En un pequeño pueblo rodeado de colinas verdes y bosques densos, vivían tres amigos inseparables: David, Luna y Maycol. David era un niño con el cabello castaño corto y ojos llenos de curiosidad. Luna, una niña con largos cabellos rubios y una risa contagiosa, siempre tenía una sonrisa en su rostro. Maycol, con su cabello negro rizado y su actitud valiente, era el líder natural del grupo.
Un día, mientras exploraban el bosque encantado que bordeaba su pueblo, los tres amigos tropezaron con algo extraordinario. En un claro del bosque, rodeado de árboles altos y luminosos, encontraron una flor que brillaba con una luz mágica. La flor tenía pétalos de colores vibrantes que cambiaban constantemente, como si estuvieran vivos.
«¡Miren eso!» exclamó Luna, señalando la flor. «Nunca había visto algo así».
David se acercó con cautela, fascinado por la belleza de la flor. «Es increíble», dijo. «Debe ser una flor mágica».
Maycol, siempre el más aventurero, se agachó para observarla de cerca. «Debemos averiguar qué hace esta flor. Podría ser la clave de un gran secreto», sugirió.
Mientras los tres amigos discutían qué hacer, un suave susurro llenó el aire. «Bienvenidos, jóvenes aventureros», dijo una voz melodiosa. Los niños se miraron sorprendidos y buscaron el origen de la voz. La flor mágica estaba hablando.
«Soy Florinda, la flor mágica del bosque encantado», continuó la flor. «He estado esperando a alguien digno de mi magia. Aquellos que demuestren valentía, sabiduría y amabilidad podrán desvelar mis secretos».
Los niños estaban asombrados. Nunca habían escuchado de una flor que hablara, y mucho menos una que prometiera magia. «¿Qué debemos hacer para probar nuestra valía?» preguntó David, con ojos brillantes de emoción.
Florinda les explicó que tenían que completar tres pruebas en diferentes partes del bosque. Cada prueba pondría a prueba una cualidad esencial: valentía, sabiduría y amabilidad. Los niños aceptaron el desafío sin dudarlo.
La primera prueba los llevó a un puente colgante que cruzaba un profundo cañón. El puente estaba viejo y parecía frágil, con tablas de madera que crujían bajo cualquier peso. «Esta es la prueba de la valentía», dijo Florinda. «Deben cruzar el puente sin mirar atrás».
Maycol fue el primero en ofrecerse. «Yo cruzaré primero», dijo, y con pasos decididos, comenzó a caminar sobre el puente. A pesar del miedo que sentía, no dudó ni un momento y logró cruzar al otro lado. «¡Lo hice!» gritó, animando a sus amigos a seguirlo.
Luna y David, inspirados por el coraje de Maycol, cruzaron el puente uno tras otro. Al llegar al otro lado, la flor mágica brilló con más intensidad. «Han demostrado gran valentía», dijo Florinda. «Ahora, sigan adelante para la siguiente prueba».
La segunda prueba los llevó a un claro lleno de acertijos y enigmas. En el centro del claro había una gran roca con inscripciones misteriosas. «Esta es la prueba de la sabiduría», explicó Florinda. «Deben resolver el enigma para avanzar».
David, quien era conocido por su amor a los libros y su habilidad para resolver problemas, se acercó a la roca. «Déjenme intentar», dijo, y comenzó a leer las inscripciones. Tras un momento de reflexión, encontró la solución al enigma y la roca se abrió, revelando un camino secreto.
«¡Bien hecho, David!» exclamaron Luna y Maycol, admirando la inteligencia de su amigo.
«Han demostrado gran sabiduría», dijo Florinda. «Ahora, deben enfrentarse a la última prueba».
La tercera prueba los llevó a un rincón del bosque donde encontraron a un pequeño animal atrapado bajo una rama caída. Era un conejito blanco que parecía asustado y en apuros. «Esta es la prueba de la amabilidad», explicó Florinda. «Deben ayudar al conejito sin esperar nada a cambio».
Luna, siempre compasiva, se acercó al conejito y, con la ayuda de David y Maycol, levantaron la rama y liberaron al animalito. El conejito, agradecido, saltó felizmente alrededor de ellos antes de desaparecer en el bosque.
«Han demostrado gran amabilidad», dijo Florinda con una voz cálida. «Han superado todas las pruebas. Ahora, es momento de desvelar mi secreto».
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.