En un reino lejano donde los árboles cantaban al ritmo del viento y las nubes tejían historias en el cielo, vivían la abuelita Rosa y su querida nieta Luna en una cabaña hecha de arcoíris y estrellas fugaces. Cada mañana, despertaban con el brillo de las hadas danzarinas, y cada día prometía nuevas aventuras llenas de magia y alegría.
Una mañana soleada, mientras se disponían a recoger bayas mágicas en el bosque de los susurros, un unicornio travieso llamado Arcoíris pasó trotando por su lado. Con su crin brillante y ojos llenos de picardía, Arcoíris los invitó a vivir una aventura que nunca olvidarían.
«¡Suban a mi lomo, queridas amigas!», exclamó Arcoíris. La abuelita Rosa y Luna, sin dudarlo un segundo, se montaron en el unicornio, que despegó al galope. Saltaron por arcoíris y volaron sobre cascadas de aguas cristalinas, risas llenando el aire como música.
Después de un viaje lleno de colores y viento fresco, llegaron a una montaña que parecía hecha completamente de algodón de azúcar. En lo alto de esta montaña, descubrieron el Castillo de Dulces, un lugar sacado de los sueños de cualquier niño… o de aquellos que aún se sienten niños en el corazón.
El castillo estaba adornado con torres de caramelo duro y murallas de galletas decoradas con glaseado. Los árboles alrededor del castillo daban frutos de chicles y caramelos, y los ríos que serpentean el paisaje fluían con chocolate caliente y malvavisco fundido.
La abuelita Rosa, con su eterna curiosidad y sabiduría, guió a Luna por los jardines del castillo, donde flores de azúcar perfumaban el aire. «Mira, Luna, cada flor tiene un sabor diferente,» dijo Rosa, mientras probaban pétalos de menta y vainilla.
Pronto, encontraron la entrada al Salón de los Tesoros, guardado por un amigable oso de gominola que les dio la bienvenida con una sonrisa pegajosa. «Solo aquellos que buscan la dulzura en su corazón pueden entrar,» les dijo, moviendo a un lado para dejarlas pasar.
Dentro del salón, vieron filas y filas de dulces antiguos y nuevos, cada uno con una historia que contar. Pero lo que más llamó la atención de Luna fue una puerta pequeña y discreta al fondo del salón. «Abuela, ¿qué será eso?», preguntó con ojos llenos de maravilla.
«Vamos a descubrirlo juntas,» respondió Rosa, tomando de la mano a su nieta. Abrieron la puerta y entraron a la Sala de los Espejos Encantados. Los espejos no solo reflejaban sus imágenes, sino que mostraban momentos felices de sus vidas: días soleados en el jardín, noches de cuentos junto al fuego, y ahora, su increíble aventura en el castillo.
Cada reflejo era un recuerdo, y cada recuerdo, una promesa de más días felices por venir. Luna corrió de un espejo a otro, riendo al ver cómo cada imagen bailaba y se movía con ella.
Después de un rato, decidieron que era hora de regresar a casa. Arcoíris, que había estado disfrutando de unos arbustos de azúcar cerca, vino a buscarlas. «¿Listas para volver, mis queridas exploradoras?» preguntó el unicornio.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.