Cuentos de Aventura

La Gran Aventura de Renata

Lectura para 8 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Renata era una niña de 8 años con una imaginación desbordante. Vivía en una pequeña casa cerca del mar junto a su familia: su hermana mayor Pascale, de 11 años; su hermanita Begoña, de solo 2 años; su Papá Pedro, un hombre de 41 años con una gran barba y un amor por las historias de piratas; y su Mamá Karen, de 37 años, quien siempre estaba cuidando de todos con una sonrisa cariñosa.

Desde que Renata podía recordar, le encantaba jugar a ser pirata. Se ponía un pequeño sombrero de pirata que su papá le había hecho y llevaba un juguete de espada de madera que usaba para imaginarse navegando por mares peligrosos en busca de tesoros escondidos. Sin embargo, Renata tenía un pequeño problema: le costaba leer. Las letras parecían moverse en la página, y aunque trataba con todas sus fuerzas, siempre le tomaba más tiempo que a los demás niños de su clase.

Un día, mientras estaba en su habitación, Renata encontró un viejo mapa en un cajón de la cómoda. Estaba un poco arrugado y las esquinas estaban desgastadas, pero las líneas dibujadas en él y las palabras escritas en letras antiguas lo hacían parecer un verdadero mapa del tesoro. Con emoción, Renata corrió a mostrárselo a su hermana Pascale.

—¡Mira lo que encontré! —exclamó Renata, mostrando el mapa.

Pascale, que siempre había sido muy curiosa, lo tomó en sus manos y lo examinó.

—¡Es un mapa del tesoro! —dijo con una gran sonrisa—. Pero parece que está en otro idioma o tiene letras muy extrañas.

Renata frunció el ceño. Sabía que si el mapa estaba en un idioma difícil, le costaría mucho más leerlo.

—¿Y si no podemos entenderlo? —preguntó con un poco de tristeza.

Pascale, siempre tan lista, le dio una palmadita en la espalda.

—No te preocupes, Renata. Podemos hacerlo juntas. Yo te ayudaré a leerlo, y tú puedes guiarnos en la aventura.

Con eso, Renata sintió que su confianza volvía. Decidieron que esa misma tarde comenzarían la búsqueda del tesoro, pero sabían que necesitarían la ayuda de su papá, quien conocía mucho sobre historias de piratas.

—Papá, papá, ¡mira lo que encontramos! —gritaron las dos niñas mientras corrían hacia la cocina, donde Pedro estaba preparando un bocadillo.

Papá Pedro tomó el mapa y lo miró con ojos de asombro.

—¡Vaya, chicas! Esto parece un verdadero mapa del tesoro. Hace muchos años, cuando yo era un niño, escuché historias sobre un tesoro escondido en una isla cercana. Tal vez este mapa nos lleve allí.

Renata y Pascale saltaron de emoción.

—¿Podemos ir a buscarlo, papá? —preguntó Renata, con los ojos brillando de entusiasmo.

Pedro se rascó la barba, pensativo.

—Bueno, no podemos ir solos —dijo finalmente—. Necesitaremos un buen equipo para esta misión. ¡Mamá Karen y la pequeña Begoña pueden venir también!

Así, toda la familia se preparó para la gran aventura. Mamá Karen empacó algunos bocadillos y agua, y Papá Pedro aseguró que todos tuvieran un sombrero para protegerse del sol. Begoña, aunque era muy pequeña, no dejaba de reír y señalar todo lo que veía mientras la preparaban para el viaje.

Una vez listos, se dirigieron al pequeño muelle donde Pedro tenía un bote. Subieron a bordo, y Renata, con el mapa en manos, se sentó en la proa del bote, sintiéndose como una verdadera capitana de piratas.

El viaje por el mar fue tranquilo al principio. El sol brillaba en lo alto, y el agua era tan clara que podían ver peces nadando justo debajo de la superficie. Renata usaba el mapa para indicar la dirección en la que debían ir, con la ayuda de Pascale, quien leía las partes que Renata encontraba difíciles.

Después de un rato, el clima comenzó a cambiar. Nubes oscuras se formaron en el cielo, y el viento empezó a soplar con más fuerza. Pedro frunció el ceño mientras miraba el horizonte.

—Parece que se avecina una tormenta —dijo—. Tendremos que ser rápidos si queremos llegar a la isla antes de que empeore.

Renata sintió un nudo en el estómago. Nunca antes había estado en una tormenta en el mar, y la idea la asustaba un poco. Pero cuando miró a su familia, especialmente a su papá que sonreía con confianza, supo que estarían bien.

—¡Podemos hacerlo! —exclamó Renata, levantando su espada de juguete—. ¡Somos piratas valientes!

Con esas palabras, la familia se preparó para lo que venía. Pedro maniobró el bote con destreza, mientras Karen mantenía a Begoña segura y entretenida. Pascale ayudaba a Renata a mantener el rumbo correcto, siguiendo las instrucciones del mapa lo mejor que podían.

La tormenta llegó con fuerza. La lluvia caía en cortinas, y el bote se balanceaba con las olas que parecían gigantes. Pero Renata no se dio por vencida. Siguió mirando el mapa, enfocada en encontrar la isla del tesoro.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, Pascale gritó:

—¡Ahí está! ¡Veo la isla!

Renata miró hacia adelante y vio una pequeña isla que emergía entre las olas. La familia suspiró aliviada cuando el bote finalmente tocó tierra.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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