En los años 70, en un pequeño pueblo de Buenos Aires, vivían tres amigos inseparables: Tomás, Nataly y Lucas. Este trío compartía una pasión por las historias de misterio y aventuras, y pasaban sus días explorando cada rincón del pueblo en busca de algo emocionante que hacer. El pueblo era tranquilo, con sus calles empedradas, casas antiguas y un aire nostálgico que envolvía cada esquina.
Un día, mientras caminaban por una calle poco transitada, encontraron una vieja casa abandonada al final de la cuadra. La casa tenía un aire misterioso, con ventanas rotas y una puerta que se balanceaba ligeramente con el viento. Intrigados, decidieron explorarla. Lucas, el más valiente del grupo, empujó la puerta y entraron en la oscuridad.
El interior de la casa estaba cubierto de polvo y telarañas. Los muebles viejos y rotos y el crujir del suelo bajo sus pies añadían un toque inquietante. Mientras exploraban, encontraron una habitación en el sótano que les llamó la atención. La habitación estaba vacía, excepto por un objeto peculiar en la pared: un teléfono negro antiguo. Parecía fuera de lugar, como si no perteneciera a ese tiempo ni a ese lugar.
—¿Creen que funcione? —preguntó Nataly, acercándose con cautela al teléfono.
—Solo hay una forma de averiguarlo —respondió Tomás, levantando el auricular.
Para su sorpresa, escucharon un leve zumbido en la línea, pero antes de que pudieran decir algo, el teléfono sonó. Los tres amigos se miraron, sorprendidos y asustados a la vez. Lucas, con valentía, tomó el auricular y dijo:
—Hola, ¿quién habla?
Del otro lado de la línea, una voz susurrante respondió:
—Ayúdenme, por favor. Estoy atrapado en el tiempo.
Los niños se quedaron en silencio, sin saber cómo reaccionar. La voz continuó:
—Mi nombre es Mateo. Hace muchos años, fui atrapado en esta casa por un hechizo. Necesito que encuentren la llave para liberarme.
Tomás, Nataly y Lucas se miraron, comprendiendo que habían encontrado la aventura que tanto habían buscado. Decidieron ayudar a Mateo, sin saber las pruebas y desafíos que les esperaban.
La voz de Mateo les dio instrucciones para encontrar la llave. Les explicó que debían buscar tres objetos mágicos escondidos en el pueblo, cada uno guardado por un guardián que probaría su valor y coraje. Sin dudarlo, los amigos se pusieron en marcha.
Su primera parada fue la biblioteca del pueblo. Según Mateo, el primer objeto, un medallón de plata, estaba escondido entre los libros antiguos. Al llegar, fueron recibidos por el bibliotecario, un hombre mayor con una mirada sabia y profunda.
—¿En qué puedo ayudarlos, niños? —preguntó el bibliotecario.
—Estamos buscando un medallón de plata —respondió Nataly, con determinación.
El bibliotecario sonrió y les condujo a una sala secreta detrás de una estantería. Allí, entre libros polvorientos, encontraron el medallón, pero cuando Lucas lo tomó, la sala se llenó de una luz brillante. El bibliotecario se transformó en un espíritu guardián y les dijo:
—Para llevarse el medallón, deben responder a esta pregunta: ¿Qué es lo más valioso que pueden encontrar en un libro?
Los niños se miraron, pensando en la respuesta. Finalmente, Tomás dijo:
—El conocimiento y la sabiduría.
El guardián asintió, satisfecho con la respuesta, y les permitió llevarse el medallón. Con el primer objeto en su poder, se dirigieron al segundo lugar indicado por Mateo: el viejo molino del pueblo.
Al llegar al molino, fueron recibidos por el molinero, un hombre corpulento con una barba gris. Mateo les había dicho que el segundo objeto, una pluma dorada, estaba escondido allí.
—Estamos buscando una pluma dorada —dijo Lucas, sin rodeos.
El molinero los miró con curiosidad y les llevó a la parte trasera del molino, donde un viejo cofre estaba escondido bajo el suelo de madera. Al abrirlo, encontraron la pluma dorada, pero antes de que pudieran tocarla, el molinero se transformó en otro espíritu guardián.
—Para llevarse la pluma, deben demostrar su coraje. Uno de ustedes debe cruzar el río embravecido y traer de vuelta una flor azul que crece en la otra orilla.
Sin dudarlo, Nataly se ofreció a hacerlo. Sus amigos intentaron detenerla, pero ella estaba decidida. Cruzó el río con valentía, luchando contra la corriente, y regresó con la flor azul en la mano. El guardián, impresionado por su coraje, les entregó la pluma dorada.
El último objeto, un reloj de bolsillo antiguo, estaba escondido en el cementerio del pueblo. Esta vez, los niños sentían un poco de miedo, pero sabían que debían seguir adelante. Al llegar al cementerio, fueron recibidos por el cuidador, un hombre alto y delgado con una expresión seria.
—Estamos buscando un reloj de bolsillo antiguo —dijo Tomás, tratando de sonar valiente.
El cuidador los llevó a una cripta en el fondo del cementerio. Dentro, encontraron el reloj, pero al tocarlo, el cuidador se transformó en el último espíritu guardián.
—Para llevarse el reloj, deben demostrar su lealtad y amistad. Uno de ustedes debe quedarse aquí mientras los otros dos completan el ritual para liberar a Mateo.
Lucas se ofreció a quedarse, confiando en sus amigos. Tomás y Nataly tomaron el reloj y regresaron a la casa abandonada, siguiendo las instrucciones de Mateo para completar el ritual. Al llegar, colocaron los tres objetos mágicos en el teléfono negro y pronunciaron las palabras que Mateo les había enseñado.
El teléfono comenzó a brillar intensamente y, de repente, Mateo apareció frente a ellos. Era un joven con una expresión agradecida.
—Gracias por liberarme. Han demostrado valor, sabiduría y lealtad. Ahora puedo descansar en paz —dijo Mateo, antes de desaparecer en una nube de luz.
Lucas se reunió con sus amigos, aliviado de verlos sanos y salvos. Los tres se abrazaron, sabiendo que habían vivido una aventura única que fortalecería su amistad para siempre.
Con el misterio resuelto y Mateo libre, los amigos regresaron a sus vidas cotidianas, pero nunca olvidaron la experiencia que compartieron. La casa abandonada fue demolida poco después, y en su lugar se construyó un parque, un lugar donde los niños del pueblo podían jugar y crear sus propias aventuras.
Tomás, Nataly y Lucas continuaron siendo amigos inseparables, siempre recordando la lección más importante que aprendieron: la verdadera magia reside en el valor, la sabiduría y la lealtad que compartimos con nuestros seres queridos.
Fin.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.