos amigos cruzaron el río, ayudándose unos a otros.

Al llegar a la cueva, Felipe sintió un poco de miedo, pero sus amigos lo animaron. Juntos, entraron en la oscura cueva. Dentro, encontraron un mundo subterráneo lleno de cristales brillantes y estalactitas. La cueva era hermosa, pero también un poco intimidante.

Mientras avanzaban, escucharon un ruido extraño. Era un eco suave que parecía llamarlos. Siguiendo el sonido, llegaron a una cámara donde encontraron un dragón. Pero no era un dragón ordinario; era un dragón pequeño y amistoso llamado Damián. Damián tenía escamas de colores y ojos llenos de bondad.

Damián les dijo que había encontrado la pelota de Felipe y que había estado jugando con ella. Felipe se alegró mucho de escuchar esto y le pidió amablemente si podía devolvérsela. Damián aceptó con gusto y les mostró el camino de salida de la cueva, que estaba iluminado por luciérnagas mágicas.

Al salir de la cueva, Felipe y sus amigos se despidieron de Damián y prometieron visitarlo nuevamente. Con la pelota en mano, Felipe se sintió muy feliz y agradecido por la ayuda de sus nuevos amigos. Juntos, regresaron al pueblo, donde Felipe compartió su increíble aventura con su familia.

Esa noche, Felipe se durmió con una sonrisa, abrazando su pelota roja. Había aprendido que con valentía y la ayuda de amigos, podía superar cualquier desafío. Y así, Felipe soñó con más aventuras, sabiendo que siempre tendría amigos a su lado.

Al día siguiente, Felipe se despertó emocionado, recordando su aventura. Decidió que quería compartir su pelota y las alegrías de jugar con más amigos. Con su pelota firmemente en mano, salió de su casa y se dirigió hacia el parque del pueblo.

En el parque, había muchos niños jugando. Felipe se unió a ellos, y pronto estaban todos riendo y pasando la pelota. Felipe se sentía feliz viendo a los demás disfrutar del juego tanto como él. Jugaron durante horas, inventando nuevos juegos y compartiendo risas y alegrías.

Mientras jugaban, una niña llamada Clara se acercó tímidamente al grupo. Felipe la vio parada al margen, mirando con ganas de unirse. Recordando cómo se sintió durante su aventura cuando necesitaba ayuda, se acercó a ella y le ofreció la pelota. «¿Quieres jugar con nosotros?», preguntó con una sonrisa.

Clara asintió con entusiasmo y pronto se unió al juego. La pelota pasó de mano en mano, uniendo a los niños en un círculo de amistad y diversión. Felipe se dio cuenta de lo maravilloso que era compartir y hacer nuevos amigos.

Después de jugar en el parque, Felipe decidió llevar su pelota a otros lugares del pueblo. Quería que todos tuvieran la oportunidad de jugar y disfrutar. Así, con su pelota en mano, viajó por el pueblo, visitando diferentes lugares.

Primero, fue a la plaza del mercado, donde los vendedores vendían frutas coloridas y flores fragantes. Allí, invitó a los niños de los vendedores a jugar. Juntos, crearon un juego donde la pelota se usaba para intercambiar frutas imaginarias. Los niños se reían mientras «vendían» y «compraban» frutas, pasando la pelota de un lado a otro.

Luego, Felipe llevó su pelota a la escuela. A la hora del recreo, todos los niños se reunieron alrededor de Felipe y su pelota. Jugaron a un juego donde cada niño tenía que contar una historia corta antes de pasar la pelota. Las historias eran divertidas y creativas, y la pelota se convirtió en un símbolo de compartir y contar cuentos.

Felipe también visitó el hogar de ancianos del pueblo. Allí, aunque los abuelitos no podían correr y saltar, disfrutaron lanzando la pelota suavemente y compartiendo historias de su infancia. Felipe escuchaba atentamente, aprendiendo sobre los juegos de antes y disfrutando de las historias.

Al final del día, Felipe se dirigió a la playa. Allí, construyó un castillo de arena con otros niños, usando la pelota para formar las torres redondas del castillo. Jugaron juntos hasta que el sol comenzó a ponerse, pintando el cielo de naranja y rosa.

Mientras el día llegaba a su fin, Felipe se sentó en la playa, mirando el atardecer y reflexionando sobre su día. Había compartido su pelota y su amor por el juego con muchos niños y había hecho muchos nuevos amigos. Se dio cuenta de que compartir no solo multiplicaba su alegría, sino que también traía felicidad a los demás.

Con una sonrisa en su rostro y la pelota en su regazo, Felipe prometió seguir compartiendo y jugando con todos los que conociera. Sabía que cada día traería nuevas aventuras y la oportunidad de hacer sonreír a alguien más.

Felipe volvió a casa con el corazón lleno de alegría y la mente llena de recuerdos maravillosos. Esa noche, mientras se acurrucaba en su cama, abrazó su pelota roja y se durmió, soñando con más días de juego, risas y aventuras.

Y así, Felipe, con su pequeña pelota roja, no solo encontró aventuras y amigos, sino que también descubrió la magia de compartir y la alegría de unir a las personas. Su pelota no era solo un juguete, era un símbolo de amistad, risas y amor.

Fin

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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