Había una vez, en un reino lejano, un niño llamado El Año Nuevo y su amiga inseparable Io. El Año, con su túnica azul y cinturón dorado, tenía una mirada curiosa y llena de esperanza. Io, con su largo cabello negro trenzado y su capa verde con detalles dorados, siempre estaba a su lado, lista para cualquier aventura.
Un día, mientras exploraban el bosque cercano a su aldea, encontraron un sendero oculto que nunca antes habían visto. Este sendero estaba iluminado por árboles resplandecientes y flores que emitían un brillo suave y mágico. Sin dudarlo, El Año y Io decidieron seguir el camino, emocionados por lo que podrían descubrir.
Mientras avanzaban, el bosque se volvió cada vez más encantador. Mariposas de colores brillantes revoloteaban a su alrededor, y pequeños animales los observaban con curiosidad desde sus escondites. El aire estaba lleno de un suave aroma a flores y miel. El Año y Io no podían creer lo hermoso que era aquel lugar.
Después de caminar un rato, llegaron a un claro donde encontraron una pequeña fuente de agua cristalina. Junto a la fuente, había una roca con una inscripción antigua. El Año, siempre curioso, se acercó para leerla.
—Mira, Io, esta inscripción habla de un deseo mágico que puede cumplirse cada Año Nuevo —dijo El Año con entusiasmo.
Io, con una sonrisa, se acercó a la fuente y miró su reflejo en el agua. —¿Y qué deseas tú, El Año? —preguntó con curiosidad.
El Año pensó por un momento antes de responder. —Yo no quiero que me traiga nada nuevo, Io. Lo único que quiero es que no se lleve lo que ya tengo.
Io lo miró con asombro. —¿Qué quieres decir?
El Año comenzó a enumerar sus deseos: —No quiero que se lleve el plato que nos alimenta, la manta que nos abriga, la luz que nos ilumina, la sonrisa de mis hijos, la salud como tesoro, el trabajo como sustento. Que no se lleve lo que ya tengo, que no se lleve el techo que nos cobija, la amistad, la compañía, los abrazos, las caricias, los «te quiero», los «te amo», los besos… que no se lleve los sueños ni los trocitos del corazón que forman cada persona que llevo ahí dentro.
Io se quedó en silencio, reflexionando sobre las palabras de su amigo. Luego, tomó la mano de El Año y la apretó suavemente. —Es un deseo muy hermoso, El Año. Y creo que este lugar mágico lo puede conceder.
Juntos, se arrodillaron frente a la fuente y cerraron los ojos, deseando con todas sus fuerzas que su petición fuera escuchada. En ese momento, una brisa suave los envolvió y el agua de la fuente comenzó a brillar con más intensidad.
—Siento que algo está sucediendo —susurró Io.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.