Había una vez, en una tierra muy lejana, un reino antiguo cuya belleza era tan impresionante como un sueño. Este reino se llamaba Drakmore, y estaba ubicado en medio de altas montañas nevadas y vastos bosques llenos de vegetación. En este lugar mágico, el aire estaba impregnado de un olor fresco a pino y tierra húmeda, y la naturaleza parecía contar historias a través de cada arroyo y brisa. Los ríos susurraban secretos antiguos, mientras que los árboles cantaban canciones de cuna a la luz de la luna. Era un lugar donde lo real y lo fantástico convivían en perfecta armonía.
En el corazón de Drakmore se encontraba un castillo majestuoso, un palacio antiguo que parecía haber sido tallado directamente desde las piedras mismas de las montañas. Sus torres apuntaban hacia el cielo como si quisieran tocar las estrellas, y sus muros estaban cubiertos de enredaderas florescientes que cambiaban de color con las estaciones. Era el hogar del rey Kalavan Parjunel Dion, un monarca único en todos los sentidos. Aunque su título decía «rey demonio de la oscuridad del sur, destructor y aniquilador», esas palabras no contaban toda la verdad. Kalavan era, de hecho, un rey bondadoso, sabio y respetado por su pueblo. Su corona, llamada la Corona del Trono Bondadoso, brillaba con una luz suave y cálida que reflejaba su corazón noble.
El rey Kalavan gobernaba con justicia y compasión desde el trono del Palacio Real, empuñando su espada legendaria, la Espada del Dios Demonio. Esta no era una espada común, sino una reliquia antigua que simbolizaba el equilibrio entre la oscuridad y la luz, el poder y la sabiduría. A su lado siempre estaban sus más fieles acompañantes: el consejero principal real, un hombre sabio llamado Maeron, conocido por sus palabras acertadas y su paciencia infinita; el valiente capitán de la guardia real, Torvik, cuyos ojos vigilantes nunca se cansaban de proteger el reino; el mayordomo real, el serio pero cariñoso Jareth; y las doncellas y jóvenes sirvientas, que cuidaban de los detalles del palacio con amor y dedicación.
Pero más allá del esplendor del palacio, en las profundidades de las montañas que rodeaban Drakmore, se encontraba el antiguo Castillo del Inframundo, un lugar envuelto en leyendas y misterios, que pocos se atrevían a visitar. Sin embargo, para el rey Kalavan, las montañas eran un refugio, un lugar donde a menudo cabalgaba para pensar y encontrarse con la naturaleza.
Un brillante día de primavera, mientras cabalgaba por el camino montañoso con su corcel negro como la noche, el rey sentía el viento frío en su rostro y escuchaba el eco de los cascos resonando entre las piedras. Los rayos del sol atravesaban los árboles y pintaban con tonos dorados el bosque bajo sus pies. Kalavan observaba las vastas montañas y los espesos bosques, reflexionando sobre el futuro de Drakmore y las nuevas generaciones que algún día gobernarían su tierra.
De repente, un pequeño sonido llamó su atención. Entre los arbustos, bajo un manto de hojas caídas, descubrió algo que jamás hubiera esperado: una bebé humana, abandonada, con los ojos cerrados y envuelta en una tela sencilla pero cálida. El silencio del bosque parecía más profundo, como si la naturaleza misma guardara la respiración ante aquel descubrimiento.
El rey desmontó lentamente de su caballo, acercándose con cuidado. La pequeña estaba intacta y tranquila, a pesar del frío de la montaña. Kalavan no sabía quién podía haberla dejado allí ni por qué, pero sintió en su corazón una fuerza poderosa que le decía que debía cuidarla. Con mucho cuidado, levantó a la bebé en sus brazos y la envolvió con una manta que llevaba en su capa.
El camino de regreso al palacio fue largo, pero el rey no dejó de pensar en la niña. Al llegar, ordenó que la trataran con los mejores cuidados, y pronto la pequeña comenzó a abrir sus ojos, revelando un brillo especial que solo los más valientes podían reconocer. Kalavan decidió llamar a la recién llegada Enisha, un nombre que en el idioma antiguo significaba «luz resplandeciente».
Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. La Princesa Enisha creció fuerte y llena de vida, con una curiosidad insaciable y una sonrisa que iluminaba todas las habitaciones del castillo. A pesar de ser humana, poseía dones sorprendentes que solo podían explicarse por la magia que impregnaba el reino. Aprendió rápidamente a caminar entre los bosques, a escuchar a los árboles que le susurraban secretos y a comprender el canto de las aves.
El rey Kalavan, aunque un líder y guerrero formidable, se convirtió también en un padre paciente y amoroso para Enisha. Le contaba historias sobre las estrellas, las criaturas mágicas que habitaban Drakmore y los valores de bondad y valentía. Enisha sentía que su lugar estaba allí, junto a aquel hombre sabio y justo que había salvado su vida.
Con el tiempo, Enisha se hizo amiga de Torvik, el capitán de la guardia, quien la enseñó a cabalgar y a sostener una espada de madera para defenderse. Maeron el consejero la instruyó en la historia y las leyendas, mientras que Jareth y las doncellas atendían sus necesidades con ternura. Enisha no era como otras niñas: su corazón estaba entrelazado con la magia de Drakmore y la fuerza del amor de su padre adoptivo.
Sin embargo, no todo en el reino era paz. A lo lejos, en las tierras más allá de las montañas, una sombra oscura comenzaba a levantarse. Un antiguo enemigo del reino, conocido solo en susurros como el Señor Zephyr, regresaba con un ejército dispuesto a conquistar y dominar Drakmore, sembrando miedo y destrucción. La amenaza crecía día a día, y Kalavan sabía que debía preparar a su pueblo.
Una noche, mientras la luna llena bañaba el castillo en su luz plateada, Enisha apareció en la sala del trono, delante de su padre. Su rostro brillaba con una determinación que sorprendió a todos. «Padre,» dijo, «sé que algo oscuro se acerca. Quiero ayudarte a proteger nuestro hogar». El rey la miró con orgullo y tristeza a la vez; sabía que la niña no solo era especial, sino que poseía un destino importante.
Kalavan decidió entonces revelarle un secreto que había guardado desde hacía tiempo. La Espada del Dios Demonio, que él el empuñaba con sabiduría, podía ser manejada solo por alguien con un corazón puro y una voluntad fuerte. «Enisha,» dijo el rey, «tú eres la luz que este reino necesita. Debes aprender a manejar esta espada y usar el poder que llevas dentro para protegernos a todos».




La Princesa real.