En un tranquilo estanque rodeado de exuberante vegetación, vivía un pato llamado Lolo. Lolo era un pato muy curioso y siempre estaba explorando su entorno. Su plumaje era de un blanco inmaculado y sus ojos negros brillaban con vivacidad. Cada día, Lolo nadaba por el estanque, buscando cosas nuevas y emocionantes. Sin embargo, su curiosidad a veces lo metía en problemas.
Un día, mientras buscaba algo para comer, Lolo encontró un objeto brillante flotando en el agua. Sin pensar mucho, se acercó y lo mordió. De inmediato, sintió un sabor extraño y algo duro en su pico. Había comido un pedazo de plástico. Lolo intentó escupirlo, pero el plástico se quedó atascado en su garganta. Asustado, comenzó a hacer ruidos extraños mientras trataba de sacarlo.
En ese momento, tres niños que solían jugar cerca del estanque llegaron al lugar. Paulina, una niña de diez años con el cabello largo y castaño, fue la primera en notar que algo andaba mal con Lolo. Sus amigos, Violeta y Mateo, no tardaron en unirse a ella. Violeta, con su cabello rubio y rizado, y Mateo, con su cabello negro y corto, miraron al pato con preocupación.
—¿Qué le pasa a Lolo? —preguntó Violeta, con la voz llena de alarma.
Paulina se acercó con cuidado al borde del estanque y observó al pato.
—Creo que ha comido algo que no debía —dijo Paulina, señalando el plástico que asomaba del pico de Lolo.
Mateo, siempre práctico, se inclinó y tomó una rama larga y delgada.
—Tal vez podamos ayudarlo con esto —sugirió, extendiendo la rama hacia Lolo.
Lolo, viendo la rama acercarse, se puso más nervioso y comenzó a aletear frenéticamente. Paulina, con su voz calmada y dulce, intentó tranquilizarlo.
—Tranquilo, Lolo. Solo queremos ayudarte —dijo, extendiendo una mano hacia él.
El pato, reconociendo la voz de Paulina, se calmó un poco. Paulina tomó la rama de Mateo y, con mucho cuidado, trató de sacar el plástico del pico de Lolo. Después de varios intentos, finalmente logró liberar al pato del objeto extraño. Lolo agitó sus alas en agradecimiento y nadó hacia Paulina, frotando su pico contra su mano.
—¡Lo logramos! —exclamó Violeta, saltando de alegría.
—Pero esto es un problema serio —dijo Mateo, mirando el plástico en el agua—. Necesitamos asegurarnos de que el estanque esté limpio para que esto no vuelva a pasar.
Los tres amigos se pusieron manos a la obra. Recogieron bolsas y guantes que habían traído para sus meriendas y comenzaron a limpiar el estanque. Paulina, Violeta y Mateo recogieron todo tipo de basura: botellas, envoltorios de caramelos y más pedazos de plástico. Mientras limpiaban, Lolo nadaba cerca de ellos, observando con curiosidad.
Mientras recogían la basura, los niños comenzaron a hablar sobre la importancia de mantener el medio ambiente limpio.
—Es increíble cuánta basura hay aquí —dijo Paulina, suspirando—. Los animales como Lolo pueden lastimarse.
—Deberíamos contarle a la gente sobre esto —sugirió Violeta—. Tal vez podamos organizar una campaña de limpieza.
Mateo asintió con entusiasmo.
—Sí, y podemos hacer carteles y folletos para concienciar a las personas sobre la contaminación y cómo afecta a los animales.
Esa tarde, después de terminar de limpiar el estanque, los tres amigos se sentaron bajo un árbol para descansar. Lolo se unió a ellos, acurrucándose cerca de Paulina.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.