En un pequeño pueblo rodeado de montañas, vivía un niño llamado Golfillo. Su verdadero nombre era Juan, pero todos lo conocían como Golfillo porque siempre estaba metido en algún tipo de travesura. Era un niño delgado, de cabello desordenado y ojos grandes, llenos de curiosidad. Le gustaba explorar lugares abandonados, trepar árboles y descubrir rincones secretos del pueblo que los demás niños no se atrevían a visitar.
Sin embargo, había algo en la vida de Golfillo que lo llenaba de temor: Eunate. Ella era una chica mayor que él, conocida en el pueblo por ser fuerte y decidida, pero también por tener un temperamento que pocos se atrevían a desafiar. Era alta, con el cabello corto y oscuro, y una mirada que podía intimidar a cualquiera. A pesar de su carácter, Eunate no era mala, solo que no toleraba que los demás se metieran con ella, y tenía una reputación que mantener.
Golfillo y Eunate no habían cruzado muchas palabras, pero había algo en la forma en que Eunate lo miraba que siempre le ponía los pelos de punta. Un día, mientras Golfillo estaba explorando un viejo almacén abandonado cerca del hospital psiquiátrico del pueblo, escuchó una voz fuerte detrás de él.
—¡Golfillo! —gritó Eunate—. Te he visto metiéndote en lugares donde no deberías estar. Sabes que este almacén es peligroso.
Golfillo, que hasta ese momento había estado absorto en su exploración, dio un brinco del susto. Se giró rápidamente para ver a Eunate, quien lo miraba con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
—Lo siento, Eunate —balbuceó Golfillo, dando un paso hacia atrás—. Solo quería ver qué había aquí.
—Este no es lugar para un niño como tú —dijo Eunate con tono autoritario—. Podrías lastimarte o algo peor.
Aunque las palabras de Eunate no eran del todo amenazantes, la forma en que lo decía hacía que Golfillo sintiera que había hecho algo terriblemente mal. El corazón le latía con fuerza mientras intentaba encontrar una manera de salir de la situación.
—Ya me voy, lo prometo —dijo Golfillo, intentando sonar convincente.
Pero Eunate no parecía dispuesta a dejarlo ir tan fácilmente. Dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ambos, y Golfillo sintió que su miedo crecía.
—Sabes, he oído cosas extrañas sobre este hospital psiquiátrico —dijo Eunate, señalando el edificio en ruinas que estaba cerca del almacén—. Dicen que algunas personas que entran ahí… no vuelven a salir.
Golfillo tragó saliva. Siempre había sentido una mezcla de fascinación y miedo por el hospital, un lugar que los adultos del pueblo evitaban mencionar. Las historias que corrían sobre el lugar eran suficientes para mantener a la mayoría de los niños alejados, pero a Golfillo siempre le había intrigado el misterio que lo rodeaba.
—No tengo miedo —dijo Golfillo, aunque su voz temblaba un poco—. Solo quería explorar un poco.
Eunate lo miró con una expresión que mezclaba diversión y seriedad.
—¿De verdad no tienes miedo? —preguntó, arqueando una ceja—. Si eres tan valiente, tal vez deberías entrar en el hospital y ver por ti mismo lo que hay allí dentro.
Golfillo sintió un escalofrío recorrer su espalda. ¿De verdad Eunate le estaba sugiriendo que entrara en el hospital? Las historias de fantasmas y locos peligrosos que vivían allí pasaron por su mente, pero no quería parecer cobarde frente a Eunate.
—Está bien —dijo, tratando de mantener la compostura—. Entraré.
Eunate no dijo nada, solo lo miró fijamente mientras Golfillo se acercaba al viejo edificio. La entrada estaba medio cubierta de enredaderas y la puerta de madera crujía con cada paso que daba hacia ella. Golfillo respiró hondo y, con un último vistazo hacia Eunate, empujó la puerta y entró.
El interior del hospital era oscuro y polvoriento, con paredes descoloridas y ventanas rotas por donde apenas entraba la luz del sol. El silencio era inquietante, roto solo por el sonido de sus propios pasos. Golfillo sintió que cada fibra de su ser le gritaba que saliera corriendo de allí, pero el miedo a lo que Eunate pensaría de él lo mantuvo avanzando.
A medida que caminaba por los pasillos vacíos, escuchaba el eco de su respiración y los latidos de su corazón retumbando en sus oídos. Pasó junto a viejas camillas oxidadas y puertas que parecían susurrar al ser empujadas por la brisa. De repente, escuchó un ruido extraño, como si algo se arrastrara por el suelo detrás de él. Golfillo se detuvo en seco, el miedo comenzaba a paralizarlo. ¿Qué estaba haciendo allí?
Se giró lentamente, pero no había nada. El pasillo estaba vacío, pero el sentimiento de ser observado no lo abandonaba. Siguió avanzando, esta vez más rápido, deseando encontrar una salida, cualquier cosa que lo alejara de ese lugar.
Finalmente, llegó a una sala grande, donde la luz entraba débilmente a través de una claraboya rota. Había viejos muebles esparcidos por el lugar, y en una esquina, un montón de papeles amarillentos apilados. Golfillo se acercó, curioso, pero al mismo tiempo deseando que no hubiera nada más extraño en ese hospital. Tomó uno de los papeles y lo examinó. Era un dibujo, hecho por algún paciente años atrás, mostrando figuras distorsionadas y un hospital rodeado por sombras. De repente, escuchó pasos, pasos firmes y decididos que se acercaban.
Golfillo dejó caer el papel y corrió hacia la puerta por la que había entrado. Los pasos se acercaban cada vez más, y el miedo lo empujó a correr con todas sus fuerzas. No miró atrás, no quería ver lo que fuera que se acercaba. Corrió por los pasillos, chocando con puertas y muebles, hasta que finalmente vio la luz del día filtrándose por la puerta de entrada.
Sin pensarlo dos veces, salió disparado del hospital, jadeando y con el corazón a punto de salírsele del pecho. Eunate estaba esperándolo afuera, con una sonrisa que mostraba una mezcla de aprobación y diversión.
—Te lo dije —dijo Eunate—. No es un lugar para un niño como tú.
Golfillo, todavía temblando, no dijo nada. Sabía que Eunate tenía razón, pero también sabía que había algo más en ese hospital, algo que no podía explicar. Miró a Eunate, quien le dio una palmada en el hombro.
—Vamos, Golfillo. No le digas a nadie que estuviste ahí, ¿de acuerdo? —dijo Eunate con un tono más suave.
Golfillo asintió, agradecido de haber salido de ese lugar, y los dos caminaron de regreso al pueblo en silencio. Aunque Golfillo nunca volvió al hospital, la experiencia lo marcó para siempre. Aprendió que no todas las aventuras son divertidas y que, a veces, el miedo es una señal de que hay lugares a los que es mejor no acercarse.
Con el tiempo, Golfillo y Eunate se hicieron amigos, y aunque la sombra del hospital psiquiátrico seguía pesando en su memoria, entendieron que algunas historias es mejor dejarlas en el pasado.
Fin.
Cuentos cortos que te pueden gustar
La Gran Aventura del Bosque: El Rey Samuel y sus Amigos al Rescate del Elefante Perdido
Los Guardianes del Bosque
La Gran Aventura de los Peluches y Madelyn
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.