En un pequeño pueblo al borde de un vasto y misterioso bosque, vivían dos primas llamadas Hally y Clarisa. Hally tenía el cabello corto y castaño, y siempre llevaba una capa verde que le había hecho su abuela. Clarisa, por otro lado, tenía el cabello largo y rubio, y solía vestir un bonito vestido azul que resaltaba sus ojos claros. Ambas niñas eran inseparables y compartían una curiosidad insaciable por el mundo que las rodeaba.
Un día, mientras jugaban cerca del borde del bosque, encontraron un sendero que nunca antes habían visto. Estaba cubierto de hojas caídas y parecía no haber sido utilizado en años. La tentación de explorar el sendero fue demasiado grande para resistirla.
—Vamos, Clarisa, ¡veamos a dónde lleva este camino! —dijo Hally con entusiasmo.
—Está bien, Hally, pero debemos tener cuidado. Mamá siempre dice que el bosque es peligroso —respondió Clarisa, aunque su curiosidad la empujaba a seguir adelante.
Tomadas de la mano, se adentraron en el bosque. A medida que avanzaban, los árboles se volvían más altos y sus ramas, más entrelazadas, bloqueaban gran parte de la luz del sol. El ambiente se volvía más oscuro y misterioso con cada paso. Aun así, las niñas continuaron, fascinadas por la belleza y el misterio del lugar.
Después de un rato, llegaron a un claro donde encontraron una pequeña cabaña de aspecto viejo y abandonado. La cabaña estaba rodeada de plantas extrañas y flores de colores inusuales que parecían brillar con una luz propia. Las niñas se acercaron con cautela, sintiendo una mezcla de emoción y temor.
—Hally, esto parece sacado de un cuento de hadas —dijo Clarisa en un susurro.
—Sí, pero algo no me gusta. Siento que deberíamos regresar —respondió Hally, pero su curiosidad la llevó a acercarse a la puerta de la cabaña.
Antes de que pudieran decidir qué hacer, la puerta se abrió de golpe y una figura alta y delgada salió de la cabaña. Era una mujer con una nariz puntiaguda y un sombrero torcido. Sus ojos brillaban con malicia y su sonrisa revelaba dientes afilados.
—¡Bienvenidas, pequeñas! —dijo la bruja con una voz chillona—. ¿Qué las trae a mi hogar?
Hally y Clarisa retrocedieron, pero la bruja levantó una mano y las raíces de los árboles se alzaron del suelo, rodeándolas y bloqueando su escape.
—Solo estábamos explorando —dijo Hally con valentía, aunque su voz temblaba.
—¡Explorando, eh! —la bruja se rió—. Bueno, ahora que están aquí, me serán de mucha utilidad. Necesito ingredientes frescos para mis pociones.
Las niñas se miraron con horror. Sabían que tenían que encontrar una manera de escapar. Hally, recordando las historias que su abuela le había contado sobre las brujas, trató de ganar tiempo.
—¿Qué clase de pociones haces? —preguntó Hally, tratando de sonar interesada.
—Oh, muchas cosas maravillosas —respondió la bruja—. Pociones para volar, para hacerse invisible, y por supuesto, pociones para capturar a niños curiosos.
Mientras la bruja hablaba, Clarisa notó algo extraño en una de las estanterías de la cabaña. Había un pequeño frasco que brillaba con una luz azul intensa. Recordó haber leído en uno de sus libros que las brujas a menudo guardaban su poder en frascos especiales.
—Hally, mira eso —susurró Clarisa, señalando el frasco con la mirada.
Hally entendió de inmediato. Necesitaban conseguir ese frasco para debilitar a la bruja. Con un movimiento rápido, Hally empujó a Clarisa hacia la cabaña.
Cuentos cortos que te pueden gustar
La Casa de Dulces y el Secreto del Bosque Encantado
El Bosque Encantado de las Tres Capas
Las Aventuras de Gianlucas y sus Amigos Mágicos
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.