Cuentos Clásicos

La caída de un imperio y el germen de la justicia

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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En un tranquilo pueblo mexica, rodeado por verdes montañas y ríos cantarines, vivía un joven llamado Itzcóatl. Desde pequeño, Itzcóatl se había sentido muy unido a la naturaleza; amaba escuchar el canto de los pájaros, observar cómo las mariposas danzaban entre las flores y aprender el secreto de cada planta y árbol. Pero no solo eso, él era aprendiz de sacerdote en el templo principal de su pueblo, un lugar donde se enseñaban las historias de sus antepasados y los misterios de sus dioses.

Un día, mientras caminaba por la orilla del gran lago Texcoco, Itzcóatl vio algo que nunca había imaginado. Del horizonte, sobre las aguas, llegaron unas embarcaciones extrañas, con velas blancas que brillaban al sol. En ellas venían hombres barbudos, cubiertos con armaduras brillantes y armas metálicas que relucían. Al frente de ellos, viajaba un español llamado Hernán Cortés, un hombre decidido y con una mirada que parecía esconder planes muy claros.

Itzcóatl miraba desde lejos, con el corazón latiendo fuerte y la mente llena de preguntas. ¿Quiénes serían esos hombres? ¿Querían paz o guerra? Pronto, se enteró de que no solo habían llegado a su tierra, sino que buscaban conquistarla. Hernán Cortés comenzó a recorrer los caminos y a visitar los pueblos cercanos, no siempre con la espada en mano, sino también con palabras y promesas.

El joven Itzcóatl escuchó relatos de cómo Cortés pactaba con algunas tribus que no querían seguir al imperio mexica, ofreciéndoles ayuda para librarse de Moctezuma, el poderoso emperador. Moctezuma, sabio y valiente, se encontraba dividido entre defender su ciudad y tratar de comprender a estos extraños visitantes que llegaron del oriente, con dioses y costumbres desconocidas.

El ambiente en Tenochtitlán empezó a cambiar. Las calles que antes se llenaban de fiesta y cantos ahora quedaban en silencio o se llenaban de susurros temerosos. Las granjas y mercados, los templos y palacios, todos parecían atrapados en una espera incierta. Itzcóatl, ahora con el paso de los meses más consciente de la historia que estaba viviendo, veía cómo sus hermanos y hermanas luchaban con el miedo y la incertidumbre.

Fue una época difícil. Los dioses que habían protegido y guiado a su pueblo parecían perder fuerza ante las nuevas creencias y costumbres traídas por los hombres barbudos. La gran ciudad de Tenochtitlán, con sus canales y jardines, cayó finalmente en manos de los españoles y sus aliados. Moctezuma murió, y con él, un gran capítulo de la historia indígena parecía llegar a su fin.

Después de la conquista, los pueblos indígenas fueron sometidos a reglas duras y muchos fueron obligados a trabajar como esclavos. Sus dioses fueron olvidados o reemplazados, y sus costumbres, vistas como antiguas y erróneas. Itzcóatl, ahora un hombre mayor, caminaba por las calles que él había conocido siempre, pero que ahora se veían diferentes, con nuevas voces y nuevas reglas. Su pueblo sufría, pero su corazón nunca perdió la esperanza.

Un día, mientras enseñaba a un grupo de niños en una pequeña escuela hecha de adobe y madera, Itzcóatl les habló sobre tiempos antiguos y también sobre un cambio lejano que empezaba a gestarse. Les contó que en tierras muy lejos, en un lugar llamado España, algunas personas empezaban a preguntarse si los indígenas, a quienes llamaban “indios”, también eran humanos con alma, iguales a todos los demás.

Entre esas personas estaba un hombre llamado Fray Bartolomé de las Casas, un sacerdote que había viajado a América y que veía con tristeza y preocupación el maltrato hacia pueblos como el de Itzcóatl. Fray Bartolomé escribió y habló mucho para que el rey Carlos V entendiera la injusticia que ocurría en estas tierras lejanas.

Gracias a sus esfuerzos, el rey promulgó en 1542 unas reglas llamadas las “Leyes Nuevas”. Estas leyes protegían a los indígenas, prohibían que fueran esclavizados y exigían que recibieran un trato digno. Aunque la conquista ya no se podía deshacer, estas nuevas normas sembraron la semilla de la justicia y la esperanza.

Itzcóatl se dedicó entonces a aprender no solo sus antiguas lenguas y tradiciones, sino también el idioma y las costumbres de los españoles. Se convirtió en un traductor y maestro respetado, que enseñaba a los niños no solo la historia de su pueblo, sino también sus derechos y las nuevas oportunidades que comenzaban a surgir.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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