Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas verdes y brillantes, dos hermanos que compartían un fuerte lazo de amistad y aventura. Fabio, el mayor, era un niño de diez años, con una curiosidad inagotable y una fascinación por explorar lo desconocido. Iker, su hermano menor, tenía ocho años y siempre estaba dispuesto a seguir a su hermano en cada aventura, aunque a veces sentía miedo de lo que pudiera encontrar.
Un día, mientras exploraban el bosque que se encontraba detrás de su casa, Fabio se dio cuenta de que había un camino que nunca antes habían recorrido. La curiosidad lo empujó a seguirlo y, aunque Iker se mostró un poco reacio al principio, la emoción de vivir una nueva aventura lo convenció.
—Vamos, Iker. ¿Qué tal si encontramos un tesoro escondido? —dijo Fabio, con una sonrisa llena de entusiasmo.
La idea de un tesoro hizo que el corazón de Iker latiera con fuerza. Juntos, caminaron por el sendero cubierto de hojas y flores silvestres. El sol brillaba cálidamente sobre ellos, y el canto de los pájaros les daba la bienvenida en su travesía. Sin embargo, pronto el camino se hizo más angosto y la luz del sol comenzó a desaparecer, creando sombras que parecían danzar a su alrededor.
—¿Y si nos perdemos? —preguntó Iker, sintiendo un nudo en el estómago.
—No te preocupes, siempre tengo un mapa en mi mente y un par de brújulas en mis pies —respondió Fabio, intentando calmar a su hermano.
Después de un rato, llegaron a un claro en el bosque. Allí, en el centro, había un viejo árbol con un tronco grueso y una apertura en su base. Miraron dentro y, para su sorpresa, encontraron un pequeño cofre cubierto de polvo y telarañas.
—¡Mira! ¡Es un tesoro! —gritó Iker con asombro.
Fabio se acercó y, con un poco de esfuerzo, abrió el cofre. Dentro había un montón de piedras brillantes de diferentes colores, que resplandecían a la luz del sol que entraba por las hojas del árbol. Parecían gemas de todos los colores del arcoíris.
—¡Esto es increíble! —dijo Fabio. —Pero, ¿dónde crees que vinieron estas gemas?
En ese momento, escucharon un ruido detrás de ellos. Se dieron la vuelta rápidamente y se encontraron con una pequeña ardilla que los observaba con curiosidad. Era una ardilla muy particular, con un pelaje de colores vibrantes que hacían que pareciera mágica.
—Hola, amigos —saludó la ardilla con una voz suave y acogedora—. Soy Luma, la guardiana de este bosque. He estado esperando que alguien descubriera mi tesoro.
Fabio e Iker se miraron con asombro. No podían creer que una ardilla les hablaba y que además cuidaba un tesoro. Iker, tímido, dio un paso atrás, pero Fabio, con su naturaleza aventurera, se acercó a Luma.
—¿Eres la guardiana de las gemas? ¿Qué hacen aquí? —preguntó Fabio emocionado.
Luma sonrió. —Estas gemas son especiales. Cada una contiene un deseo que puede ayudar a aquellos que son valientes y de corazón puro. Sin embargo, un deseo puede cambiar muchas cosas, y no siempre de la forma que imaginamos.
Los ojos de Iker se iluminaron al escuchar sobre los deseos. Se acercó un poco más, al lado de su hermano.
—¿Podemos desear algo? —preguntó, un poco ansioso.
Cuentos cortos que te pueden gustar
Aventuras en el Patio Mágico: Unidos por la Amistad y la Diversidad
Ian Gerard, el Guardián del Sueño
David y el Gigante Goliat
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.