Había una vez, en un pueblo pequeño y lleno de calles estrechas llamado Capernaum, un día que parecía ser como cualquier otro, con el sol brillando suavemente y los pájaros cantando en los árboles. Pero ese día no era normal. Algo especial estaba por suceder. Jesús y sus amigos acababan de llegar al pueblo después de un largo viaje por caminos polvorientos, y la gente los miraba con curiosidad y esperanza. Pedro, uno de los amigos más cercanos de Jesús, caminaba tranquilo, disfrutando del aire fresco y del olor del mar que se sentía cerca.
De repente, dos hombres serios y un poco asustados se acercaron rápidamente a Pedro. Llevaban bolsas colgando del cinturón y sus miradas eran muy preocupadas. Cuando estuvieron frente a él, uno de ellos habló con voz un poco urgente:
—Oye… —comenzó uno, casi en un susurro—, ¿tu Maestro no paga las dos dracmas?
Pedro abrió sus ojos muy grandes, casi como platos. Su corazón comenzó a latir rápido, como si estuviera corriendo una carrera invisible dentro de su pecho. ¿Y si Jesús había olvidado pagar? ¿Y si eso traía problemas? Él sabía que las dos dracmas eran un impuesto que todos debían pagar, pues había que ayudar para que las cosas del pueblo funcionaran bien. Pero, ¿y si Jesús se había olvidado? ¿Qué pasaría si llegaban a acusarlos y tuvieran problemas?
—S-sí… claro que sí —respondió Pedro, aunque por dentro no estaba tan seguro. Trataba de decir algo que calmara a los hombres, pero su mente estaba llena de preguntas y un poco de miedo.
Los dos hombres guardaron silencio por un momento, mirando a Pedro con ojos serios, luego asintieron y se fueron sin decir más. Pedro respiró hondo, tratando de calmarse, pero todavía sentía ese cosquilleo en el estómago que no lo dejaba tranquilo.
Mientras caminaban hacia la casa donde Jesús estaba con sus amigos, Pedro se preparaba para explicar lo que había pasado, pero Jesús, con su sonrisa suave y tranquila, habló primero. Su voz era calmada y clara, como una brisa que nunca asusta, solo trae paz.
—Pedro, dime… —comenzó Jesús— ¿Los reyes cobran impuestos a sus hijos o a los extraños?
Pedro pensó un momento, frunciendo un poco el ceño, tratando de entender. Luego respondió:
—A los extraños, Maestro.
Jesús asintió con una sonrisa.
—Entonces —dijo—, los hijos están libres.
Pedro sintió que un gran peso se quitaba de sus hombros y suspiró con alivio. ¡Qué bueno que Jesús era como el Hijo del Rey de todo! Eso significaba que no tenían que preocuparse por las dos dracmas, porque ellos eran parte de la familia.
Pero luego Jesús dijo algo que tomó a Pedro completamente por sorpresa:
—Pero para no causar problemas ni hacer sentir mal a nadie, ve al mar. Echa el anzuelo, y el primer pez que saques tendrá una sorpresa.
Pedro se quedó mirando a Jesús con los ojos bien abiertos. ¿Un pez? ¿Una sorpresa? Eso sonaba muy misterioso e incluso un poco mágico. No sabía qué esperar, pero confiaba en Jesús, así que salió rápidamente hacia el mar, sintiendo el viento en la cara y el sonido de las olas chocando suavemente contra la arena. Cuando llegó a la orilla, se paró en el muelle y lanzó el anzuelo al agua, esperando con paciencia.
El agua se movió lentamente, y Pedro sintió un tirón suave. ¡El pez había mordido! Tiró del anzuelo con fuerza y pudo sacar al pez del agua. El pez brillaba con un color poco común, como si tuviera escamas que reflejaban la luz del sol en tonos plateados y dorados, casi como una joya viva. Pedro, temblando de emoción, abrió la boca del pez, y para su asombro…
En lugar de encontrar solo dientes o un poco de agua, dentro del pez descubrió una pequeña moneda, una dracma reluciente y brillante, que parecía contar un secreto muy especial. Pedro lo miró cuidadosamente y entendió que esa moneda era para pagar el impuesto. Pero no era una moneda cualquiera: era una que parecía traer una luz suave y cálida, como una promesa de que todo estaba bien.
Con el corazón alegre y lleno de gratitud, Pedro corrió de regreso a Jesús, que estaba esperando con una sonrisa aún más amplia.
—¿Lo encontraste? —preguntó Jesús.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.