Amaya era una niña muy especial que vivía en Barcelona. Tenía los ojos grandes y llenos de curiosidad, y una sonrisa que brillaba como el sol. Todos decían que Amaya era muy buena y lista porque le encantaba ir al colegio, donde aprendía muchas cosas nuevas cada día. Ya fuera sumar números, descubrir cuentos maravillosos o cantar canciones divertidas, siempre estaba feliz de aprender. Además, Amaya disfrutaba mucho jugando con sus amigos en el parque, inventando juegos, corriendo y riendo sin parar. Pero lo que más le gustaba en el mundo era estar con sus papás, quienes siempre la cuidaban con mucho amor y le contaban historias antes de dormir.
Cada cierto tiempo, Amaya viajaba a Sevilla para visitar a toda su familia. Allí tenía a muchos primos con quienes pasaba momentos muy divertidos, corriendo por el jardín y jugando a esconderse entre los árboles. Pero, sin duda, uno de sus personajes favoritos era su tito David. Él siempre la esperaba con un abrazo fuerte y una sonrisa enorme que hacía que Amaya se sintiera la niña más feliz del mundo.
Uno de los últimos días que Amaya estaba en Sevilla, Tito David le dijo con mucha emoción: “Amaya, hoy quiero que pasemos una tarde muy especial. Vamos a charlar, a reír y a divertirnos mucho, y ¿sabes qué? Vamos a ir al parque donde están los columpios que tanto te gustan.” Amaya saltó de alegría. El parque era su lugar favorito porque podía columpiarse tan alto que parecía que tocaba las nubes.
Cuando llegaron al parque, el sol estaba cálido, y los pájaros cantaban una canción suave que parecía contarles que sería un día mágico. Tito David tomó la mano de Amaya y la llevó hasta los columpios. Primero, ayudó a Amaya a subirse a uno de ellos, y con una sonrisa le dijo: “Voy a empujarte un poquito para que llegues al cielo.” Amaya reía muy fuerte mientras el viento acariciaba su carita y sus cabellos bailaban en el aire.
Mientras Amaya se columpiaba, Tito David le contó una historia sobre un pajarito llamado Pipo que quería aprender a volar muy alto. “Pipo tenía miedo al principio,” explicó David, “pero poco a poco, con ayuda de sus amigos, descubrió que podía volar y hacer cosas maravillosas, igual que tú, Amaya, que estás aprendiendo cada día cosas nuevas sin miedo.” Amaya escuchó atenta, pensando en lo valiente que sería si fuera un pajarito y cómo, gracias a sus amigos y familiares, siempre se sentía fuerte y feliz.
Después de un rato, se sentaron en un banco bajo la sombra de un árbol grande. David sacó de su bolsillo una bolsita con galletas que había hecho para compartir. “Para que recargues energía,” le dijo mientras le entregaba una. Amaya mordió la galleta y dijo: “¡Mmm, están deliciosas! Tito David, tú sabes hacer todo con el corazón.” Tito David se rió y contó que en la cocina, cuando prepara cosas para la familia, siempre piensa en la sonrisa cuando las prueban, porque eso es lo que hace que todo sea especial.
Mientras charlaban, Amaya contó a Tito David lo mucho que le gustaba ir al colegio en Barcelona, y cómo aprendía cosas nuevas que un día le gustarían compartir con todos en Sevilla. Le habló de sus primos, de sus amigos, y de sus papás, y de cómo todo eso hacía que su corazón tuviera una alegría enorme. David le escuchaba con mucha atención, satisfecho de ver lo mucho que había crecido aquella niña que tanto quería.
Después de la merienda, se levantaron para seguir jugando. Amaya pidió que la empujara un poco más fuerte para poder llegar más alto. David sonrió y le dijo: “¡Claro que sí! Agárrate bien.” Y la empujó con ganas, hasta que Amaya parecía bailar con las nubes. En ese momento, ambas risas se mezclaron con el canto de los pajaritos y el murmullo de las hojas, creando una melodía hermosa que recordaría para siempre.
Más tarde, al caer el sol, el parque comenzó a llenarse de sombras suaves, y Amaya supo que era hora de regresar a casa. David la llevó caminando de la mano, contando los colores del cielo mientras la tarde se convertía en noche. Amaya miraba el cielo y vio cómo las primeras estrellas comenzaban a aparecer, brillando como pequeñas luces que la invitaban a soñar.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.