Érase una vez una preciosa niña que siempre llevaba una capa roja con capucha para protegerse del frío. Por eso, todo el mundo la llamaba Caperucita Roja. Caperucita vivía en una casita cerca del bosque, un lugar lleno de árboles altos, flores coloridas y canciones de pajaritos. Allí, con su mamá, pasaba los días felices, jugando y aprendiendo cosas nuevas.
Un día, mientras el sol brillaba suavemente, la mamá de Caperucita la llamó con voz dulce:
– Hija mía, tu abuelita está un poquito enferma. He preparado una cestita con tortas y un tarrito de miel para que se la lleves. ¡Ya verás qué contenta se pone cuando te vea!
Caperucita saltó de alegría y dijo:
– ¡Estupendo, mamá! Yo también tengo muchas ganas de ir a visitarla – y abrazó a su mamá con mucho cariño.
Pero justo cuando Caperucita se disponía a salir de casa con su cesta, su mamá la miró con gesto un poco serio y le hizo una advertencia:
– Ten mucho cuidado, cariño. No te entretengas con nada y no hables con extraños. Sabes que en el bosque vive el lobo y es muy peligroso. Si ves que aparece, sigue tu camino sin detenerte.
Caperucita respondió con firmeza:
– No te preocupes, mamita. Tendré en cuenta todo lo que me dices.
Entonces, su mamá le dio un besito en la frente y dijo:
– Está bien, confío en ti. Dame un besito y no tardes en regresar.
– Así lo haré, mamá – afirmó la niña, sonriendo mientras decía adiós con su manita y se alejaba.
Caminando por el sendero del bosque, Caperucita Roja comenzó a prestar atención a todo lo que la rodeaba. Los pajaritos cantaban alegres, y el viento suave movía las hojas de los árboles. De repente, vio unas flores hermosas de colores brillantes y decidió recoger algunas para llevarle a su abuelita. Mientras jugaba y recogía las flores, no se dio cuenta de que alguien la estaba observando desde detrás de un arbusto.
Ese alguien era el Lobo, un animal grande y astuto que vivía en el bosque. Tenía un pelaje oscuro, orejas largas y unos ojos muy vivos que brillaban con picardía. El lobo había escuchado las palabras de mamá Caperucita sobre la cestita con tortas y miel, y se le ocurrió un plan para aprovecharse de la inocencia de la niña.
El lobo salió despacio de su escondite, meneando la cola para no asustar a Caperucita. Con voz amable, dijo:
– Hola, niña de capa roja. ¿Adónde vas por este camino tan bonito?
Caperucita se sorprendió un poco pero recordó la advertencia de su mamá. Sin embargo, quiso ser educada y contestó:
– Voy a casa de mi abuelita, que está enferma. Le llevo una cestita con tortas y miel para que se ponga mejor.
El lobo sonrió de oreja a oreja y pensó rápido:
– Pues debes seguir el camino que pasa por el prado de las mariposas, es más corto y lleno de flores. Allí tu abuelita estará seguro contenta al verte. Yo tomaré el camino más largo.
Caperucita, confiando en las palabras del lobo, decidió cambiar un poco su ruta y se desvió para pasar por el prado. Mientras tanto, el lobo se fue corriendo por el camino más corto hacia la casa de la abuelita, que estaba al otro lado del bosque.
La abuelita vivía en una casita pequeña y acogedora, rodeada de jardínes, donde recogía flores y frutas para preparar dulces. Al llegar, el lobo tocó la puerta con rapidez. La abuelita, enferma y sin fuerzas, abrió la puerta con dificultad. Cuando vio al lobo, que disfrazó su voz con voz suave para engañarla, no se asustó porque pensó que era Caperucita.
– Abuelita, soy yo, tu nieta. Te traigo tortas y miel para que te mejores – dijo el lobo con voz dulce.
La abuelita se acercó a abrirle la puerta y el lobo aprovechó para entrar rápidamente y esconderla en un armario. Luego se puso la bata y el gorro que usaba la abuelita y se metió en la cama, esperando a Caperucita Roja.
Mientras tanto, Caperucita, contenta con las flores que había recogido, siguió caminando hacia la casa de su abuelita. En el camino, sintió que algo no estaba bien. Recordó la advertencia de su mamá y pensó que no debía distraerse tanto. Aceleró el paso, pero entonces se encontró con el cazador del pueblo.
El cazador era un hombre grande y amable que cuidaba el bosque para proteger a todos los animalitos y mantenerlo limpio y seguro. Llevaba un sombrero grande, botas de cuero y un lazo colgando de su cinturón.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.