Había una vez una pequeña niña llamada Diana que vivía en un pintoresco pueblo rodeado de colinas verdes y llenas de flores de todos los colores. A Diana le encantaba explorar la naturaleza, correr entre los árboles y escuchar el canto de los pájaros. Su mejor amiga era su mamá, quien siempre tenía una sonrisa y una historia mágica que contarle.
Un día soleado, mientras las mariposas danzaban en el aire, mamá le dijo a Diana: “Hoy es un gran día para una aventura. Vamos a visitar el río de las aguas cristalinas”. Los ojos de Diana brillaron de emoción. ¡El río! Ella había oído historias sobre ese lugar mágico donde el agua era tan clara que podía ver los peces nadar y las piedras de colores en el fondo. Rápidamente se puso su ropa favorita, una camiseta con dibujos de animales y su gorra amarilla, y juntas partieron hacia el río.
El camino hacia el río era un sendero cubierto de hojas y flores. Mientras caminaban, mamá le contaba a Diana sobre las hadas y duendes que vivían en el bosque. “¿Crees que podríamos encontrarlas?”, preguntó Diana con un tono de voz lleno de expectativa. Mamá sonríe y le respondió: “¡Nunca se sabe! La naturaleza tiene muchos secretos y siempre te sorprende”.
Cuando llegaron al río, el sol brillaba reflejándose en el agua, creando destellos de luz como si estrellas estuvieran bailando sobre la superficie. Diana corrió hacia el borde del río, casi sin poder contener su felicidad. “¡Mira, mamá! ¡Los peces!” exclamó mientras señalaba un grupo de peces de colores que nadaban cerca. Eran de un azul brillante, de naranja brillante y hasta algunos tenían manchas doradas.
De repente, mientras ella observaba a los peces, escuchó un suave susurro detrás de un árbol. Intrigada, se acercó y vio una pequeña criatura, no era ni un pez ni un pájaro, sino un diminuto elfo con alas brillantes. El elfo tenía el cabello dorado como el sol y una sonrisa encantadora en su rostro. “Hola, pequeña”, dijo el elfo con una voz melodiosa. “Soy Lúmin, el guardián de este río. He estado esperando tu llegada”.
Diana no podía creer lo que veía. “¿Tú eres un elfo? ¡Esto es increíble!”, gritó emocionada. Mamá se acercó y sonrió al ver la alegría en el rostro de su hija. Lúmin se inclinó un poco y dijo: “Así es, soy un elfo, y este río es muy especial. Cada gota de agua cuenta una historia de la naturaleza. ¿Te gustaría escuchar algunas historias mientras juegas aquí?”.
Diana asintió con entusiasmo. “¡Sí, por favor!” Lúmin agitando sus alas, comenzó a contarle a Diana sobre los animales que vivían alrededor del río. Le habló de una tortuga anciana que conocía todos los secretos del bosque, de un grupo de patos que cada mañana organizaban carreras en el agua, y de un viejo árbol que se decía que podía hablar con los vientos.
Mientras Lúmin contaba las historias, Diana se sumergió en un mundo de fantasía. Mamá disfrutaba escuchando las historias también y añadía detalles, como cuando mencionó que la tortuga también podía contar cuentos de los tiempos pasados cuando el río era aún más grande y lleno de vida. Diana soñaba con ser amiga de todos los animales de las historias.
Después de un rato, Diana decidió que quería jugar. “¿Puedo tocar el agua, Lúmin?”, preguntó con ojos brillantes. “Claro, pequeña, pero recuerda siempre hacerlo con cuidado”, respondió el elfo. Diana se agachó y metió sus manos en el agua fresca. Sentía cómo las pequeñas burbujas jugueteaban en sus dedos. Cuando sacó las manos, se dio cuenta de que algo brillaba bajo la superficie. Era una piedra de un hermoso color azul que reflejaba la luz del sol.
“¡Mira, mamá! ¡Una piedra mágica!”, gritó Diana. “Esa piedra es especial, tiene la capacidad de proteger a quienes son amables con la naturaleza”, explicó Lúmin. Diana la sostuvo con cuidado en sus manos, sintiendo que de alguna manera podía comunicarse con el río y todos los seres que vivían en él. “Prometo cuidarla y ser siempre buena con la naturaleza”, dijo con una gran seriedad para alguien tan pequeña.
Mientras se divertía, Lúmin les propuso una actividad. “¿Qué les parece si nos unimos a los patos en su carrera?”, preguntó emocionado. Diana y mamá miraron al elfo con sorpresa. “¿Podemos hacerlo?”, preguntó Diana. “Por supuesto, si prometes cuidar de la naturaleza y nunca dejar basura en el río”, respondió Lúmin.
Diana asintió con firmeza. “¡Prometido! Soy la mejor amiga de los animales”. Y así, el elfo, Diana y mamá se acercaron al grupo de patos que nadaban felices. “¡Patitos, vamos a correr!”, gritó Lúmin. Diana se lanzó al agua, riendo y chapoteando, tratando de alcanzarlos.
El grupo de patos, al ver a Diana nadar, comenzó a hacer carreras alrededor de ella. Uno de los patos, el más pequeño del grupo, se acercó y le dijo: “¡Hola! Mi nombre es Pipo. ¿Quieres ser parte de nuestra carrera?”. Diana, riendo, le contestó: “¡Sí, Pipo, me encantaría!”
Mamá se quedó en la orilla, disfrutando de la escena. Ella veía cómo su hija sonreía y se divertía con sus nuevos amigos. Mientras el elfo se encargaba de alentar a todos, Diana corría y saltaba, logrando chapotear el agua y llenar el aire de risas. Acababa de hacer un nuevo amigo y eso la hacía sentir muy feliz.
De repente, la carrera se detuvo. Pipo el pato se acercó con preocupación. “El río está cambiando, algo no está bien”, dijo. “Desde hace unos días, el agua está más turbia y algunas de nuestras casas han sido arrastradas”. Diana se detuvo. “¿Ahora qué haremos?”, preguntó preocupada.
Lúmin miró el río con seriedad. “Es hora de unir nuestras fuerzas. Debemos averiguar qué le pasa al río”, dijo el elfo. Diana decidió que no podían quedase sin hacer nada. “¡Vamos a investigar, mamá!” Su mamá sonrió con orgullo y juntos con Lúmin y Pipo, comenzaron a buscar la causa del problema.
Mientras exploraban la orilla del río, vieron algunos objetos extraños atrapados entre las rocas y los arbustos. “Parece que hay plástico y basura en el agua”, dijo Lúmin con tristeza. “Esto es lo que está haciendo que el agua se ensucie”. Diana se sintió triste al ver el daño. “No quiero que el río se enferme”, dijo con firmeza.
Entonces se le ocurrió una idea. “¡Podemos limpiar el río! ¡Vamos a hacerlo!” Lúmin y Pipo se miraron, sorprendidos por la determinación de Diana. “¡Sí! ¡Eso es exactamente lo que debemos hacer!”, exclamó Pipo. Mamá asintió y dijo: “Es una gran idea, Diana. Pero necesitamos ayuda”.
Entonces, se les ocurrió invitar a todos los animales del bosque. Lúmin comenzó a volar, llamando a los pájaros, los conejos y todos los que podían ayudar. En poco tiempo, una multitud de criaturas llegó al río. Con ranas saltando y pájaros piando, comenzaron a recoger la basura que había en la orilla.
Diana, con una pequeña red que le había dado su mamá, ayudaba a sacar del agua lo que podía. Recogía plásticos, papeles y todo lo que estaba contaminando su querido río. Poco a poco, el agua comenzó a verse más clara y más vibrante. Todos trabajaban juntos, riendo y jugando, como si cada pequeño acto de limpieza fuera una fiesta.
Después de un rato, el río estaba más limpio y el agua comenzó a fluir con más fuerza. Diana miró a su alrededor y vio cómo Pipo y sus amigos se alegraban. “¡Lo hemos logrado!”, gritó Diana. Lúmin, sonriendo con orgullo, les dijo: “Gracias a ustedes, el río podrá sanar y volverá a ser el hogar feliz de todos los seres que vivían en él”.
Mamá abrazó a Diana y le dijo: “Eres una verdadera heroína, hija. Has hecho una gran diferencia hoy”. Diana se sintió feliz y llena de alegría. No solo había disfrutado de una aventura maravillosa, sino que también había ayudado a salvar su querido río y a sus amigos.
Con el sol poniéndose en el horizonte, pintura el cielo de naranja y rosa, todos celebraron con una gran fiesta en la ribera. Diana bailó junto a los patos, mientras Lúmin les contaba nuevas historias de su mundo mágico. Instantáneamente, se dio cuenta de que, aunque habían enfrentado un reto, el amor y el cuidado por la naturaleza siempre pueden llevar a grandes cosas.
Y así, mientras el día llegaba a su fin, Diana, su mamá, Pipo el pato y Lúmin el elfo se sentaron a la orilla del río, disfrutando de un mundo lleno de magia y amistad. Diana miró el río y, con una sonrisa, supo que siempre atesoraría esta aventura en su corazón.
Desde ese día, Diana se convirtió en la guardiana del río, siempre recordando la importancia de cuidar la naturaleza y todo lo que nos rodea. Y cada vez que miraba a las aguas cristalinas, sabía que una pequeña acción podía hacer una gran diferencia. Fin.
Así, aprendemos que cuidar el planeta y sus recursos es crucial. La naturaleza está llena de magia, solo basta con creer en ella y tomar acciones para protegerla, porque cada uno de nosotros tiene el poder de ser un héroe de su propia historia.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.