En el Colegio Narváez, un lugar que parecía muy común durante la mayor parte del año, comenzaron a suceder cosas muy extrañas que nadie lograba explicar al principio. Era un colegio donde estudiaban niños como Lucas, Gael y Gabriela, tres amigos inseparables que compartían muchas aventuras juntos, pero aquella vez, lo que les esperaba superaría todos sus juegos y teorías.
Todo empezó una mañana cuando el sol apenas asomaba y el cielo estaba claro y azul. Lucas, que siempre llegaba temprano, notó algo raro en el patio del colegio: la basura ya no estaba donde debía estar, algunos lugares olían mal y además, hubo grietas diminutas en los árboles y en el suelo cerca del jardín. “¿Será que alguien dejó basura sin recoger?”, se preguntó preocupado. Gael, que le acompañaba, bromeó diciendo que tal vez un monstruo de la basura estaba haciendo travesuras. Gabriela rió, pero no pudo negar que también notaba el ambiente más pesado y opaco, como si el aire tuviera menos vida.
Esa misma semana, más cosas extrañas comenzaron a aparecer en todo el colegio. Durante el recreo, varios niños vieron algunas sombras moviéndose entre los arbustos, y no eran personas. También aparecieron pequeñas criaturas hechas de plástico y basura envuelta en sombras densas que se deslizaron como si fueran parte de una pesadilla tecnológica. El color del cielo sobre el colegio se volvió menos brillante, como si el sol fuera menos luminoso. Por las noches, sonidos raros y susurros se escuchaban, como si algo muy antiguo despertara bajo el colegio y reclamara atención.
Lucas, Gael y Gabriela no podían quedarse de brazos cruzados. Decidieron investigar, animados también por el misterioso mensaje que habían recibido en un cuaderno del laboratorio de ciencias, donde alguien había escrito con tinta invisible: “La sombra crece con la suciedad que ignoras”. Aquella frase comenzó a inquietarlos.
Una tarde, cuando el sol estaba a punto de ocultarse, se adentraron en el patio trasero, donde las grietas eran más grandes y la basura parecía haberse movido formando figuras extrañas. Allí, entre las sombras, apareció una figura oscura que nunca habían imaginado: El Devastor. Era una criatura enorme, formada por desperdicios, plásticos, papeles, latas aplastadas, restos de comida y mucho más, todo mezclado con una sombra negra que parecía respirar y moverse por sí sola.
El Devastor habló con una voz retumbante y lejana, un sonido que parecía venir del abismo profundo de la tierra misma. “¡Por fin despierto! Soy El Devastor, la sombra de la contaminación. Cada resto que tiran sin cuidado, cada mancha que dejan en la tierra y en el mar, me fortalece. Ustedes, humanos, construyeron con su descuido este poder oscuro que destruirá todo equilibrio entre el mar, el cielo y la tierra”.
Lucas, Gael y Gabriela sintieron un escalofrío, pero no se rindieron. Al instante, fueron rodeados por una luz suave que apareció delante de ellos, una luz gigante que se dividió en tres figuras legendarias: Luminmar, el guardián del mar, con su brillo plateado en forma de peces y corales; Celesthian, el protector del cielo, cubierto de plumas azules que brillaban como estrellas; y el Zorro de los Bosques, un astuto animal cubierto de hojas y ramas que se movía sin hacer ruido.
Los guardianes hablaban en voz baja, casi como un viento que susurraba: “Hemos sentido cómo el equilibrio se debilita. El Devastor crece gracias a la contaminación y la indiferencia. Si logra extender su sombra, arruinará el aire, el agua y la tierra. Pero hay esperanza: la unión de corazones puros puede purificar la sombra y devolver la vida a este lugar”.
Animados por las palabras de Luminmar, Celesthian y el Zorro de los Bosques, los tres amigos comenzaron a limpiar el colegio. Recolectaron cada trozo de basura, plantaron flores, cuidaron los árboles y pintaron señales para que no se descuidara el espacio. Sin embargo, algo comenzó a pasar: Gael, que era el más entusiasta en la limpieza, empezó a sentirse extraño. Una sombra oscura en forma líquida se deslizó dentro de su brazo sin que él se diera cuenta. Fue una infección lenta, causada por micromuestras de contaminación del colegio, y empezó a controlar su voluntad.
Gael comenzó a cambiar: estaba más callado, menos animado y a veces miraba el cielo con ojos sombríos. Lucas y Gabriela sospecharon que algo malo pasaba, pero Gael les aseguró que estaba bien. Sin embargo, un día mientras limpiaban la orilla del arroyo cercano, Gael desapareció repentinamente y reapareció con un aspecto oscuro, su piel cubierta con manchas negras y los ojos apagados por la sombra contaminante.
Fue entonces cuando los guardianes explicaron que El Devastor había extendido parte de su poder dentro de Gael, transformándolo en una conexión directa entre el mundo oscuro y la vida del colegio. “Cada acción descuidada fortalece al enemigo y pone en peligro a quienes amamos”, advirtió Celesthian.
Gabriela, muy preocupada por su amigo, se negó a abandonar a Gael y comenzó a investigar cómo revertir la infección. En una madrugada, mientras buscaba respuestas en los libros antiguos de la biblioteca del colegio, encontró una leyenda antigua. Decía que “sólo quien enfrenta su miedo más profundo, con el valor del amor y la verdad, puede romper la sombra oscura que ata a un corazón”.
Pero no todos entendían la urgencia. Lucas también empezó a sentir cómo la sombra esperaba apoderarse también de Gabriela, pues la contaminación seguía aumentando y el colegio se deterioraba más rápido. Decidió contarles a los maestros y a otros compañeros, pero muchos no creían lo que ocurría, pensando que eran sólo fantasías de niños. Sin embargo, cuando varios espacios comenzaron a rajarse y el aire volvió más pesado y tóxico, nadie pudo negar que algo muy grave pasaba.
Un día, Gabriela fue también infectada. La sombra contaminante la envolvió lentamente, y aunque resistía, el enemigo parecía ganar fuerza con cada minuto. Quienes la veían pasar en el patio notaban que su mirada se oscurecía y su piel parecía mezclarse con el ambiente, llena de pequeñas partículas negras de suciedad. Lucas sintió que se le escapaba la esperanza, pero recordó las palabras de la leyenda y de los guardianes.
En ese momento, el colegio parecía una trampa: grietas por el suelo, criaturas hechas de bolsas plásticas y latas que intentaban tocar a los estudiantes y al personal, y un cielo con menos luz, como si la sombra de la contaminación sacara fuerza de cada descuido humano. Era urgente actuar y permanecer unidos.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.