Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas, dos hermanos llamados Ferran y Santino. Ferran era el mayor, con nueve años, y siempre llevaba una gorra azul que le había regalado su abuelo. Santino, de siete años, era el más curioso y nunca se separaba de su pequeña mochila roja, llena de mapas y lupas.
Un día, mientras desayunaban con sus padres, Ferran y Santino les dijeron que querían ir en una gran aventura. Habían estado leyendo libros sobre dinosaurios y soñaban con verlos en persona. Sus padres, que también amaban las aventuras, sonrieron y dijeron: «¿Por qué no? ¡Vamos a cruzar al otro continente en busca de dinosaurios!»
Los preparativos comenzaron de inmediato. Ferran y Santino ayudaron a empacar comida, ropa, linternas y, por supuesto, sus libros de dinosaurios. Sus padres se encargaron de los boletos de avión y de preparar el campamento que montarían en el lugar de destino.
El día del viaje llegó rápidamente. En el aeropuerto, los hermanos no podían contener su emoción. El avión despegó y volaron sobre océanos y montañas hasta llegar a una selva misteriosa y exuberante en otro continente. Al aterrizar, un guía local llamado Pedro les esperaba con una sonrisa amigable. «Bienvenidos a la Selva de los Dinosaurios», les dijo.
El primer día en la selva fue increíble. Caminaban entre árboles altísimos y oían los sonidos de criaturas que nunca antes habían escuchado. Pedro les mostró huellas fosilizadas de dinosaurios en el suelo y les contó historias sobre los antiguos habitantes de la selva. Ferran y Santino miraban todo con los ojos muy abiertos, tratando de no perderse ni un solo detalle.
Al segundo día, comenzaron su búsqueda más intensiva. Pedro los llevó a una zona conocida por sus avistamientos de dinosaurios. Mientras caminaban, vieron un rastro de huellas gigantes. «¡Miren, esas son huellas de un dinosaurio!», exclamó Santino emocionado. Ferran sacó su cámara y empezó a tomar fotos. Siguieron el rastro con cuidado, tratando de no hacer ruido.
De repente, escucharon un ruido fuerte entre los árboles. Todos se detuvieron y miraron hacia donde provenía el sonido. Allí, entre la espesura, vieron moverse una cola enorme. Ferran y Santino no podían creerlo, ¡estaban tan cerca de un dinosaurio de verdad! Pedro les hizo una señal para que se acercaran despacio. Poco a poco, se encontraron frente a un majestuoso Brachiosaurio, que comía hojas de los árboles más altos. Los hermanos estaban maravillados y un poco asustados, pero sobre todo, estaban felices de vivir ese momento tan mágico.
Durante los siguientes días, la familia siguió explorando la selva y encontrando más rastros de dinosaurios. Vieron Triceratops bebiendo agua en un río y Pterodáctilos volando alto en el cielo. Cada descubrimiento era una nueva aventura y los hermanos aprendían más y más sobre estas increíbles criaturas.
Una tarde, mientras descansaban junto a un lago, los padres de Ferran y Santino les dijeron que la aventura pronto llegaría a su fin. «Hemos visto muchas cosas maravillosas y aprendido mucho, pero es hora de regresar a casa», dijo su madre con una sonrisa. Los niños asintieron, entendiendo que todas las aventuras deben tener un final.
De regreso en casa, Ferran y Santino compartieron sus historias y fotos con sus amigos y compañeros de clase. Todos escuchaban con asombro mientras los hermanos contaban sobre los dinosaurios que habían visto y las maravillas de la selva.
Con el tiempo, Ferran y Santino siguieron explorando y buscando nuevas aventuras, pero nunca olvidaron su increíble viaje a la Selva de los Dinosaurios. A menudo miraban las fotos y los recuerdos que trajeron de esa experiencia única, y sonreían al pensar en todas las cosas maravillosas que aún quedaban por descubrir en el mundo.
Y así, la historia de Ferran y Santino, dos hermanos valientes y curiosos, quedó como un hermoso recuerdo de la magia de la aventura y el descubrimiento.
Fin.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.