Había una vez en un reino lejano, dos princesas muy queridas. Una de ellas se llamaba Florencia y la otra, Josefa. Florencia tenía seis años y una sonrisa que podía iluminar hasta los días más nublados. Sus cabellos eran castaños y sus ojos café brillaban con curiosidad e imaginación. Todos los días, cuando el sol empezaba a salir, Florencia se preparaba para ir al colegio. Su papá, el Rey Patricio, la llevaba con cariño en su carruaje dorado, y ella cantaba alegres canciones a lo largo del camino. La gente del reino solía decir que la voz de Florencia era como música para sus oídos.
Josefa, su hermana menor, tenía solo dos años. Ella era pequeña y aún no podía ir al colegio. Pasaba sus días en el castillo con su mamá, la Reina Tere. Aunque Josefa no podía ir al colegio, ella encontraba muchas maneras de divertirse en casa. Jugaba con sus muñecas y con los juguetes que su mamá le había dado, pero lo que más le gustaba era esperar a que su hermana mayor volviera para poder jugar juntas.
Una mañana soleada, Florencia se despidió de su mamá y su hermana con un cálido abrazo. Josefa le dijo adiós con una pequeña sonrisa y un tierno “¡Te quiero!” que hizo que el corazón de Florencia se llenara de alegría. Mientras el carruaje se alejaba por el sendero del castillo, Josefa se quedó en la ventana, observando cómo su hermana se alejaba. Luego, se dirigió a su rincón de juegos, rodeada de bloques de colores y peluches.
En el castillo, la Reina Tere estaba ocupada ordenando las cosas, pero siempre encontraba tiempo para mirar a Josefa y asegurarse de que estuviera feliz y segura. Aunque la pequeña princesita se divertía sola, siempre miraba hacia la puerta con esperanza de que su hermana llegara pronto para compartir sus juegos.
Finalmente, cuando el reloj marcó la hora de la tarde y Florencia regresó de la escuela, el castillo se llenó de alegría. Josefa corrió a abrazar a su hermana, que la alzó en brazos con una sonrisa. “¡Florencia! ¡Te extrañé mucho!” exclamó Josefa. “Yo también te extrañé, pequeña” respondió Florencia mientras la bajaba suavemente al suelo.
Después de un largo día en el colegio, Florencia estaba lista para divertirse. “¿Qué vamos a hacer hoy?” preguntó entusiasmada. Josefa pensó por un momento y luego dijo: “¡Vamos a jugar a ser exploradoras en el jardín!” Florencia aceptó con gusto, y ambas princesas salieron corriendo hacia el jardín del castillo.
El jardín era un lugar mágico, lleno de flores de todos los colores imaginables, mariposas revoloteando y pájaros cantando. Las dos hermanas se adentraron en el jardín, y Florencia hizo como si fuera una guía experta, mostrando a Josefa los “secretos” que había descubierto en sus anteriores exploraciones.
“¡Mira, Josefa!” dijo Florencia, señalando un arbusto frondoso. “Este es el Bosque Encantado. Se dice que los conejos mágicos viven aquí y ayudan a los que son amables y valientes.” Josefa miró con asombro, sus ojitos brillando de emoción. Juntas, comenzaron a buscar a los conejos mágicos, corriendo entre las plantas y riendo mientras se escondían y buscaban.
De repente, Josefa encontró una pequeña piedra brillante que había quedado oculta entre las hojas. “¡Florencia, mira esto!” exclamó, sosteniendo la piedra en alto. Florencia la miró y dijo: “¡Es una piedra mágica! Quizás tenga poderes especiales.” Ambas princesas decidieron llevar la piedra al castillo para mostrarle a su mamá y a su papá.
Cuando llegaron al castillo, la Reina Tere y el Rey Patricio estaban en el gran salón, revisando unos documentos. Florencia y Josefa entraron corriendo y mostraron la piedra con orgullo. “¡Miren lo que encontramos en el jardín!” dijo Florencia. El Rey Patricio y la Reina Tere sonrieron y admiraron la piedra. “Es muy hermosa,” dijo la Reina Tere. “Tal vez esta piedra tenga una historia especial.”
La tarde continuó con juegos y risas. Las princesas decidieron que la piedra mágica debería tener un lugar especial en su habitación, como un recordatorio de su divertida aventura en el jardín. Después de cenar y de que la familia real disfrutara de un festín delicioso, Florencia y Josefa se prepararon para dormir.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.