Josué era un niño de ocho años lleno de curiosidad y energía. Vivía en una casita acogedora junto a su mamá, papá, su hermana menor llamada Sofía, y sus queridos abuelitos que siempre tenían historias fascinantes para contar en las tardes. Aunque a Josué le encantaba jugar en el jardín y trepar árboles, había algo que deseaba con todo su corazón: aprender a leer. Cada vez que veía los libros en la estantería, se imaginaba viajando a lugares increíbles y viviendo aventuras asombrosas, pero no podía entender ni una sola palabra.
Una tarde soleada, mientras Josué jugaba en el patio con su hermana, vio a su mamá leer una carta con una sonrisa en el rostro. “¡Ojalá pudiera leer como mamá!”, pensó con entusiasmo. Decidió que ya era hora de empezar a descubrir ese mágico mundo de las letras y las palabras. Corrió adentro y le dijo a su mamá: “Mamá, quiero aprender a leer. ¿Me ayudas?” Su madre lo abrazó con ternura y le prometió que harían un gran plan para que Josué aprendiera.
Esa misma noche, mientras cenaban, Josué contó su deseo al papá y a los abuelitos que estaban de visita. El abuelo, que había sido maestro cuando era joven, le sonrió y dijo: “Aprender a leer es como empezar una aventura mucho más grande que cualquier juego. Te llevará a lugares que ni imaginas”. La abuela añadió: “Y cada palabra será un tesoro que descubrirás poco a poco”. Josué sintió una chispa en el corazón: quería esa aventura.
Al día siguiente, comenzó su primer “entrenamiento”. Su papá le regaló un cuaderno y lápices de colores para que aprendiera las letras dibujándolas. Su hermana Sofía, que apenas sabía leer un poco, se ofreció a ser su compañera de práctica y juntos jugaban a formar palabras con las letras que Josué iba aprendiendo. “¡Mira, Josué, esta palabra dice ‘sol’!”, le decía Sofía, señalando un dibujo de un sol que había hecho en el cuaderno. Josué repetía las letras y trataba de unirlas para formar la palabra. Algunas veces se equivocaba, pero no se rendía.
La mamá de Josué encontró en la biblioteca del pueblo un libro muy especial: era un libro de cuentos de aventuras para niños que empezaban a leer. Tenía letras grandes, dibujos de dragones, barcos piratas y selvas misteriosas. «Este es tu libro, Josué. Cada día leeremos un poco juntos», le dijo con una sonrisa. Josué lo abrazó emocionado y se prometió que ese libro sería su primer gran tesoro.
Las tardes se llenaron de magia y esfuerzo. Josué y su hermana Sofía se sentaban en la sala a leer y a practicar. A veces sus abuelitos los visitaban y les contaban relatos de aventuras que habían vivido cuando eran jóvenes. “Cuando era niño, recorrí montañas y aprendí a guiarme solo”, decía el abuelo mientras señalaba un mapa arrugado. “Pero lo mejor fue que la lectura me ayudó a imaginar cada lugar, como si yo estuviera allí”, explicaba con una sonrisa. Josué comprendió que las palabras podían transformar cualquier cosa en un mundo lleno de vida y colores.
Un día, mientras leía con la mamá, Josué descubrió la palabra “selva”. La mamá lo animó a imaginar cómo sería estar en medio de una selva: “Cierra los ojos y piensa en los sonidos, en los animales que podrías ver, en el olor de las plantas”. Josué lo hizo y sonrió, se sentía como un explorador en una verdadera aventura, sin moverse de su sillón. Esto lo motivó a seguir aprendiendo, porque cada palabra era una puerta a una aventura diferente.
Una mañana, Josué estaba en el jardín cuando encontró un pequeño mapa escondido entre las páginas de un libro viejo que pertenecía a su abuelo. El mapa mostraba una isla misteriosa con caminos, ríos y un lugar marcado con una X. “¡Una isla del tesoro!”, exclamó Josué con los ojos brillantes. Corrió a contarle a toda su familia sobre el hallazgo. El abuelo le explicó que hacía años él había dibujado ese mapa para un juego, pero nunca habían usado ese tesoro. Josué sintió que esa era la aventura perfecta para practicar su lectura.
Todos se animaron a participar. La mamá preparó la mochila con una linterna, agua y algunos bocadillos. El papá llevó una brújula para ayudar a orientarse. Sofía se encargó de llevar una libreta para anotar lo que encontraran. Y los abuelitos acompañaron, felices de estar en una verdadera expedición familiar. Antes de salir, Josué revisó el mapa y leyó en voz alta las instrucciones: “Sigue el río hasta el gran árbol. Desde allí, camina diez pasos hacia el norte.” Aunque le costó un poco, su familia estaba ahí para ayudarlo. Josué se sintió valiente y orgulloso.
Mientras caminaban, encontraron diferentes señales que el abuelo había dibujado en el mapa: una roca con forma de tortuga, un arbusto con flores rojas, un hueco en un árbol viejo. Josué las leía y las reconocía, confirmando que iban por el camino correcto. Cada vez que lograba leer una palabra o una indicación, sentía que su corazón latía fuerte de emoción. La lectura había dejado de ser algo difícil para convertirse en una herramienta para vivir una aventura real.
Al llegar al lugar señalado con la X, todos cavaron un poco en la tierra y encontraron una caja de metal. Josué la abrió con cuidado y adentro había un libro antiguo. Al desempolvarlo, la mamá leyó en voz alta la tapa: “Historias de Aventuras”. Josué sonrió de oreja a oreja. Tenía en sus manos el tesoro más valioso: un libro que lo invitaría a nuevas aventuras, que le permitiría viajar sin salir de casa.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.