Érase una vez en un pequeño pueblo rodeado de verdes praderas y altos árboles, donde cinco amigos inseparables compartían un vínculo muy especial. Estos amigos eran Fabián, Salomé, Emmily, Santi y su mascota Mapiz, un curioso perrito de pelaje marrón y ojos brillantes. Desde que se conocieron, habían vivido muchas aventuras juntos, pero todavía no sabían que estaban a punto de embarcarse en la más grande de todas.
Un día soleado, mientras jugaban en el parque, Fabián encontró un viejo mapa enrollado bajo una roca. Al abrirlo, sus ojos brillaron de emoción. El mapa mostraba un camino que conducía a un lugar misterioso marcado con una gran X roja. «¡Mirad! ¡Un tesoro!» exclamó Fabián con un brillo en sus ojos. Los demás se acercaron para ver de qué se trataba.
«¿Qué esperas, Fabián? ¡Debemos ir a buscarlo!» dijo Salomé emocionada. Era una niña valiente, siempre dispuesta a descubrir cosas nuevas.
«Sí, vamos a seguir el mapa», añadió Emmily, que tenía una gran imaginación y siempre soñaba con ser una aventurera.
Santi, el más tímido del grupo, se rascó la cabeza un momento, pero la emoción de los demás lo contagió. «De acuerdo, pero debemos ser cuidadosos. No sabemos qué nos podríamos encontrar», dijo con una sonrisa.
Así, con Mapiz moviendo la cola y ladrando de alegría, el grupo se preparó para la aventura. Cada uno tenía su mochila con provisiones: unas galletas, agua, una linterna y algunos dibujos que habían hecho juntos en el parque. Fabián guardó el mapa con mucho cuidado y, antes de partir, se dieron un fuerte abrazo, ese que siempre se daban antes de iniciar cualquier aventura. Con el corazón lleno de entusiasmo, comenzaron su camino.
El mapa llevaba a los amigos a través del bosque, donde los árboles eran tan altos que parecían tocar el cielo. La luz del sol se filtraba entre las hojas, creando hermosos dibujos en el suelo. Conforme avanzaban, escucharon el canto de los pájaros y el susurro del viento. Mapiz corría de un lado a otro, explorando cada rincón.
Tras avanzar un buen rato, llegaron a un claro en el bosque, donde había un lago cristalino que reflejaba el cielo. «¡Mira qué bonito!» dijo Salomé, y todos admiraron la belleza del lugar. Decidieron descansar un poco, así que sacaron sus galletas y se sentaron a picar algo mientras contemplaban la maravillosa vista.
«¿Y si hacemos un pacto para siempre? Seremos amigos y siempre estaremos juntos en las aventuras», propuso Emmily, y todos se miraron sonriendo. Así que levantaron sus manos en el aire y gritaron al unísono: «¡Prometemos ser siempre amigos!»
Después de reposar un rato, los amigos decidieron continuar. Miraron el mapa y notaron que tenían que cruzar el lago para seguir el camino hacia la X roja. «Pero no sé nadar muy bien», dijo Santi un poco nervioso.
«No te preocupes», respondió Fabián. «Podemos construir una balsa. ¡Es una gran idea!»
Juntos, comenzaron a buscar troncos y ramas alrededor del lago. Con su esfuerzo combinado, construyeron una pequeña balsa. Mapiz, que estaba muy emocionado, se subió a la balsa y ladraba felizmente. Los amigos se miraron y rieron ante la imagen del perrito tan feliz.
Una vez que la balsa estuvo lista, Santi se subió primero, seguido de Salomé y Emmily. Fabián empujó la balsa suavemente hacia el lago, y, a medida que se alejaban de la orilla, la brisa fresca les acariciaba el rostro. Mapiz estaba atento, mirando al agua con curiosidad.
Pero, de repente, cuando ya estaban casi a la mitad del lago, se levantó de la nada una gran tormenta. Nubes oscuras aparecieron en el cielo, y el viento comenzó a soplar con fuerza. «¡Agárrense!», gritó Fabián, tratando de mantener el equilibrio. A medida que el agua se agitaba, la balsa se movía de un lado a otro.
«¡Esto es aterrador!» gritó Santi, aferrándose a la balsa con todas sus fuerzas.
«¡No dejes de remar!» dijo Salomé, empujando con sus manos. Emmily también ayudaba, y entre los cinco, aunque un poco asustados, lograron mantener la balsa a flote.
Finalmente, lograron llegar a la otra orilla, donde las olas se calmaron. Exhaustos pero felices, bajaron de la balsa. «¡Lo hicimos!», exclamaron todos, riendo y abrazándose.
El camino continuó y, siguiendo el mapa, encontraron un sendero adornado con flores de colores brillantes y mariposas que revoloteaban alegremente. Con cada paso, el lugar se tornaba más mágico. Después de un buen rato de caminar, llegó la hora de la verdad. Ante ellos, había un gran árbol con un tronco enorme y raíces que parecían salir de la tierra como brazos. En el tronco, encontraron un pequeño cofre adornado con joyas.
«¡El tesoro!» gritaron todos a la vez. Fabián se agachó, con manos temblorosas, y abrió el cofre. En su interior brillaban monedas de chocolate, dulces y un mensaje misterioso que decía: «El verdadero tesoro es la amistad que compartes.»
“¡Qué mensaje tan bonito!” dijo Emmily. “¿Significa que todo esto fue para recordarnos lo importante que somos los cinco juntos?” Todos asintieron, sintiendo en su corazón que el mensaje era cierto.
Pero entonces, escucharon un ruido. Era un pequeño duende que apareció de detrás del árbol. Tenía una larga barba y un sombrero puntiagudo. “¡Hola, pequeños aventureros! ¡Yo soy Timo, el guardián de este bosque!” dijo el duende con una sonrisa.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.