Josué tenía doce años y cursaba primer año de secundaria. Para muchos, eso era signo de nuevos retos, aprendizajes y amistades, pero para él, la escuela había sido una montaña rusa desde el principio. Josué nunca había logrado aprender a leer ni a escribir correctamente, y eso hizo que su camino escolar fuera mucho más difícil. Su historia no comenzó así, sino varios años atrás, cuando apenas tenía cinco años y empezaba preescolar.
En México, como en todo el mundo, justo cuando Josué cursaba tercer grado de preescolar, llegó un momento que cambió la vida de todos: la pandemia del COVID-19. De un día para otro, las escuelas cerraron sus puertas y nadie pudo regresar durante mucho tiempo. Los niños y niñas tuvieron que aprender desde su casa, a distancia, a través de pantallas y con el apoyo distante de sus maestras y maestros. Para muchos fue complicado, pero para Josué fue un desafío casi imposible.
Desde pequeño, a Josué siempre le habían costado un poco más que a los demás entender las letras, los sonidos y las palabras. Pero en la escuela, cuando todavía estaban en clases presenciales, sus maestras lo habían ayudado a dar sus primeros pasos, aunque con lentitud. Sin embargo, cuando comenzó la educación en línea, sin el contacto directo y sin la oportunidad de practicar con alguien a su lado, todo se volvió más complicado. Josué perdió poco a poco el interés y la esperanza de poder leer y escribir bien.
Sus padres intentaban ayudarlo, pero no tenían las herramientas ni la formación para hacerlo. Además, el temor, la incertidumbre y el cansancio que trajo la pandemia hicieron que todos en casa estuvieran algo agotados y desconectados. Josué sentía que él era el único que no estaba avanzando, su colegio parecía un lugar tan lejano, casi un recuerdo borroso que ahora se sentía como un sueño imposible.
Cuando llegó el momento de regresar a clases presenciales en primaria, Josué ya había perdido mucho de lo que algunos niños de su edad ya dominaban. Segundo, tercero, cuarto, quinto y hasta sexto grado pasaron y Josué seguía sin saber leer ni escribir correctamente. Con frecuencia, era objeto de burlas o exclusión por parte de algunos compañeros que no entendían que él tenía dificultades especiales. “¿Por qué no sabes leer?” le decían. “Eres un tonto” o “¿Qué haces aquí si no puedes escribir?”. Palabras que herían más que cualquier golpe.
Este camino hizo que Josué se sintiera muy solo y triste, a pesar de que algunos de sus familiares y amigos verdaderos lo apoyaban y querían ayudarlo. Él pensaba que quizá nunca podría ser “como los demás”, y esa idea lo asustaba y desanimaba.
Un día, cuando tenía doce años y comenzaba la secundaria, todo comenzó a cambiar. En su nueva escuela asignaron una maestra muy especial: la maestra Verónica, quien tenía mucha experiencia en ayudar a alumnos con problemas de aprendizaje, especialmente en lectoescritura. La maestra era paciente, amable y muy dedicada. No se enfocaba en las dificultades de los alumnos sino en sus fortalezas y en cómo podía ayudarles a descubrir lo que se les dificultaba.
Josué al principio no estaba muy seguro; había perdido la esperanza de que alguien pudiera ayudarlo realmente. Pero la maestra Verónica no se dio por vencida con él. Empezaron a trabajar juntos poco a poco, con ejercicios sencillos y juegos que hacían que Josué se interesara cada vez más.
Un día, entre las muchas actividades que proponía la maestra, comenzó a contar un cuento clásico: “Pulgarcito”. La historia hablaba de un niño muy pequeño, que a pesar de ser pequeño y parecer débil, usaba su ingenio y valor para enfrentar los retos. Josué escuchaba atentamente y notaba que cada palabra tenía sonidos y formas que poco a poco él reconocía con ayuda de la maestra.
La maestra Verónica le dijo: “Josué, ¿ves esas letras? Son como pequeños amigos que te ayudarán a contar tus propias historias.”
Josué sonrió tímidamente, y algo empezó a despertar dentro de él. Él quería poder escribir su propio cuento algún día, contar sus aventuras reales y no solo escuchar las de otros. Empezaron a leer juntos unas palabras sencillas, luego frases cortas. La maestra lo animaba cada vez que lograba algo, y Josué empezó a sentirse orgulloso de sí mismo.
La escuela se volvió un lugar donde Josué ya no tenía miedo de ser señalado, sino un espacio seguro donde podía aprender a su ritmo. Sus compañeros, poco a poco, comenzaron a verlo con otros ojos, no como alguien diferente o inferior, sino como un amigo valiente que luchaba por aprender.
En casa, sus padres veían la transformación y también querían apoyar. La maestra les recomendó usar cuentos clásicos, como “Caperucita Roja” o “La liebre y la tortuga”, para que Josué practicara en momentos relajados y divertidos. Eran historias conocidas, eso ayudaba, porque Josué hacía conexiones entre lo que escuchaba y lo que trataba de escribir.
Josué se dio cuenta de que las letras no eran enemigos, sino compañeros que tenía que conocer poco a poco. Cada día apartaba un tiempo para practicar, sin miedo a equivocarse. Sabía que su camino era diferente, más largo, pero eso no significaba que no pudiera lograrlo.
Un día, la maestra Verónica le pidió a Josué que escribiera una pequeña frase para compartir con la clase. Josué respiró profundo, tomó el lápiz y escribió con cuidado: “Me gusta leer cuentos.” Al principio, las letras no eran perfectas, algunas se veían torcidas, y faltaban letras en algunas palabras, pero la maestra sonrió orgullosa.
—¡Eso es maravilloso, Josué! —dijo—. ¿Ves? Tú mismo estás dando pasos grandes.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.