Cuentos de Aventura

Un Corazón de Tricolor en el Rinconcito del Caribe

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Había una vez, en un rinconcito del Caribe, un país maravilloso que parecía sacado de un sueño: Venezuela. Allí, en ese territorio tan especial, convivían con magia el desierto, la selva, la nieve en las montañas y los volcanes dormidos. Era un lugar donde la gente era más que amable, eran cálidos como el sol de la mañana, y donde los sabores más deliciosos del mundo estaban siempre al alcance de los niños y las niñas que tenían la suerte de crecer allí. Venezuela era un lugar tricolor, con su bandera amarilla, azul y roja que marcaba para siempre los corazones de quienes pisaban esa tierra bendita. En medio de ese paisaje tan diverso y apasionante, vivía una niña de siete años llamada Carlota, quien tenía una curiosidad tan grande como el Ávila y una sonrisa que iluminaba todo a su alrededor.

Carlota vivía en un pequeño pueblo cerca de la costa caribeña, donde las palmeras susurraban historias con el viento y el mar cantaba canciones de aventuras. Todos los días, al despertar, miraba hacia el horizonte con sus ojos grandes y brillantes, imaginar aventuras que la llevaran a descubrir algo nuevo y maravilloso.

Una mañana, Carlota estaba explorando el patio trasero de su casa cuando encontró una vieja caja de madera, casi escondida entre las raíces de un árbol de mango. La caja tenía grabados extraños, como dibujos de sol, montañas y ríos. Con cuidado, la abrió y dentro encontró un mapa antiguo y un pequeño cuaderno con letras casi desvanecidas por el tiempo. El mapa mostraba diferentes regiones de Venezuela, señalando cuatro lugares especiales: un desierto, una selva, una montaña nevada y un volcán, cada uno con un símbolo que parecía brillar con luz propia. En el cuaderno, podía leerse una nota escrita con una letra dulce y perfecta: “Para quien encuentre este mapa, comienza una aventura que une todos los colores de nuestra tierra tricolor. Solo con valentía y corazón abierto podrás descubrir los secretos de Venezuela.”

Carlota sintió que su corazón latía con fuerza. ¡Una aventura! Siempre había soñado con explorar más allá del pueblo y ahora parecía que la oportunidad había llegado en sus manos. Sin perder tiempo, decidió que hoy mismo comenzaría su viaje, y aunque era pequeña, la niña estaba segura de que con su confianza, alegría y esos poderes invisibles que solo los niños tienen, lograría descubrir lo que el mapa escondía.

Antes de partir, Carlota empacó en su mochila algunos objetos que consideraba importantes: una cantimplora llena de agua fresca, una cajita de su dulce preferido llamado “conserva de lechosa” para cuando necesitara energía, una linterna pequeña y, por supuesto, el mapa y el cuaderno antiguo. Se puso su gorra azul, la que su abuela le había regalado para protegerla del sol, y se despidió de su mamá con un abrazo y una promesa: “Volveré para contarte todo lo que descubra”.

El primer destino que marcaba el mapa era el Médanos de Coro, un desierto de arenas doradas que parecía hecho de polvo de oro al tocar el sol. Carlota subió a un viejo autobús que la llevaría hasta esa región, y mientras el paisaje cambiaba de casitas coloridas y árboles a una extensión que parecía no tener fin, la niña no podía dejar de mirar por la ventana. El viento soplaba fuerte en los Médanos, jugando con su pelo y haciendo que la arena se moviera como olas del mar. Allí, Carlota aprendió a deslizarse en esas dunas, sintiendo que volaba por el aire con una sonrisa enorme. Pero justo cuando pensaba que ese era todo el misterio, una voz suave y arrulladora le susurró desde lejos: “Busca donde el sol y la arena se besan, encontrarás la llave de la aventura”. Carlota miró alrededor, sorprendida. No veía a nadie, pero sintió que el desierto la estaba guiando con su misterio.

Siguiendo ese misterio, se adentró entre las dunas hasta encontrar una pequeña cueva que parecía escondida a simple vista. Entró con cuidado y, al encender su linterna, descubrió un cofre antiguo, cubierto de polvo dorado. Dentro, había una piedra azul brillante, que parecía una lágrima que el cielo había dejado caer. Recordó entonces que el mapa señalaba un lugar azul, y entendió que esa piedra era la llave para la siguiente etapa de su viaje.

Con la piedra guardada en su mochila y la emoción latiendo fuerte en su pecho, Carlota tomó de nuevo la carretera rumbo a la siguiente parada: la Selva del Amazonas venezolana, un lugar que le habían contado solo en cuentos, lleno de árboles gigantes, sonidos misteriosos y animales que parecían sacados de otro mundo.

Al llegar, la niña se encontró rodeada por árboles tan altos que parecían tocar las nubes y hojas tan grandes que podían cubrirla entera con sólo extender sus brazos. De repente, escuchó un canto melodioso, casi como una canción de pájaros mezclada con risas. Siguió el sonido y encontró, dentro de un claro, a un pequeño mono llamado Canito, que parecía curioso y divertido. Canito se acercó despacio y, para sorpresa de Carlota, ¡el mono comenzó a hablar!

—Hola, Carlota —dijo Canito con una voz dulce—. He esperado por mucho tiempo que vinieras. La piedra azul nos ha hablado y ha dicho que tú eres la elegida para salvar la selva.

Carlota estaba asombrada, pero en lugar de asustarse, sonrió con confianza. Canito le explicó que la selva estaba en peligro porque una sombra oscura, que ellos llamaban “La Niebla Triste”, estaba cubriendo los árboles y amenazaba con apagar los cantos y la vida de ese lugar mágico. Solo alguien que llevase en su corazón los colores tricolores de Venezuela podría traer luz y esperanza de nuevo.

—Pero, ¿cómo puedo hacerlo? —preguntó Carlota.

—Debes encontrar la Flor del Alba —respondió Canito—. Está en el corazón de la selva, cerca del Río Orinoco. Una vez que la encuentres, la flor abrirá sus pétalos y su luz disolverá la niebla.

Juntos, Carlota y Canito comenzaron la aventura entre troncos, flores gigantes y ríos cristalinos. Por el camino, Carlota vio mariposas tan pequeñas y coloridas que parecían pintar el aire, escuchó el canto de los guacamayos y hasta aprendió a trepar como un mono pequeño. Finalmente, al caer la tarde, llegaron a un claro donde la Flor del Alba estaba dormida sobre un lecho de hojas.

Carlota se acercó despacio y, con las manos suaves, tocó los pétalos. En ese momento, la flor comenzó a brillar con luz propia, que se extendió como un arcoíris, disolviendo la “Niebla Triste” y devolviendo la alegría y la vida a toda la selva. El mono Canito saltó feliz y agradecido, y le dijo:

—Gracias, Carlota. La selva está salvada gracias a tu valentía y corazón.

Antes de continuar su viaje, Carlota agradeció a Canito y le prometió que volvería a visitarlo alguna vez. Se despidieron con un apretón de manos y una sonrisa que decía que la aventura permanecería para siempre en sus recuerdos.

Con la piedra azul en su mochila y el cuaderno que lentamente se iba llenando con nuevas historias, Carlota continuó hacia un lugar que nunca antes había imaginado: las montañas donde la nieve cubría las cumbres, el imponente Pico Bolívar. Nada más bajarse del bus, sintió el aire fresco y helado en su rostro, y un manto blanco que parecía algodón la rodeaba.

En ese paisaje tan diferente, Carlota conoció a un niño llamado Simón, que tenía sus mismos años y ojos brillantes de mucha curiosidad. Juntos caminaron por senderos cubiertos de nieve y escucharon cómo el viento susurraba historias de tiempos antiguos. Simón le dijo que en la montaña existía un misterio: una estrella que caía cada mil años y que, si alguien la encontraba, podía pedir un deseo que cambiaría su destino y el de todo el país.

Sin embargo, la estrella estaba protegida por un guardián misterioso, un cóndor gigante que vigilaba el cielo y cuidaba la montaña. Para llegar hasta la estrella, Carlota debía demostrar que tenía un corazón noble y lleno de amor por su tierra.

La niña y Simón emprendieron la subida hacia la cima, enfrentando el frío y la nieve, ayudándose mutuamente. En cada paso, Carlota recordaba los colores tricolores: el amarillo del sol que iluminaba su camino, el azul del cielo que acariciaba las cumbres y el rojo de la pasión con que ella amaba su país.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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