En un rincón secreto del bosque encantado de Ecuador, donde la luz del sol se colaba tímidamente entre las hojas y el canto de los pájaros susurraba historias antiguas, vivía un árbol muy especial llamado Árbol Cuero de Sapo. Este árbol no era como los demás; tenía la corteza gruesa y resistente que se parecía al cuero, y sus hojas tenían la forma y textura de la piel de un sapo. Nadie había visto un árbol así, y eso lo hacía único en el mundo. Pero, a pesar de lo maravilloso que era, el Árbol Cuero de Sapo estaba muy triste y preocupado porque sabía que su especie estaba en peligro de desaparecer para siempre.
Cada día, sus raíces sentían cómo el suelo alrededor se endurecía por la contaminación, y su savia interior llevaba la tristeza de saber que los seres humanos cortaban árboles sin pensar en las consecuencias. Pero un día, cuando la luna llena se reflejaba en sus hojas brillantes, sucedió algo mágico. El Árbol Cuero de Sapo sintió un cosquilleo en su tronco y, de repente, una voz suave y profunda salió de su corteza:
—¡José Carlos! ¡Ricardo José! ¡Necesito su ayuda para salvar no solo a mí, sino a todo el bosque y al planeta!
Los dos niños, quienes pasaban sus tardes cuidando y aprendiendo del Árbol Cuero de Sapo, se miraron sorprendidos. José Carlos, de diez años, era muy curioso y le encantaban los retos, mientras que Ricardo José, también de diez y mejor amigo de José Carlos, tenía una mente muy aguda para los números y los enigmas.
—¿Qué pasa, Árbol Cuero de Sapo? —preguntó José Carlos acercándose al tronco—. ¿Cómo podemos ayudarte?
—He descubierto que tengo un poder muy especial: puedo viajar a través del tiempo —dijo el árbol con voz suave—. Pero necesito su ayuda para hacerlo posible.
Ricardo José se quedó boquiabierto y preguntó:
—¿Viajar en el tiempo? ¿Cómo?
—Les explicaré —respondió el árbol—. Pero primero, deben saber que nuestro planeta está en peligro. Mi especie y muchos otros seres del bosque están desapareciendo porque no hay leyes que protejan el medio ambiente como debería ser. Para cambiar esto, debemos viajar al pasado, justo al inicio de la república del Ecuador, y pedir a los presidentes que creen leyes que protejan la naturaleza. Así, podrán salvar el planeta desde ese entonces y evitar la destrucción que hoy vemos.
José Carlos y Ricardo José tenían una mezcla de emoción y nervios. Viajar en el tiempo era algo que solo habían visto en sus películas favoritas, pero esta era una aventura real, una misión para salvar el planeta.
El Árbol Cuero de Sapo les explicó que, para acceder a cada presidente que visitaran en el pasado, tendrían que resolver un enigma matemático. Cada presidente tendría un guardián que les pondría un desafío para comprobar que sus intenciones eran buenas y que sabían cuidar la Tierra. Solo así les permitirían hablar con el presidente y pedir las leyes para proteger el medio ambiente.
—¿Están listos para esta aventura? —preguntó el árbol con una sonrisa en su voz.
Los niños asintieron emocionados y el Árbol comenzó a brillar con un resplandor verde, sus raíces se movieron ligeramente y apareció un círculo de luz que los envolvió.
En un instante, José Carlos, Ricardo José y el Árbol Cuero de Sapo se encontraron en un lugar diferente; el aire era más fresco, y las calles brillaban con la luz de las primeras farolas de una época que ellos habían leído en sus libros.
—¡Estamos en el año 1830! —exclamó José Carlos—. Es el inicio de la república del Ecuador.
A lo lejos, vieron la portátil del primer presidente, Juan José Flores, quien esperaba con expresión seria. Pero justo antes de acercarse, apareció un pequeño duende con un libro antiguo en la mano.
—Para acceder al presidente Flores, deberán resolver mi enigma —dijo el duende con una voz risueña—. Si aciertan, me encargaré de abrir la puerta que los llevará a la audiencia con el presidente.
Ricardo José adelantó un paso y dijo:
—Estamos listos, dime el enigma.
El duende sonrió y dijo:
—Muy bien. Aquí va el misterio matemático:
Si multiplicas el número de años desde 1800 hasta hoy (2024) por 3, ¿cuál es el resultado?
Los niños se miraron y rápidamente comenzaron a pensar.
—Desde 1800 hasta 2024 son 224 años —dijo José Carlos—. Multiplicamos 224 por 3…
Ricardo José sacó su cuaderno y lápiz y escribió:
224 × 3 = 672.
—¡672! —respondió Ricardo José—. ¿Es esa la respuesta correcta?
El duende asintió con una sonrisa y leyó en su libro:
«Respuesta acertada, pueden pasar.»
Una puerta dorada apareció entre los árboles y el grupo entró. Frente a ellos, el presidente Juan José Flores los esperaba. José Carlos se adelantó y explicó la misión:
—Señor presidente, venimos del futuro porque queremos pedirle que cree leyes para proteger los bosques, las ríos y la vida en Ecuador. Muchas especies, como el Árbol Cuero de Sapo, están en peligro de desaparecer si no cuidamos el planeta.
El presidente escuchó con atención y luego dijo:
—Es cierto que la naturaleza es nuestra riqueza más grande. Hoy dedicaré esfuerzos para que se cree la primera ley de protección ambiental. Pero deben saber que el camino será largo.
Luego, el cielo se iluminó de nuevo y el Árbol Cuero de Sapo los envolvió en luz para llevarlos al siguiente momento en el tiempo.
Esta vez llegaron al año 1920, donde se encontraban frente al presidente José Luis Tamayo. Antes de poder hablar con él, apareció una mujer sabia que les pidió resolver un enigma mucho más complicado.
—Si quieren la reunión con el presidente, deben responder: ¿Cuál es el número que sumado a su doble da 45?
José Carlos frunció el ceño, pero Ricardo José rápidamente dijo:
—Si llamamos X a ese número, entonces: X + 2X = 45.
Eso quiere decir que 3X = 45, y al dividir 45 entre 3, X es 15.
Mostraron su respuesta y la mujer asintió.
—Correcto. Pueden pasar.
Una vez con el presidente, relataban la urgencia de proteger el medio ambiente y contar con leyes fuertes que cuiden a los árboles, ríos y animales. El presidente Tamayo mostró interés y prometió impulsar programas ambientales y campañas de educación en las escuelas.
El viajar continuaba y la siguiente parada fue el año 1974. Frente al presidente Guillermo Rodríguez Lara, un búho gigante apareció en la plaza que visitaban.
—Para entrar, deben resolver una suma de números primos que sumen 28 —dijo el búho.
Los niños pensaron y comenzaron a enumerar los números primos:
2, 3, 5, 7, 11, 13, 17, 19, 23, 29…
Óptimamente, encontraron que:
5 + 7 + 11 + 5 = 28 es imposible (porque 5 sumado dos veces…), pero usando otros números:
2 + 3 + 23 = 28, o 2 + 11 + 13 = 26, no llega, prueba otra combinación.
Finalmente, los niños encontraron que 2 + 3 + 23 = 28 era correcto.
—La suma correcta es 2 + 3 + 23 —dijo Ricardo con seguridad.
El búho hizo un gesto aprobatorio y los dejó entrar.
El presidente escuchó su petición y dijo:
—La fuerza del país está en su naturaleza. Prometo crear reservas naturales protegidas y cuidar la biodiversidad.
Cada viaje era más difícil, pero más importante. Finalmente, llegaron al año 2000, frente al presidente Gustavo Noboa.
Un robot futurista, creado por la gente del tiempo para proteger la agenda ambiental, bloqueaba su camino.
—Si quieren verlo, deben resolver este acertijo:
Un río transporta 80 litros de agua por minuto. ¿Cuántos litros transporta en una hora?
José Carlos sin titubear respondió:
—60 minutos en una hora, entonces 80 × 60 = 4,800 litros.
El robot dejó pasar a los niños y al árbol.
El presidente Noboa escuchó el pedido y reconoció que el futuro dependía de decisiones presentes.
Antes de regresar a su época, el Árbol Cuero de Sapo dijo:
—Han hecho un trabajo increíble. Con estas leyes, la naturaleza tiene ahora una voz más fuerte en el tiempo. Gracias a ustedes y a los presidentes, nuestro planeta tiene una oportunidad para sobrevivir.
José Carlos y Ricardo José abrazaron al Árbol y prometieron seguir cuidándolo.
De vuelta en el bosque, todo parecía más vivo, y aunque el Árbol Cuero de Sapo seguía siendo especial, algo había cambiado: el aire lucía más limpio, los pájaros cantaban más alegres, y había una esperanza renovada en el corazón de todos.
Porque cuando el valor, la inteligencia y el amor se unen para cuidar de la Tierra, ninguna especie está perdida para siempre. El árbol sonrió para adentro, sabiendo que, gracias a dos valientes niños y un viaje mágico a través del tiempo, la historia del planeta cambiaría para bien.
Y así, el Árbol Cuero de Sapo, José Carlos y Ricardo José demostraron que el poder de la amistad y el conocimiento pueden ser la clave para salvar el mundo.
El bosque vivirá para siempre porque nosotros aprendimos a cuidarlo.
Y este es solo el comienzo de muchas aventuras por venir.
**Fin.**
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.