Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de prados verdes y montañas altas, tres amigos inseparables: Johanna, Gio y Anna. Johanna era una niña curiosa con cabello rizado y una voz dulce como la miel. Gio era un niño aventurero, siempre dispuesto a explorar, con grandes ojos llenos de emoción. Anna, por otro lado, era una pequeña soñadora que siempre llevaba consigo un libro de cuentos, deseando descubrir nuevas historias y mundos mágicos.
Un día soleado, mientras jugaban en el parque, Johanna propuso una idea emocionante. «¡Vamos a hacer un viaje de aventura! Podemos descubrir lugares nuevos y vivir historias como las que hay en los libros de Anna», sugirió. Gio aplaudió con entusiasmo: «¡Sí, quiero ver dragones y tesoros ocultos!» Anna sonrió y dijo: «Podemos imaginar todo lo que queramos. ¡Seremos héroes en nuestra propia historia!»
Entonces, decidieron que su aventura comenzaría al amanecer del día siguiente. Se prepararon con mochilas llenas de bocadillos y una botella de agua. Anna metió su libro de cuentos, y Johanna llevó un globo que había encontrado en el parque, mientras que Gio se aseguró de llevar una brújula, porque decía que todo aventurero necesitaba una.
Cuando el sol comenzó a asomarse por el horizonte, los tres amigos se encontraron en el parque. Con grandes sonrisas y corazones palpitantes, comenzaron su viaje. Siguieron un camino que atravesaba el bosque, y mientras caminaban, las aves cantaban alegremente. «Miren, esos árboles parecen gigantes!», exclamó Johanna. «Sí, y quizás hay hadas escondidas entre las ramas», añadió Anna con los ojos brillantes de imaginación.
Caminando más adentro del bosque, se encontraron con un río cristalino. Sus aguas brillaban como diamantes bajo el sol. «¡Miremos si hay peces!», dijo Gio. Se arrodillaron al borde del río y comenzaron a observar con atención. «¡Miren, ahí hay uno!», gritó Johanna emocionada. Pero justo cuando pensaban en atrapar un pez, escucharon un ruido detrás de ellos.
Al darse la vuelta, vieron a un pequeño ciervo. Era el ciervo más bonito que jamás habían visto, con ojos grandes y tiernos. «¡Hola, pequeño amigo!», dijo Anna con dulzura. El ciervo se acercó lentamente, como si quisiera jugar con ellos. A los tres amigos les encantó la idea de tener un nuevo compañero en su aventura.
«¿Deberíamos ponerle un nombre?», preguntó Johanna. «¡Sí! Podría llamarse Lino», sugirió Gio, y todos estuvieron de acuerdo. Así que con Lino el ciervo a su lado, continuaron su travesía. En su camino, encontraron un árbol inmenso con un tronco tan grueso que necesitarían varios abrazos para rodearlo. «¡Hagamos una carrera hasta la cima!», propuso Johanna.
Los amigos salieron corriendo y llegaron hasta donde las ramas comenzaban a elevarse. Juntos, treparon por el árbol. Desde la cima, todo el bosque parecía un mar de hojas verdes. «¡Miren qué hermoso se ve todo!», gritó Gio mientras agitaba los brazos. Anna sacó su libro y leyó una historia sobre un pirata que navegaba por mares lejanos. «Sería genial ser piratas y encontrar tesoros», pensó Johanna.
Cuando finalmente bajaron del árbol, decidieron que era tiempo de buscar su tesoro. Entonces comenzaron a seguir un camino que parecían las huellas de un mapa del tesoro. Mientras caminaban, vieron muchas flores de colores, mariposas danzando y escucharon el sonido de un murmullo bajo. «¿Qué podrá ser eso?», preguntó Anna. «¡Vamos a averiguarlo!», respondió Gio.
Cuando llegaron a una pequeña cueva, notaron que el murmullo se hacía más fuerte. Sin dudarlo, decidieron explorarla. Entraron lentamente y allí se encontraron con un arroyo que salía de una pared. «¡Es un manantial mágico!», exclamó Johanna. «Tal vez tiene agua que otorga deseos». Cada uno de los amigos cerró los ojos y pidió un deseo. Johanna deseó tener siempre aventuras, Gio deseó ser el mejor explorador y Anna deseó que los cuentos que leyera siempre cobraran vida.
Cuando abrieron los ojos, notaron que a la entrada de la cueva yacía un antiguo cofre. «¡Miren!», gritaron todos a la vez. Cautelosos, se acercaron al cofre y con mucho cuidado lo abrieron. En su interior había un montón de piedras preciosas y un mapa muy antiguo. «¡Es un mapa que lleva a un lugar increíble!», dijo Gio observando cada detalle.
«¡Sigámoslo!», sugirió Anna. Así, un nuevo capítulo de su aventura comenzó. Caminando sorprendidos por el descubrimiento, el mapa los llevó a través de altas montañas y campos llenos de flores. Juntos, enfrentaron pequeños desafíos como cruzar un puente colgante que se movía al andar y ayudar a un pequeño pato que se había perdido. El pato, agradecido, se unió a su grupo y lo llamaron Pato Cuentacuentos, porque siempre compartía historias divertidas.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.