Max vivía con sus papás en una casita sencilla, muy cerca de un bosque grande que parecía un rincón mágico lleno de secretos. Pero últimamente Max no se sentía como siempre. Cada mañana se levantaba sin ganas, se enojaba por cosas pequeñitas y luego se sentía triste por haber reaccionado así. No sabía muy bien qué le pasaba, sólo sentía que algo dentro de él estaba revuelto, como si sus sentimientos jugaran a esconderse y aparecer sin avisar.
Una tarde que había sido especialmente difícil, Max decidió tomar un camino hacia el bosque. Pensó que el silencio y la frescura del lugar le ayudarían a pensar con calma y a sentirse mejor. Cuando llegó a la entrada del bosque, el sol se filtraba entre las hojas de los árboles, dándole a todo una luz suave y mágica. Max empezó a caminar lentamente, prestando atención a los sonidos, al olor a tierra mojada y al canto de los pajaritos.
Caminando y pensando, Max llegó a un lugar donde vio un hongo muy especial que brillaba con un tono azul casi transparente. El hongo parecía frágil y, de repente, con una voz dulce y suave, le habló:
—Hola, Max —dijo el Hongo Azul—. A veces, cuando nuestro interior está revuelto, sentimos cansancio y ganas de estar solos. A veces ni siquiera podemos decir por qué nos sentimos así, y está bien. No siempre tenemos que explicar todo lo que pasa dentro de nosotros.
Max se detuvo muy quieto y escuchó atentamente. El Hongo Azul parecía entender justo lo que él sentía dentro. Las palabras del hongo le hicieron sentir un poco de paz, como si alguien le hubiera dado permiso para no ser perfecto y para tener días donde no todo está bien.
—Gracias, Hongo Azul —dijo Max muy bajito—. Creo que eso es lo que me pasa.
El Hongo Azul sonrió y le dijo que podía seguir su camino y que el bosque estaría ahí para cuidarlo. Max siguió adelante, notando que algo dentro de él se sentía un poquito más tranquilo. Pero todavía tenía en la cabeza aquellas pequeñas cosas que le habían molestado en casa, en la escuela, con sus amigos.
Fue entonces cuando vio, justo a un costado del camino, una figura pequeñita y alegre que saltaba entre las hojas. Era un Duende Rojo con un gorro puntiagudo y una sonrisa brillante.
—Hola, Max —saltó el Duende—. Si te sientes enojado, es bueno recordarlo y decirlo. Guardar el enojo dentro puede hacer que te duela el corazón. ¿Quieres que te cuente un secreto para que ese enojo se transforme en energía?
Max, curioso, asintió. El Duende Rojo le explicó que podía imaginar su enojo como una chispa roja que se convertía en luz brillante y en ganas de hacer cosas bonitas. Que cuando uno siente enojo, es como si tuviera fuego dentro, y ese fuego puede ayudar a ser valiente o a hacer algo bueno, pero nunca a lastimarse ni a lastimar a otros.
—¿Quieres intentarlo conmigo? —preguntó el Duende.
Max respiró hondo, cerró los ojos por un momento y pensó en esa chispa roja que tenía dentro. Imaginó cómo ese fuego se hacía una luz que iluminaba su pecho. Cuando abrió los ojos, el Duende le sonrió y dijo:
—Muy bien, Max, así se hace.
Más adelante, Max siguió caminando y encontró a una Tortuga Verde que caminaba con calma sobre el musgo. La tortuga tenía ojos sabios y una voz lenta y tranquila.
—Hola, joven Max —dijo la Tortuga Verde—. La paciencia es amiga de los sentimientos difíciles. Cuando sentimos que todo está revuelto, a veces lo mejor es respirar despacio y esperar que todo se calme. ¿Quieres que te enseñe a respirar con la tranquilidad del bosque?
Max asintió otra vez con ganas.
La Tortuga Verde le mostró cómo respirar profundo, primero llenando la barriguita como si fuera un globo, luego dejando salir el aire despacito. Juntos hicieron algunas respiraciones, y Max empezó a sentir que su pecho no estaba tan apretado ni tan revuelto.
—Cuando el corazón pesa mucho, la paciencia y la respiración pueden ayudar a que las cosas se acomoden —dijo la Tortuga—. Es como el río que nunca se cansa de correr, aunque encuentre piedras en el camino.
Max se despidió con gratitud y siguió su paseo por el bosque, ya sintiéndose un poco más fuerte.
De repente, del follaje amarillo, apareció Ada Amarillo, una hada con un vestido brillante y alas que brillaban como el sol. Ada tenía una risa alegre que parecía música, y al verla, Max quiso sonreír también.
—Hola, Max —dijo Ada—. Sé que estás un poco perdido por dentro, pero quiero recordarte que la alegría siempre está cerca, incluso cuando no la vemos de inmediato.
Ada tomó las manos de Max con suavidad y lo invitó a mirar a su alrededor. Cerca, pequeñas flores amarillas bailaban con el viento, y un par de mariposas revoloteaban felices.
—A veces, la alegría está en las cosas más simples: una sonrisa, un abrazo, una flor, o una canción —le dijo Ada—. Y aunque nuestra alma esté triste, un poco de luz puede entrar para ayudar a que vuelva a brillar.
Max miró las flores y las mariposas, sintiendo un cosquilleo amable en su pecho. Pensó en su mamá y su papá, en sus amigos, y empezó a recordar momentos que lo hacían reír. Sentía que dentro de él comenzaba a crecer una luz cálida que lo hacía sentir menos solo.
Mientras caminaba hacia la salida del bosque, Max se dio cuenta de que el bosque no sólo era un lugar lleno de árboles y bichitos, sino también un lugar donde podía encontrar respuestas a lo que sentía. Como si el bosque tuviera el poder de cuidar las emociones revueltas y traer paz cuando el corazón está inquieto.
Al llegar a la casa, el cielo estaba pintado de colores naranjas y rosados, y Max sintió que podía contar a sus papás lo que pasaba dentro de él. Ya no tenía prisa por explicar todo, pero sabía que sus sentimientos tenían nombre y que estaba bien sentirlos, como le habían enseñado el Hongo Azul, el Duende Rojo, la Tortuga Verde y Ada Amarillo.
Esa noche, Max se durmió tranquilo, sabiendo que siempre podría volver al bosque mágico que lo había ayudado a encontrar calma, a convertir su enojo en luz, a respirar con paciencia y a sentir la alegría que nace del interior, incluso cuando todo parece difícil.
Y así, Max aprendió que cuidar el camino que tenemos dentro es tan importante como caminar por el bosque, y que en cada rincón siempre hay un amigo, una voz suave, una enseñanza que nos ayuda a sanar el alma. Porque a veces, la aventura más grande es la que recorremos en nuestro corazón.
Cuentos cortos que te pueden gustar
La Aventura de Amy y la Nutri Madrina
Galana, la Rana de la Charca Dorada
El Bosque de los Sueños
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.