Cuentos de Fantasía

En el Jardín de la Luz Lunar Bailan las Flores que Hablan

Lectura para 6 años

Tiempo de lectura: 4 minutos

Español

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Había una vez una niña llamada Luna, que vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas y bosques encantados. Luna era una niña curiosa y valiente, siempre deseosa de explorar el mundo que la rodeaba. Tenía grandes ojos azules que brillaban como estrellas y una sonrisa que iluminaba hasta los días más nublados.

Cada tarde, después de terminar sus tareas, Luna se aventuraba en el bosque detrás de su casa. Allí, los árboles susurraban secretos y los pájaros cantaban melodías dulces. Un día, mientras caminaba por un sendero cubierto de flores silvestres, se encontró con su mejor amiga, Valeria. Valeria era una niña alegre y risueña con cabellos dorados como el sol. Siempre estaba inventando juegos y aventuras, y juntas compartían un lazo especial, como dos estrellas que brillaban en la misma noche.

—¡Luna, ven rápido! —gritó Valeria mientras saltaba emocionada—. ¡He encontrado algo increíble!

Luna corrió hacia su amiga y la siguió hasta un claro del bosque, donde el sol filtraba sus rayos a través de las hojas. En el centro del claro, había un jardín extraordinario, lleno de flores de todos los colores del arcoíris. Pero lo más asombroso de aquel jardín era que las flores no solo eran hermosas, sino que también parecían estar hablando.

—¿Has visto alguna vez algo así? —preguntó Valeria asombrada.

—¡Nunca! —respondió Luna, con los ojos bien abiertos—. ¡Vamos a escuchar lo que dicen!

Ambas se acercaron a las flores, y al instante, comenzaron a oír sus melodiosas voces.

—¡Hola, amigas! —dijeron en coro las flores—. Bienvenidas al Jardín de la Luz Lunar.

Luna y Valeria se miraron emocionadas. Inmediatamente, quisieron saber más.

—¿Por qué se llama así? —preguntó Luna.

—Porque solo en noches de luna llena, cobramos vida —respondió una flor de un brillante color violeta—. Nos encanta bailar bajo la luz de la luna y contar historias.

Valeria, siempre llena de energía, exclamó:

—¡Oh, qué bien! ¡Nos encantaría quedarnos y escuchar esas historias!

—¿Y cómo podemos hacerlo? —preguntó Luna, con la ilusión iluminando su rostro.

—Tendrán que ayudarnos a preparar nuestra fiesta lunar —dijo una flor amarilla, que parecía ser la más anciana de todas—. Si nos ayudan, les contaremos el más maravilloso cuento de todas nuestras vidas.

Las niñas asintieron entusiasmadas. No podían imaginar un mejor plan. Entonces, las flores comenzaron a guiarlas por el jardín, mostrando cómo debían recoger pétalos frescos, germinar semillas mágicas y recoger pequeñas piedras brillantes que sirvieron para adornar el jardín.

Mientras trabajaban, las flores cantaban canciones que resonaban en el aire, llenándolo con melodías alegres. Luna y Valeria, riendo y jugando, se unían a las canciones, creando un ambiente de felicidad.

En medio de la diversión, un pequeño conejo se acercó a las niñas. Tenía grandes orejas y un pelaje suave y blanco como la nieve.

—¡Hola! —dijo el conejo, saltando felizmente—. Soy Nube, el guardián de este jardín. ¿Qué hacen aquí?

—Estamos ayudando a las flores para la fiesta lunar —respondió Valeria, con una gran sonrisa—. ¡Queremos escuchar historias!

Nube, con su mirada curiosa, decidió unirse a las niñas y las flores en la preparación. Desde ese momento, el jardín se llenó de risas y alegría mientras todos colaboraban.

Con el trabajo concluido, el sol se comenzaba a ocultar, y el cielo se llenaba de tintes naranja y rosa. Las flores empezaron a prepararse para la noche mágica. De repente, la luna apareció, brillando más que nunca.

—¡Es hora de la fiesta! —anunciaron las flores—. ¡Bailen, bailen!

Al sonar esa alegre invitación, todos comenzaron a bailar. Las flores se movían con gracia, Nube saltaba, y Luna y Valeria giraban y reían bajo la luz de la luna, que iluminaba todo el jardín como un sol nocturno. Era un espectáculo impresionante; las flores parecían brillar y llenarse de vida, creando un espectáculo mágico.

—Ahora, contaremos las historias —dijo la flor dorada—. ¡El primero en contar será Nube!

El pequeño conejo se puso frente a todos, y comenzando a contar una historia sobre una vez que un grupo de animales salvó a su hogar del frío invierno. Nube relató cómo habían trabajado juntos para encontrar comida y refugio, aprendiendo así la importancia de la amistad y la colaboración.

Las niñas escucharon atentamente, cautivadas por la emocionante narración. Luego, fue el turno de una flor azul que habló de un mágico río que conectaba mundos lejanos, donde los sueños y la realidad se entrelazaban. Valeria y Luna estaban asombradas al escuchar relatos tan fantásticos, creando imágenes brillantes en sus mentes.

Después, todas las flores compartieron sus historias, unas más divertidas y otras un poco más serias, pero todas llenas de enseñanzas. Valeria comenzó a pensar en lo afortunadas que eran de estar allí, ya que las historias llevaban no solo entretenimientos, sino también lecciones sobre el valor de la vida y la amistad.

—Y ahora, el último cuento —anunció la flor más anciana—. Esta es una historia que nunca hemos compartido antes, y es sobre la Luna, la amiga más brillante de todas las flores.

Las niñas se miraron con curiosidad. La flor anciana empezó su relato sobre cómo cada noche, la luna descendía al jardín, trayendo luz y alegría, ayudando a las flores a florecer y crecer. La historia narraba cómo la luna se preocupaba por cada una de ellas, asegurándose de que siempre tuvieran suficiente luz cada noche.

Las flores sonrieron al recordar esos momentos y, al terminar la historia, bailaron de alegría.

Luna sintió algo especial al escuchar esos relatos. En ese instante, se dio cuenta de que era parte de algo mucho más grande, y la amistad, el amor y la alegría eran tesoros invaluables. Agradeció a las flores y a Nube por la maravillosa noche llena de cuentos y risas.

Mientras la velada llegaba a su fin, Nube dijo:

—Si alguna vez quieren volver, solo deben mirar al cielo y hacer un deseo a la luna. Ella siempre escuchará.

Con el corazón lleno de gratitud, Luna y Valeria prometieron regresar al jardín de la luz lunar. Las flores les dijeron adiós con voces suaves y melodiosas, mientras ellas se alejaban, sintiendo que habían vivido una aventura mágica.

Al regresar a casa, Luna y Valeria estaban repletas de alegría y emoción. Sabían que habían llegado a un lugar especial, donde los sueños eran reales y las flores hablaban. Ellas también habían aprendido que, en el camino de la vida, la amistad, la creatividad y la bondad siempre alumbran como las estrellas en el cielo.

Esa noche, mientras se acurrucaban en sus camas, Luna miró por la ventana hacia la luna llena que brillaba con fuerza. Sus ojos se llenaron de ternura al recordar las historias, las risas y la alegría del jardín.

—Valeria —susurró—, dudo que nunca olvidemos esta noche.

—Nunca —respondió su amiga con una sonrisa—. Y siempre podremos regresar a nuestro hermoso jardín.

Así, con los corazones alegres, ambas amigas se dejaron llevar por los sueños, imaginando mil y una aventuras más, porque en el Jardín de la Luz Lunar, donde las flores bailan y hablan, siempre hay lugar para la magia y la amistad. Y así, terminó otro día, pero la historia apenas comenzaba a florecer, como las flores en su jardín mágico, prometiendo regresar bajo la luz de la luna para vivir nuevas aventuras que seguirían llenando sus vidas de sueños y sonrisas felices.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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