Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de colinas y bosques encantados, una niña llamada Anto. Anto era curiosa, alegre y siempre estaba en busca de nuevas aventuras. Le encantaba explorar su entorno, pero lo que más disfrutaba era jugar con su mejor amiga, Kiara, una niña inteligente y creativa que siempre tenía una historia mágica lista para compartir.
Un día, mientras Anto y Kiara estaban jugando en el parque, encontraron un viejo baúl cubierto de hiedra. Sus ojos se iluminaron de emoción al acercarse a la misteriosa caja. Aquel baúl parecía haber estado olvidado por años, pero un aire de magia lo rodeaba. Al abrirlo, soltaron un suspiro colectivo al ver que estaba lleno de cartas de colores brillantes. Cada carta tenía un dibujo diferente que parecía vibrar con vida.
«¡Mira, Anto!» exclamó Kiara con fascinación, «Estas cartas tienen símbolos extraños. ¡Parece que son mágicas!».
«Sí, pero… ¿qué podemos hacer con ellas?», preguntó Anto, mientras su mente empezaba a imaginar aventuras más allá de sus sueños.
Justo en ese momento, un pequeño animal se asomó detrás del baúl. Era un peculiar animalito que tenía orejas enormes y ojos brillantes. «¡Hola! Soy Kero, el guardián de las Cartas Mágicas», se presentó con una voz suave y melodiosa. «Si han encontrado el baúl, ¡entonces están a punto de embarcarse en una gran aventura!»
Anto y Kiara se miraron emocionadas. «¿Aventura? ¿Qué tipo de aventura?», preguntó Kiara ansiosa.
«Cada carta en este baúl tiene el poder de llevarlas a un mundo diferente», explicó Kero. «Pueden viajar a través del tiempo, conocer criaturas fantásticas, e incluso vivir historias de héroes y princesas. Pero deben elegir sabiamente, porque no todas las cartas son seguras».
Ambas niñas no podían contener su entusiasmo y decidieron que era hora de probar su suerte con una carta. Kero les mostró cómo funcionaba: debían concentrarse en el dibujo de la carta que eligieran y pronunciar las palabras mágicas que la acompañaban. Con un poco de nervios, Anto tomó una carta que tenía un dragón dorado dibujado en ella.
«Vamos a ver qué hay detrás de esta carta», dijo Anto con decisión. Ambas se tomaron de las manos, cerraron los ojos y pronunciaron las palabras mágicas que Kero les había enseñado.
De repente, se sintieron envueltas en una luz brillante. Era como si estuvieran flotando en el aire para luego caer suavemente en un terreno desconocido. Cuando abrieron los ojos, se encontraron en una enorme cueva. Las paredes estaban cubiertas de esmeraldas brillantes que iluminaban la caverna con un resplandor verde.
«¿Dónde estamos?», preguntó Kiara, admirando las piedras preciosas.
«En el reino de Esmeralda, hogar de los dragones”, respondió Kero, quien había aparecido de nuevo a su lado. “Este dragón es conocido por ser sabio y amable, pero también es el guardián de todas las piedras preciosas que se encuentran aquí”.
Mientras exploraban la cueva, un rugido profundo resonó en el aire, haciendo que las piedras temblaran suavemente. De la oscuridad salió un enorme dragón dorado. Tenía escamas brillantes y ojos que parecían reflejar el cielo. Era majestuoso y, a pesar de su tamaño, tenía una mirada amable.
«Bienvenidas, pequeñas aventureras», dijo con voz grave y suave. «Soy Drago, el dragón guardián. He estado esperando a los elegidos que puedan ayudarme».
Anto y Kiara intercambiaron miradas de sorpresa. «¿En qué podemos ayudarte?», preguntó Anto con valentía.
«Una sombra oscura ha caído sobre mi reino”, explicó Drago. «Un hechicero malvado ha robado mi tesoro más preciado: el Corazón del Dragón. Sin él, el reino de Esmeralda se marchitará y perderá su magia. Necesito que me ayuden a recuperarlo».
Las niñas sintieron un escalofrío de emoción. No era solo un viaje de aventura; ¡era una misión!
«¿Cómo podemos encontrarte el Corazón del Dragón?», preguntó Kiara, entusiasmada.
Drago extendió una de sus enormes alas y, con un leve movimiento, una nueva luz apareció sobre la cueva. Flotando en el aire, había un mapa brillante que mostraba el recorrido hacia el Castillo del Hechicero. «Siguiendo este mapa, llegarán al castillo. Pero deben tener cuidado, porque el hechicero ha colocado trampas para proteger su tesoro».
“¡No te preocupes, Drago!”, dijo Anto con determinación. “Estamos listas para enfrentarnos a cualquier trampa que nos arroje”.
Con eso, Anto, Kiara y Kero tomaron el mapa mágico y comenzaron su travesía hacia el castillo del hechicero. A medida que avanzaban, el paisaje cambió dramáticamente. Pasaron por bosques encantados llenos de criaturas fantásticas como unicornios y hadas, que los saludaban con sonrisas y danzas. En cada paso que daban, la magia del lugar se hacía más intensa.
Después de horas de caminata, llegaron a una puerta imponente que resguardaba el castillo. Era oscura y cubierta de enredaderas, con un gran símbolo de un dragón tallado en la madera. Justo cuando se acercaron, la puerta comenzó a abrirse lentamente, como si alguien los estuviera esperando.
Dentro, el castillo estaba en penumbras, y había ecos de risas malvadas resonando por los pasillos. En la distancia, podían ver al hechicero, un hombre de cabello largo como la noche y ojos sombríos. Su risa resonaba con un eco escalofriante.
«¿Qué tenemos aquí? Unas simples criaturas han venido a desafiarme», dijo el hechicero, con una sonrisa burlona. «¿Creen que podrán recuperar el Corazón del Dragón?»
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.