Era un día brillante y soleado en el pequeño pueblo de Colores, un lugar donde siempre ocurrían cosas mágicas. Ana y Luisa, dos hermanas que amaban la aventura, despertaron emocionadas al ver que la nieve había cubierto su jardín como una suave manta blanca. Miraron por la ventana y gritaron de alegría.
—¡Mira, Luisa! ¡Hay tanta nieve! —exclamó Ana, saltando de un pie al otro.
—¡Sí! ¡Podemos hacer muñecos de nieve y jugar con los copos! —respondió Luisa, con una gran sonrisa en su rostro.
Inmediatamente, las dos chicas se vistieron rápidamente. Se pusieron abrigados abrigos, bufandas coloridas y sus botas favoritas. Mientras se preparaban, su madre, Mama Moya, las llamó desde la cocina.
—Chicas, no olviden comer algo antes de salir. Les he preparado un delicioso chocolate caliente con malvaviscos.
—¡Gracias, mamá! —gritaron las niñas al unísono, y bajaron corriendo las escaleras.
Después de disfrutar del rico chocolate caliente, las dos hermanas salieron corriendo hacia el jardín. Se lanzaron a la nieve, riendo y divirtiéndose, mientras sus botas hacían crujir la suave y fría capa blanca.
Ana comenzó a hacer un muñeco de nieve y Luisa decidió hacer una pequeña fogata de nieve usando ramas que encontró en el suelo. Mientras jugaban, de repente, un sonido extraño llamó su atención. Era un suave susurro que venía del bosque cercano.
—¿Escuchaste eso, Ana? —preguntó Luisa, un poco asustada.
—Sí, parece que viene del bosque. Vamos a investigar —respondió Ana, valiente como siempre.
Con un poco de temor pero mucha curiosidad, las hermanas se adentraron en el bosque. Allí, los árboles estaban cubiertos de nieve y la luz del sol se filtraba a través de las ramas, creando un efecto mágico. Al caminar entre los árboles, escucharon el susurro una vez más.
—¡Ayuda! —dijo una voz pequeña y tiritante.
Las niñas se miraron atónitas y decidieron seguir el sonido. Tras cruzar unos arbustos, encontraron a un pequeño conejo blanco atrapado entre dos ramas.
—¡Pobrecito! —exclamó Luisa—. ¿Cómo podemos ayudarlo?
—Creo que si lo liberamos, podría llevarnos a algún lugar mágico —sugirió Ana, mirando al conejo con ternura.
Con cuidado, las chicas desenredaron al conejo de las ramas, que agradecido saltó de un lado a otro.
—¡Gracias! ¡Gracias! —brincaba el conejo—. Me llamo Copito, y vivo en la tierra de los sueños de nieve.
—¿Tierra de los sueños de nieve? —preguntó Luisa, con los ojos muy abiertos.
—Sí, es un lugar mágico donde los sueños se hacen realidad. Si quieren, puedo llevarlas —dijo Copito, mientras se sacudía la nieve de su pelaje.
Ana y Luisa se miraron emocionadas. ¿Quién no querría visitar un lugar así? Así que las niñas asintieron con entusiasmo y siguieron al conejo a través del bosque.
Tras un corto camino, llegaron a un claro iluminado por hilos de luz mágica. Frente a ellas había un portal brillante que parecía hecho de copos de nieve danzantes.
—Pásenle, ¡es seguro! —dijo Copito, animándolas a entrar.
Las niñas, sintiendo el cosquilleo de la emoción, entrelazaron sus manos y, juntas, cruzaron el portal. En un abrir y cerrar de ojos, se encontraron en un hermoso reino lleno de montañas de nieve y árboles con ramas de colores brillantes.
Cuentos cortos que te pueden gustar
Ángel y Jacob en el Reino de los Sueños
El Árbol de los Sueños Terroríficos
La Noche en que Stanley Llegó a Casa
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.